25/03/08

Los Soviets: su origen, desarrollo y funciones


Andreu Nin*

Origen y carácter de los Soviets


La palabra rusa “Soviet” significa sencillamente Consejo o Junta. Sin embargo, es aún corriente la ignorancia del significado de este término a pesar de que la Revolución rusa lo ha incorporado definitivamente al vocabulario de todos los países. El término, pues, no tiene nada de misterioso, y el Soviet no es una creación propia exclusivamente del “alma eslava”, como pretenden los interesados en hacer aparecer la gran revolución de octubre como un fenómeno específicamente ruso, sino una forma de organización y combate que la clase obrera rusa creó y que el proletariado de todos los países se ha asimilado. Es posible que una gran parte de las masas explotadas desconozcan el verdadero sentido de este término, opero éstas saben perfectamente que fue con la divisa de “todo el poder a los soviets” que el proletariado ruso abatió el régimen capitalista en 1917, y que, con los Soviets como base, está edificando una nueva sociedad sin explotadores. Y esto, añadido al odio profundo que la burguesía siente por la idea de los Soviets, basta para que los trabajadores de todo el mundo comprendan que su emancipación está indisolublemente ligada al triunfo de esta idea.

Pero esta comprensión, dictada por el instinto de clase no basta. Para los obreros y campesinos españoles el problema de los Soviets adquiere un carácter eminentemente práctico, puesto que sin la creación de los mismo o de otros organismos análogos, su victoria será imposible. Es, pues, de una utilidad manifiesta que las masas trabajadoras tengan una idea clara del origen, desarrollo, funciones de esas organizaciones.

Los Soviets surgieron en el transcurso de la primera revolución rusa, la de 1905. Su creación no fue debida a la iniciativa de ningún partido ni grupo político, sino que fue obra espontánea de las masas durante el desarrollo de los acontecimientos revolucionarios. Los Soviets no surgieron de una vez, con las formas relativamente definidas que tomó octubre de dicho año, cuando e movimiento alcanzó su apogeo, sino que fue el resultado de la transformación de los distintos organismos de combate creados en el curso de la lucha. Se producía un proceso muy original. “La Historia —como dice el escritor ruso Nevski— por medio de las masas obreras que la creaban, parecía pasar de una forma de organización a otra, modificándola cada vez, eliminando unos elementos, introduciendo otros, ora simplificando, ora complicando la organización.” En unos puntos, surgieron Soviets como un desarrollo natural de los Comités de huelga creados por los obreros ferroviarios. En otros, el desarrollo de los mismos Comités de fábricas y talleres. Así ocurrió, por ejemplo, en Ekaterinos-lav, Rostov, Novorosisk, Kransnoyarsk, Kiev, Libau, Reval y otros puntos. Dichos comités, que en un principio no ‘perseguían otra misión que dirigir el movimiento huelguístico, se transformaban paulatinamente, bajo el impulso de los acontecimientos revolucionarios, en organismos representativos de toda la clase obrera, que se ponían de acuerdo con los representantes de los distintos partidos proletarios estableciendo una coalición de combate. Un origen igual tuvieron los Soviets en Petersburgo. En un principio se trataba únicamente de un sistema de representantes de fábricas, delegados por sus compañeros para tratar con los patronos, recaudar dinero para los huelguistas, etcétera, etcétera.

La parición de estas organizaciones desempeñó un papel inmenso en el desarrollo de la Revolución de 1905. Sin ellas, el movimiento habría escapado al control del proletariado, pues antes de su creación, al frente del movimiento, se hallaban organizaciones de carácter netamente burgués, que habrían desviado al movimiento, privándole de la hegemonía del proletariado y subordinándolo a la dirección de la burguesía liberal. Sin estas organizaciones creados por el proletariado en el fuego de la lucha, el poderoso movimiento de 1905 no se habría podido transformar en insurrección.

Sea como sea, el hecho es que la clase obrera rusa creó una organización completamente original que se distinguía de todas las demás organizaciones, tanto por el hecho de que fue iniciativa suya exclusivamente, como por los procedimientos empleados para su creación y los fines para que fueron constituidos. Los Soviets son creados únicamente por las clases revolucionarias (obreros, campesinos, empleados); se constituyen, no de acuerdo con la ley, sino por la vía revolucionaria, por la actividad directa de las masas explotadas, y se transforman en instrumentos de la insurrección y en el embrión del futuro Poder proletario. En realidad, son ya un Poder, la dictadura del proletariado en germen. “Obraban como si fueran ya poder —dice Lenin— apoderándose por ejemplo, de las imprentas (Petersburgo), deteniendo a los agentes de la policía que impedían que el pueblo revolucionario realizara sus derechos. Actuaban como poder al incitar al pueblo a no dar dinero al Gobierno. Confiscaban los fondos de este último (Comités de Huelga de Ferroviarios en el Sur) y los dedicaban a satisfacer las necesidades del Gobierno, del Gobierno Popular, revolucionario. “Los órganos de Poder descritos por nosotros —dice asimismo Lenin— eran la dictadura en germen pues, pues ese Poder no reconocía ningún otro poder, ninguna otra ley, ninguna otra norma, procediera de donde procediera. Un poder limitado, extralegal, que se apoya en la fuerza en el sentido más directo de esta palabra, es la dictadura. Pero la fuera en que se apoya y aspiraba a apoyarse este nuevo Poder, era no la fuerza de las bayonetas, no la fuerza del dinero ni de cualquiera de las instituciones anteriores. Nada de esto. El nuevo Poder no tenía ni las armas, ni el dinero, ni las antiguas instituciones. ¿En qué se apoyaba esta fuerza? En la masa popular. He aquí el rasgo distintivo fundamental de este nuevo Poder en comparación con los órganos del Poder anterior. Estos eran órganos de Poder de la minoría sobre el pueblo, sobre la masa de los obreros y los campesinos, Aquéllos eran los órganos del Poder del pueblo, de los obreros y campesinos sobre la minoría, sobre un puñado de agentes policiacos, de nobles u funcionarios privilegiados.

En un principio, los partidos obreros no se dieron cuenta de la inmensa importancia de los Soviets. Hasta diciembre, cuando la lucha tomó la forma de insurrección armada, no comprendieron toda su profunda significación. Hubo incluso tentativas de los representantes de dichos partidos para retirarse de los nuevo órganos de nuevo Poder revolucionario. Pero, sin embargo, los bolcheviques fueron los primeros en comprender la importancia de los Soviets como órganos de la insurrección, como el marco más apropiado para realizar el frente único de todos los elementos revolucionarios del proletariado, y así, a medida que los acontecimientos tomaban un carácter decisivo, eran los bolcheviques los que desempeñaban el papel principal de los Soviets.

Lo que no ofrece la menor duda es que el proletariado ruso, al crear los Soviets, dio al proletariado internacional una nueva forma de organización de la clase obrera. Los Soviets son, en realidad, organismos netamente revolucionarios, inconcebibles en la época de desarrollo pacífico y que persiguen como fin la transformación inmediata y radical de todas las relaciones sociales. El prestigio de esa nueva forma de organización era inmenso entre la masa obrera rusa. Los trabajadores decían: “Lo que el Soviet diga, haremos”; y en efecto, lo consideraban como su propio Gobierno, y sus órdenes y decretos los llevaban a la práctica sin vacilar. Nunca ha existido organización alguna que contara con una confianza tan ilimitada de las masas y que estuviera ligada con ellas de un modo tan estrecho. Los obreros en las fábricas elegían a sus diputados al Soviet. Estos debían dar cuenta de su gestión a sus electores y era cosa corriente que el diputado que no cumpliera a satisfacción de estos últimos la misión que le había sido confiada, fuera destituido y sustituido por otro. Como veremos más adelante, al estudiar las estructuras de los Soviets, veremos que casi todos ellos contaban con un Comité Ejecutivo para el trabajo corriente; pero todas las cuestiones importantes eran ampliamente discutidas en las sesiones plenarias. Los Soviets era una organización de base y funcionamiento ampliamente democráticos.

Las funciones y el papel de los Soviets se modifican según las circunstancias del momento. En un principio, como hemos visto, no son más que simple Comité de Huelga; más tarde, se convierten en organismos representativos de toda la clase obrera; luego, en órganos de la insurrección y en embrión del Poder; finalmente, con la victoria de la revolución proletaria, la forma soviética es la que toma precisamente la dictadura del proletariado. Los forma soviética de la dictadura del proletariado es, pues, la forma del proletariado organizado como Poder estatal que da la posibilidad de la dominación política completa y se convierte en un poderoso instrumento de transformación social y política.

Los Soviets antes de la toma del poder
1.El primer Soviet
El primer Soviet surgió en Ivánovo-Vosnesensk. Ivánovo-Vosnesensk es el centro más importante de la industria textil rusa. El movimiento obrero de dicha ciudad era uno de los más antiguos del país. La influencia de las ideas socialistas era muy fuerte, pero el movimiento se distinguía por una característica especial: la de que el papel directivo no lo desempeñaba el agitador de fuera ni el intelectual, como ocurría a menudo, sino los elementos de la propia masa obrera de la localidad. La masa, sin embargo, era generalmente inculta, como ocurre a menudo en los obreros de esa rama de industria. La cual se ha distinguido siempre, en todos los países, por las pésimas condiciones de trabajo.

El movimiento revolucionario de 1905 tuvo una repercusión inmediata sobre esa masa de obreros explotados, sobre todo por la proximidad de centros proletarios tan importantes como Moscú y Oréjovo-Zúgeo, donde la fermentación revolucionaria había alcanzado el grado máximo.

El 12 de mayo estalló en Ivánovo-Vosnesensk la huelga de los obreros textiles, que se transformó en una huelga general y desempeño un inmenso papel en la historia del movimiento obrero ruso. El 13, en la orilla de río Talki, en una Asamblea de huelguistas, a la cual asistieron 30.000 obreros, fue elegido un Consejo o Soviet de 110 delegados, designados para llevar a cabo las negociaciones con los patronos y las autoridades en nombre de todos y para la dirección de la huelga. Ese Comité no era un Comité de huelga ordinario, tanto por su forma de elección como por su carácter. Desde el primer momento se estableció un estrecho contacto entre el Soviet y el Partido Socialdemócrata, cuyo Comité local inspiraba todas las resoluciones del nuevo organismo.

El Soviet, bajo la influencia de los acontecimientos que se desarrollaban en el país, adquirió rápidamente importancia extraordinaria y un carácter revolucionario definido. Su fuerza y su prestigio eran inmensos. En realidad, durante ese período existió ya en Ivánovo-Vosnesensk el poder dual. No se podía imprimir nada en ninguna imprenta sin la autorización del Soviet. Este se negó, por ejemplo, a autorizar la impresión de un documento en que un representante de la autoridad se dirigía al nuevo organismo creado por los trabajadores. Mientras que el Soviet sometía a su control la publicación de todos los documentos que emanaban la clase enemiga, publicaba libremente todo lo que se le antojaba. La propaganda socialdemócrata, por ejemplo, se efectuaba absolutamente sin ningún obstáculo. El Soviet utilizaba libremente los locales públicos, sin pedir permiso a nadie, para sus Asambleas y mítines. Este derecho se lo había conquistado por la fuerza, y nadie ni nada pudo impedir que la clase obrera lo ejerciera, ni aun la matanza organizada del 3 de julio por las autoridades zaristas. Era, naturalmente, el Soviet el que dirigía la huelga. No se admitía ninguna negociación separada; nada podía volver al trabajo si no era por acuerdo del Soviet. Éste organizó el servicio de protección de las fábricas y de los bienes de la ciudad, y durante todo el período en que fue dueño absoluto de la ciudad, y durante todo el período en que fue dueño absoluto de la población no se registró ni un solo acto de robo o de saqueo. Fue precisamente cuando se disolvió el Soviet que empezaron los asaltos a las tiendas.

El Soviet tomó decisiones de carácter netamente político, que fueron transmitidas el ministro de la Gobernación en un mensaje que firmaron todos los diputados al Soviet, a cuya firma se añadió la de millares de huelguistas. En dicho mensaje se reclamaba la libertad de palabra, de reunión y de asociación y la convocatoria de una Asamblea Constituyente. El Soviet exigió la formación de un tribunal para juzgar a los responsables de las cargas de la fuerza pública contra los huelguistas el día 3 de julio, organizó comisiones para recolectar fondos para los pardos, destacamentos para guardar las fábricas, etc., etc. Inmediatamente después de su constitución, se organizó una Mesa, compuesta de cinco miembros, que fue un organismo indudablemente análogo a los Comités Ejecutivos elegidos en los Soviets que surgieron posteriormente en distintos puntos del país.

Las asambleas plenarias se celebraban todas las mañanas a las nueve. Una vez terminada la sesión, empezaba la Asamblea general de los obreros, que examinaba todas las cuestiones relacionadas con la huelga. Se daba cuenta de la marcha de esta última, de las negociaciones con los patronos y las autoridades, etc. Después de la discusión, eran sometidas a la Asamblea las proposiciones preparadas por el Soviet. Luego, los militantes del partido pronunciaban discursos de agitación sobre la situación de la clase obrera, y el mitin continuaba hasta que el público se cansaba. Entonces, la multitud entonaba himnos revolucionarios y la Asamblea se disolvía. Así repetía todos los días.

Después de las matanzas del 3 de julio, las Asambleas se interrumpieron durante dos semanas, y, al reanudarse, acudieron ya a la primera reunión hasta 40.000 obreros. A las Asambleas siguieron manifestaciones pacíficas y mítines en el centro de la ciudad. El 25 de julio, el Soviet decidió dar por terminada la huelga en vista de que el hambre empezaba a reinar en los hogares obreros y de que los patronos habían hecho concesiones considerables.El día en que se dio por terminada la huelga, el Soviet de Ivánovo-Vosnesenk se disolvió espontáneamente, pero los miembros del mismo siguieron desempeñando un papel de representantes de los obreros. En todas las fábricas éstos seguían considerándose como a sus “diputados”, y en todos los conflictos con la administración actuaban como representantes de la masa obrera, y los patronos aceptaban este hecho.

2.El Soviet de Petersburgo

Petersburgo era, no solamente la capital oficial del país, sino el centro del movimiento revolucionario. Era allí donde había el proletariado más activo y dotado de un espíritu de combate más ardiente. De allí partía la iniciativa, el pensamiento revolucionario incluso en los días de diciembre en que mientras la capital permanecía pasiva, en Moscú se desarrollaban una lucha sangrienta. Petersburgo estaba ligado a mil hilos con el resto del país, y esta circunstancia le ayudaba a asimilarse la experiencia de los demás centros proletarios y los resultados obtenidos, a elaborarlos en su laboratorio revolucionario, y dar, finalmente, en octubre de 1905, la forma más perfecta de organización, el Soviet de Diputados Obreros, que ejerció una influencia enorme sobre el movimiento revolucionario de todo el país.

El Soviet surgió en el momento de la lucha revolucionaria más aguda. La idea de su creación fue lanzada el 12 de octubre en una Asamblea celebrada en el instituto Tecnológico. Pero las masas, en realidad, lo habían ido ya creando al desarrollar, desde los comienzos de la revolución, las distintas formas de representación en fábricas y talleres. El 13 de octubre, el Soviet celebra su primera reunión plenaria. Uno de los principales acuerdos adoptados por dicha primera sesión es el de dirigir un manifiesto a todos los obreros y obreras, en el cual, entre otras cosas, se dice: “No se puede permitir que las huelgas surjan y se extingan de un modo esporádico. Por esto hemos decidido concentrar la dirección del movimiento en manos de un Comité Obrero Común. Proponemos a cada fábrica, a cada taller y a cada profesión que elija diputados a razón de uno por cada quinientos obreros. Los diputados de cada fábrica o taller constituyen el Comité de Fábrica o de taller. La reunión de los diputados de todas las fábricas y talleres constituyen el Comité general de Petersburgo”. Este manifiesto lleva la firma de: “Soviet de diputados de las fábricas y talleres de Petersburgo.” Al principio, lo obreros, al elegir a sus diputados, los consideran como sus representantes en el Comité de huelga general, que se llama, ora “Soviet Obrero General”, ora sencillamente “Soviet Obrero”, pero ya desde el primer momento empieza a generalizarse el término “Soviet de Diputados Obreros”, conocido ahora en todo el mundo, y que aparece ya en el primer número de las Izvestias (las noticias), órgano oficial del Soviet.

Ni a un solo de los participantes en el movimiento se le ocurría la inmensa importancia que tenía el papel que estaba llamada a desempeñar la organización a la cual mandaban sus representantes. Sin embargo, los militantes más conscientes comprendían perfectamente que no se trataba de un simple Comité de huelga y que su misión era la huelga política, no sólo para conseguir la jornada laboral de trabajo de ocho horas, sino para luchar por la convocatoria de la Asamblea Constituyente y la consecución de la libertad política.

A mediados de noviembre, el número de diputados al Soviet era de 562, delegados de 147 fábricas, 34 talleres y 16 sindicatos. De esos diputados, 508 representaban a las fábricas y a los talleres y 54 a los sindicatos. En conjunto representaba a no menos de 250.000 obreros, esto es, a la mayoría aplastante del proletariado de la capital. Al frente iban, como siempre, los metalúrgicos, que constituyen la avanzada obligada del movimiento revolucionario. El número de sus diputados ascendía a 351; les seguía los obreros textiles, con 57 diputados. Luego los tipógrafos, con 32; los trabajadores de la madera, con 23, etcétera, etc. Pero en el Soviet estaban representados asimismo los empleados, los funcionarios de Correos y telégrafos y los partidos revolucionarios. De los 50 miembros que componían el Comité Ejecutivo, 28 representaban a fábricas y talleres, 13 a los sindicatos y 9 a los partidos socialistas. El Soviet de Petrogrado realizaba —según la definición de Lenin— la unión efectiva de la socialdemocracia revolucionaria: en esto consistía su fuerza y su debilidad. Su fuerza, porque agrupaba a todo el proletariado; su debilidad se veía neutralizada, hasta cierto punto, por las indecisiones y las vacilaciones propias de la pequeña burguesía radical.

Petersburgo era en 1905 el centro de todo los acontecimientos, y en la capital misma, el Soviet era el centro de todo el movimiento, y esto, ante todo, como ha dicho Trotski, “porque esta organización proletaria, puramente de clase era una organización de la revolución como tal. El Soviet de diputados obreros —dice el que fue su presidente— surgió como una respuesta a la necesidad objetiva, engendrada por el curso de los acontecimientos, de una organización que fuera una autoridad, sin tradiciones, agrupaba a todas las masa dispersas de la capital, uniera a las tendencias revolucionarias en el proletariado, fuera capaz de iniciativa, se controla automáticamente a sí misma y, sobre todo, que pudiera hacer surgir de bajo tierra en veinticuatro horas”.

Ninguno de los partidos revolucionarios existentes, ninguno de los sindicatos, poco numerosos por otra parte, que se habían fundado, podía desempeñar este papel. A pesar de la enrome influencia que ejercía entre la masa obrera, los bolcheviques y mencheviques agrupaban de dos a tres mil miembros a fines de verano y de cinco a seis mil a fines de año. Con ayuda del Soviet, la socialdemocracia arrastraba a toda la masa. El Soviet era un centro que arrastraba a la organización y a la lucha, bajo la dirección de la socialdemocracia, no sólo el proletariado, sino también a los sectores pequeñoburgueses de la población.En el momento en que surgió el Soviet, existía en Petersburgo la Duma Municipal, que era únicamente un órgano nominal de administración municipal, cuyas facultades el Gobierno zarista cercenaba sistemáticamente. Ese organismo era elegido exclusivamente por la clase dominante. Uno de los primeros actos del Soviet fue presentar una serie de reivindicaciones a la Duma Municipal. Estas reivindicaciones eran las siguientes:

1) Tomar medidas inmediatas para regular el abastecimiento de la masa obrera de la capital. 2) Conceder los edificios públicos para asambleas obreras. 3) Abolir la concesión de locales y de subvenciones a la policía, los gendarmes, etc., etcétera. 4) Entregar dinero a la Caja Municipal al Soviet para el armamento del proletariado de Petersburgo, que la lucha por la libertad del pueblo.

Estas demandas fueron entregadas a la Duma, durante una de las sesiones de esta última, por una delegación especial del Soviet. Ni que decir tiene que los miembros de la Duma permanecieron sordos a las reivindicaciones del proletariado. Prometieron examinar la cuestión en una sesión especial, pero la cosa no pasó de aquí.

El programa político del Soviet estaba inspirado por la socialdemocracia. Sus consignas fundamentales eran el derrumbamiento de la autocracia, la Asamblea Constituyente, la República democrática y l jornada laboral de ocho horas.

Dirigió tres huelgas, las generales de octubre y noviembre y la de Correos y Telégrafos. Lanzó medio millón de proclamas, llevó a la práctica, por la vía revolucio-naria, la jornada de ocho horas en fábricas y talleres, proclamó la libertad de prensa y de reunión, realizándola por medio de la confiscación de las imprentas y de los locales públicos: organizó el auxilio a los obreros parados; se puso al frente del movimiento que arrebató a la autocracia el Manifiesto de 17 de octubre, que prometía la convocación de la Duma y una serie de libertades políticas, y, con las huelgas de noviembre, obligó al zarismo a levantar el estado de guerra en Polonia. Durante algún tiempo, esto es, en el período de auge de la Revolución, actuó realmente como Poder y fue de victoria. El Soviet lanzó la consigna “Armaos” y halló un eco ardiente entre el proletariado. En las fábricas se organizaron grupos armados. El Soviet adquiría por su cuenta, formaba la milicia obrera, que guardaba la imprenta en que se tiraban las Izvestias, luchaba contra las bandas reaccionarias, protegía la Asambleas, etc., etc.

La autoridad del Soviet era inmensa. Todo el mundo, todos los explotados, los que eran víctimas de atropellos, acudían a él en demanda de ayuda. En su último período eran cada día más frecuentes las visitas de delegaciones campesinas, y empezaba ya asimismo a entablar relaciones con los soldados. Los tribunales dejaban salir a los testigos, si eran diputados al Soviet, para que pudieran cumplir con sus funciones. Si la policía detenía a alguno de ellos con motivo de algún desorden público, era puesto en libertad tan pronto presentaba su carnet. Las autoridades militares que guardaban la central eléctrica, dieron la corriente para la impresión de las Izvestia, por orden del Soviet, y comunicaron oficialmente a este último que la orden estaba cumplida. Los ferrocarriles y los telégrafos estaban enteramente a su disposición, mientras que el presidente del Consejo de Ministros no podía disponer de ellos cuando quería. Entre los suscriptores al órgano del Soviet figuraban Witte, jefe del Gobierno, y Birlov, ministro de Marina. Cuando empezaron los pogromos, organizados por los “cien negros” en todo el país, el Soviet dio a los obreros la orden de que le armaran. Pero éstos no tenían medios de adquirir armas y empezaron a fabricar armas blancas en fábricas y talleres. En el Soviet se formó un verdadero museo, nunca visto por su variedad. Pero más tarde, como ya se ha dicho, se compraron armas. La milicia estaba compuesta de 6.000 obreros, la institución funcionaba normalmente de un modo abierto, hasta tal punto, que los periódicos publicaban los números de los teléfonos de los puestos de la milicia a los cuales podía dirigirse la población en caso de necesidad urgente.

El 26 de noviembre fue detenido Jrustaliev, primer presidente del Soviet. Este contestó con el siguiente acuerdo: “El presidente del Soviet de Diputados Obreros ha sido hecho prisionero por el Gobierno. El Soviet elige a otro presidente y sigue preparándose para la insurrección.” En efecto, fue elegido Trotski. Pero la vida del Soviet fue ya de breve duración.El 2 de diciembre el Soviet dirigió un manifiesto al pueblo invitándole a retirar el dinero de las Cajas de Ahorros y del banco del estado, exigiendo el pago en oro. El llamamiento halló un gran eco en la población, lo cual representó un serio golpe para el Gobierno.

El Soviet se había convertido en una gran fuerza. Bajo su influencia se creaban organismos análogos en otras poblaciones. Acercábase el momento en que debía unirse con los campesinos para la acción decisiva, pero la democracia revolucionaria, representada en el Soviet, y los grupos de la oposición burguesa liberal, se contentaron con la victoria de octubre y a espaldas del pueblo se entendieron con el zar. Este dio confianza y fuerza a la autocracia, la cual acabó por vencer. El día 3 de diciembre la fuerza pública cercó el edificio en que se hallaba reunido el Comité Ejecutivo del Soviet y procedió a su detención. Sus miembros fueron juzgados y condenados a la deportación a Siberia. Posteriormente se realizaron tentativas para crear un “Soviet clandestino; pero la tentativa no tuvo éxito. Es verdad que siguió funcionando un Comité Ejecutivo, pero en realidad se trataba de una organización puramente nominal que había perdido toda su fuerza y su prestigio. Ese Comité Ejecutivo fue detenido a su vez en la primavera de 1906. El Soviet de Petersburgo no fue, como el de Moscú, un órgano de la insurrección armada, lo cual se explica en gran parte por la influencia predominante que los mencheviques ejercían en el mismo.

3.El Soviet de Moscú

El Soviet de Moscú surgió más tarde, incluso que algunos de provincias. Formalmente, empezó su existencia el 22 de noviembre, pero la idea de su creación surgió ya en septiembre, durante la huelga de tipógrafos, que provocó un poderoso movimiento de solidaridad de la clase obrera de Moscú, con mítines, manifestaciones, choques con las tropas y barricadas. Los tipógrafos eligieron un Comité que fue en realidad el embrión del futuro Soviet. En efecto, ese Comité de huelga se convirtió en un organismo revolucionario que llevó a la práctica, por su voluntad, la libertad de reunión y de palabra, organizó asambleas en locales públicos, consiguiendo después su legalización, y presentando después una serie de reivindicaciones de carácter político. En un principio, cada taller eligió un diputado. Después se estableció la norma de un diputado por cada 20 obreros. El Comité de tipógrafos se convirtió, en el curso de los acontecimientos, en Soviet de Moscú. En los últimos días de su existencia, éste contaba con 200 diputados, que representaban a más de 100.000 obreros, es decir, a la mayoría aplastante de la clase obrera de Moscú.

La necesidad de crear el Soviet nació de la circunstancia de que existiera un Comité de huelga —que dirigía el movimiento político contra la autocracia— compuesta principalmente de elementos burgueses, con una reducida representación de los obreros. Lo mismo había debido hacerse en otras poblaciones, como por ejemplo, Samar y Kiev. Se hicieron distintas proposiciones de unificación, estimulados incluso por una parte de los obreros, que estimaban imprescindible la colaboración de todos los esfuerzos para luchar contra el enemigo común. El Soviet, sin embargo en este sentido, sin negarse, por ello, a colaborar en casos concretos de lucha contra la autocracia. El Soviet de Diputados Obreros representó un gran paso adelante en el desarrollo del movimiento, convirtiéndose en órgano de la insurrección. El Soviet de Moscú tomó una actitud mucho más decidida que el de Petersburgo con respecto al armamento y a la labor de propaganda y organización entre los soldados. Funcionó incluso, aunque efímeramente, un Soviet de soldados, que no celebró más que una reunión. En el Soviet los socialistas revolucionarios y los mencheviques desempeñaron un papel secundario. El papel principal lo desempeñaron los bolcheviques, cuya influencia era predominante, a pesar de que formalmente los tres partidos tenían representación absolutamente igual en el Comité Ejecutivo (dos diputados cada uno).Además del Soviet central existían Soviets en las barricadas, las cuales tomaron una participación muy activa en todo el movimiento.

El Soviet se puso al frente de la insurrección de diciembre. La decisión de ir a la huelga general adoptada por el Partido Socialdemócrata fue refrenada por el Soviet y las Asambleas generales celebradas en cada fábrica.

El Soviet gozaba, como en Petersburgo, de un gran prestigio entre las masas trabajadoras. En las elecciones de los diputados al mismo participaba literalmente toda la clase trabajadora de Moscú, que habitualmente acompañaba a los diputados a la primera reunión en medio de un entusiasmo delirante. Para formarse una idea del entusiasmo de los trabajadores y de la participación de los mismos en las elecciones, son muy características las palabras pronunciadas por un viejo fundidor del barrio de Lefórtovo, elegido por sus compañeros. “Camaradas -decía- sólo ahora comprendo la fuerza que puede llegar a tener la unión de la clase obrera. He visto que en la acción colectiva en la lucha con nuestros enemigos, los burgueses, podemos obtener todos los derechos y todas las libertades. YO, que ya soy viejo, ni tan siquiera podía soñar con ser elegido para defender nuestros derechos obreros y llevar el título honroso de representante del Soviet de Diputados Obreros; pero creo que no podremos pasarnos de una lucha sangrienta con nuestros opresores, y por esto, vuestros elegidos os pedimos que sostengáis con las armas en la mano vuestros Soviets de Diputados Obreros.

”Sin los Soviets, la organización del Partido no hubiera podido arrastrar a las masas a la lucha armada ni crear aquella atmósfera de combate y de solidaridad que alentó a inmensas masas obreras"

4.Los Soviets en provincias

La mayoría de los Soviets de provincias fueron organizados en noviembre y algunos incluso en diciembre, bajo la influencia inmediata del que había sido creado por la clase obrera de Petersburgo. Tanto éste como el de Moscú habían mandado, por otra parte, delegados a provincias que fomentaron activamente la constitución de dichas organizaciones.

Claro está que la labor de estos representantes habría sido estéril en el caso de no existir ya previamente condiciones favorables. En efecto, ya desde mucho antes existían por doquier organizaciones embrionarias de las cuales surgieron más tarde los Soviets. Bajo la influencia de los acontecimientos, del desarrollo de las huelgas, de las agresiones de la fuerza pública, de la situación revolucionaria general existente en el país, esas organizaciones embrionarias se fueron transformando rápidamente. Y es que no hay nada tan fecundo como la revolución. La revolución ofrece un campo de acción inmenso a la actividad creadora de las masas, las cuales, en esas circunstancias, llevan a la práctica en pocas horas todos los planes y proyectos que los dirigentes del movimiento han meditado durante días y semanas en sus despachos.

Se poseen pocos datos sobre el origen y el carácter de los Soviets en provincias. Unos se acercan por su tipo al de Moscú, otros al de Petersburgo. En algunos sitios se convierten en el poder auténtico. Los campesinos crean también, bajo la influencia de la Alianza Campesina, organismos revolucionarios de masas que en muchos ocasiones llevan asimismo el nombre de Soviets y se ponen en relación con los Soviets obreros. Todos ellos disponen de grupos armados, bien organizados y sujetos a una disciplina rigurosa. En muchos puntos, tanto patronos como autoridades tratan oficialmente con el Soviet, al cual dirigen documentos oficiales. En Kostromá, por ejemplo, bajo la presión del Soviet, la Duma Municipal concede un subsidio a los huelguistas y 1.000 rublos para los parados. Bajo esa misma presión las autoridades se vieron obligadas a poner en libertad a cuatro obreros que habían sido detenidos. Las mujeres —y no fue ésta una de las características menos importantes del movimiento— tomaban una participación activísima en la vida de los Soviets.

Donde éstos tomaron un carácter más acentuadamente revolucionario convirtiéndose en realidad en órganos del Poder, fue en Siberia. Esto se explica, sobre todo, por la influencia de los soldados que regresaban del frente del extremo Oriente, que constituían Soviets de soldados y establecían un estrecho contacto con los organizados por los obreros. En Krasnoyarsk, por ejemplo, el Soviet procedió a la expropiación de los ferrocarriles y de la tierra y colocó enteramente bajo su control el servicio de Correos y Telégrafos. Medidas de análogo ca4rácter fueron tomadas en otros puntos de aquella región. En algunos puntos, los elementos reaccionarios consiguieron temporalmente desorganizar el movimiento, pero la masa obrera reaccionaba enérgicamente reduciendo al silencio y a la inactividad las bandas de “cien negros”.

En general, los Soviets de provincias ejercían el control absoluto sobre las imprentas y la prensa. Cuando no publicaban un órgano propio, se editaba un boletín del Partido Socialdemócrata Obrero Ruso, que lo reemplazaba, y que se trataba las mismas cuestione con el mismo espíritu. Cada Soviet que surgía convertíase en un centro al cual acudían los obreros e incluso los campesinos de los pueblos vecinos a exponer sus quejas y a buscar consejo.

No existe una lista completa de los Soviets de Diputados Obreros que funcionaron en Rusia durante la Revolución de 1905. Con respecto a los Soviets de campesinos y soldados, los datos que se poseen son todavía más incompletos. Sin embargo, lo que se puede afirmar sin ningún genero de dudas es que desempeñaron un gran papel. Todos los documentos de la época lo atestiguan de un modo irrefutable. No obstante. Cuando en 1927 la oposición comunista rusa preconizaba la creación inmediata de Soviets en China y, en apoyo de su criterio, recordaba el papel desempeñado por dichas organizaciones en la Revolución rusa de 1905, Stalin, para justificar su política menchevique de infeudación del proletariado al Kuomintang burgués, afirmaba con su proverbial desprecio de la verdad histórica, que en 1905 no había surgido más que dos o tres Soviets cuya influencia en el desarrollo de los acontecimientos había sido casi nula. Ahora bien, entre mayo y octubre, se constituyeron Soviets, además de Ivánovo-Vosnesensk, Petersburgo, Moscú, en las siguientes poblaciones: Novorosisk, Rostov, Samara, Kiev, Chitá, Irkustk, Krasnoyarsk, Kostromá, Sártov, Mitischí, Tver, Oriéjovo-Zúyevo, Viatka, Ekateringburg, Nadéjadino, Vódkino, Odesa, Nikoláiev, Kremenchuck, Ekaterinbug, Yúsovka, Mariúpol, Tanganrog, Bakú, Bielostok, Smoliensk, Libau y Réval.

Hay que tener en cuenta que esta lista, como hemos hecho ya notar, es muy incompleta, y que en ningún número de Soviets creados fue mucho mayor. A pesar de todo, esta lista incompleta de una idea de la magnitud del movimiento. Los Soviets no surgieron en una región determinada, sino en toda la inmensidad de la tierra rusa, tanto en el Norte como en el Sur, en el centro del país, c0mo en las lejanas regiones de Siberia, aunque, naturalmente, los que desempeñaron el papel más importante fueron los de Petersburgo y de Moscú.

5. Estructura de los Soviets

La fábrica era la ciudadela general de los Soviets. Las normas de elección variaban mucho según las poblaciones, pero en todas partes participaban en la elección de los diputados absolutamente todos los obreros, sin excepción ni restricción de ninguna clase, que trabajaban en el establecimiento. En Petersburgo y Moscú se elegían diputados por cada 500 obreros; en Odesa, uno por cada 100; en Kostromá, uno por cada 25; en otros, no había ninguna forma definida. En todo caso, los Soviets representaban en todas partes a la mayoría aplastante de la clase obrera, y en Petersburgo, Moscú y Ekaterinburg a la casi totalidad. Su prestigio era tan grande, que en algunas poblaciones pretendieron elegir Soviets incluso los pequeños comerciantes.

¿Cómo se organizaron? En Petersburgo, Rostov, Novorosisk y otras localidades se procedió a elegir inmediatamente Soviets generales; en Moscú, Odesa y otros puntos se elegían paralelamente Soviets de barriada. En Moscú, éstos mandaban representantes directos al Soviet general o central: en otras localidades se procedía primeramente a elegir Soviets de barriada, cuya reunión formaba el Soviet local.

Por regla general se designaba un Comité o Comisión Ejecutiva o una Mesa de discusión. El presidente, el secretario y otros cargos importantes eran elegidos por la Asamblea general del Soviet.

Se creaban órganos auxiliares, tales como comisiones de ayuda a los parados, de organizaciones de mítines, secciones de publicaciones y propaganda, de hacienda, etc. Y allí donde dirigían la insurrección o se convertían en órganos de Poder, se creaban grupos armados o milicias y se procedía al nombramiento de los jefes de las instituciones que el Soviet tomaba bajo su control (Correos, Telégrafos, Ferrocarriles). Algunos tales como el Soviet de Krasnoyarsk y de Chitá, en cuya constitución, como hemos visto, desempeñaron un papel tan importante los soldados que regresaban del frente, disponían de fuerzas armadas considerables.

No todos los Soviets contaban con prensa propia. Algunos utilizaban prensa legal o la del partido. Las Izvestias (Noticias) se imprimían —como hemos visto— tomando posesión de las imprentas. Todos los Soviets lanzaban hojas y proclamas que ejercían una extraordinaria influencia desde el punto de vista de la agitación.

En general, no había ninguna norma fija de organización. Las formas de la misma, así como su carácter y funciones, se iban concretando según las circunstancias.

6.Los Soviets y los partidos

En el primer Soviet que surgió en Rusia, el de Ivánovo-Vosnesensk, no se planteó la cuestión de las relaciones entre aquél y los partidos, por cuanto el Soviet se hallaba dirigido de hecho por la organización socialdemócrata de la localidad.

Esta cuestión se planteó de un modo bastante agudo únicamente en Petersburgo. Como es sabido, el Soviet de la capital era en principio un Comité obrero encargado de dirigir la huelga. Pero a medida que se desarrollaban los acontecimientos revolucionarios, el Soviet se convertía en el centro de toda la lucha del proletariado. El Soviet lanzaba consignas políticas, presentaba reivindicaciones económicas, ejercía las funciones de los Sindicatos, inexistentes en aquel entonces. En una palabra, era una nueva fuerza revolucionaria que llevaba a cabo una lucha política activa contra la autocracia. En estas condiciones, venía a eliminar hasta cierto punto a los partidos socialistas de las posiciones avanzadas de la lucha de clases, y, por tanto, no podía dejar de plantearse la cuestión del papel del Soviet y de las relaciones entre éste y los partidos obreros.

Ya el 19 de octubre, con motivo de la proposición e que se pusiera término a la huelga, el representante de los bolcheviques indicó la necesidad de que coordinara la acción del Soviet con e Partido Socialdemócrata Obrero Ruso. El 27, la sección Viborg del Soviet examinó la cuestión y decidió proponer que éste aceptara el programa socialdemócrata, y los delegados bolcheviques propusieron incluso retirarse del Soviet en el caso de que este último no aceptara el mencionado programa.

La cuestión fue discutida sucesivamente en las distintas barriadas y e las fábricas. Provocando por doquier enconados debates. El Comité federativo el Partido Social-demócrata Obrero Ruso, del cual formaba parte, sobre la base paritaria, representantes bolcheviques y mencheviques, decidió proponer al Soviet que se pronunciara de un modo concreto sobre su plataforma política. El Soviet se hallaba en una situación muy crítica. No ofrecía dificultades adoptar una resolución en el sentido de adherir al programa socialdemócrata, pues la inmensa mayoría de los representantes eran miembros del partido o simpatizaban con su programa. Pero en el Soviet había asimismo delegados de otros partidos —de los social revolucionarios, por ejemplo— y obreros que no pertenecían a ninguno de ellos, y, sobre todo, la adhesión al programa socialdemócrata se hallaba en contradicción con el principio mismo sobre cuya base se había constituido el Soviet: la representación de toda la masa obrera en una organización de combate.

Teniendo en cuenta estas consideraciones, después de una breve discusión, el Soviet decidió retirar la cuestión del orden del día. A pesar de ello, los representantes bolcheviques, contrariamente a lo que se había decidido, no se retiraron.

En realidad, no se hizo más que rehuir la cuestión, la cual siguió siendo objeto de apasionados debates en las reuniones políticas y en la prensa obrera. No obstante, el planteamiento de la cuestión en una forma terminante en el Soviet de Diputados Obreros hubiera podido producir la escisión en este último y provocar la desorganización del proletariado de Petersburgo en uno de los momentos más críticos.

Hemos visto ya la visión adoptada en general por los bolcheviques. Pero por la importancia de la cuestión, vale la pena detenerse en ella con un poco más de atención. En este momento se demostró una vez más que siempre que Lenin se hallaba ausente, los directores bolcheviques incurrían en errores groseros. Desde el primer momento, esos dirigentes adoptaron una actitud negativa con respecto al Soviet. Para ejercer la dirección política —venían a decir— es necesario tener un programa político bien definido y fines bien concretos. Por su estructura política el Soviet no puede convertirse en director y, en todo caso, es incapaz de reemplazar al partido. Se indicaba además el hecho de que el Soviet fuera una organización infeudada formalmente a ningún partido, podía empujarlo por el camino del oportunismo y convertirse en un instrumento de que se valdría la burguesía para desviar a los obreros. La conclusión que se desprendía de ese racionamiento era lógica: el Soviet no sólo no era necesario, sino que incluso resultaba peligroso para el proletariado. La llegada de Lenin a Petersburgo puso fin a esta actitud absurda. Lenin comprendió inmediatamente la importancia inmensa de los Soviets, y en los artículos publicados en Nóvaya Zhizn se limitó únicamente a recomendar que se reforzara la influencia del partido en el interior de los Soviets. Con ello se halló la forma de las relaciones entre el Soviet y el partido que sirvió de base, después de la Revolución de octubre, a las resoluciones tomadas en el Congreso VII y VIII del partido, en las cuales se reconocía que formalmente los Soviets eran una organización neutra, pero cuya dirección por el partido era absolutamente necesaria.

Los mencheviques, a pesar de que cometieron el indudable acierto de lanzar la consigna de la creación de Comités obreros, tenían una idea muy confusa de los fines de los mismos. Tan pronto el Soviet se constituyó y empezó a intervenir en la vida política, los propios mencheviques se asustaron del resultado insospechado que había producido su propaganda y, lo mismo que los bolcheviques, exigieron que el nuevo organismo adoptara el programa socialdemócrata. El líder menchevique Martínov, en un artículo publicado en Nachalo, después de reconocer que el Soviet de diputados obreros será la primera experiencia brillante de representación autónoma del proletariado decía: “El Soviet y el partido son las organizaciones proletarias independientes que no pueden coexistir durante mucho tiempo.” Los mencheviques no comprendían el papel que los Soviets estaban destinados a desempeñar. Estos luchaban por el Poder, pues era éste el problema que la historia ponía a la orden el día. En general, consideraba a lo sumo a los Soviets como especie de Parlamentos Obreros, sin ninguna función en la lucha de clases y en las acciones de masas.

Por lo que a los socialistas revolucionarios se refiere, hay que observar que este partido pequeño burgués no tenía ninguna actitud definida, como no la tuvo en ninguna de las cuestiones importantes planteadas. Por otra parte, la influencia de ese partido en el Soviet era mínima. Sólo un año más tarde, en el otoño de 1906, los social revolucionarios se solidarizaron con el punto de vista de los mencheviques.

Los anarquistas, a pesar de su demanda, no fueron admitidos en el Soviet. Lenin, en un artículo sobre esta cuestión, aprobó esta resolución por cuanto, según él, el Soviet no era un Parlamento Obrero, sino una organización de combate para la obtención de fines concretos, y en esta organización no podían tener un sitio los representantes de una tendencia que se hallaba en contradicción con los fines fundamentales de la Revolución. Este punto de vista, profundamente erróneo a nuestro juicio fue de hecho rectificado por los bolcheviques, puesto que en los Soviets de 1917 los anarquistas estuvieron representados con los mismo derechos que los demás sectores del movimiento obrero revolucionario.

La social democracia, tanto bolcheviques como mencheviques, no concentraron definitivamente su punto de vista sobre los Soviets, como hemos hecho ya notar en las páginas anteriores, hasta el período del Congreso de Estocolmo, cuando era ya posible formular un juicio retrospectivo de los acontecimientos.

En los proyectos de resolución, propuesto al Congreso de unificación del Partido Socialdemócrata Obrero Ruso, proyectos no discutidos, por otra parte, por el mismo, los mencheviques dan a los Soviets la significación de órganos destinados a unir los intereses de dichas masas ante el resto de la población.

Los bolcheviques, sin negar la importancia de los Soviets como organización de la representación de las masas, indicaban que en el curso de la lucha, de simples Comités de huelga se convertía en “órganos de lucha revolucionaria general” y que eran el “embrión del Poder revolucionario”.

7.Los Soviets y sus enemigos

Después de haber expuesto la actitud de los distintos sectores del movimiento obrero con respecto a los Soviets, conviene exponer, aunque sea brevemente, el juicio que esas organizaciones merecieron a los elementos que, por si significación de clase, habían de series forzosamente hostiles.

Los representantes de los elementos reaccionarios extremos, fueron en el campo enemigo, los que mejor comprendieron el papel y la importancia de los Soviets, Novoie Vremia, órgano de los agrarios y de la burocracia, después de la ocupación de su imprenta para impresión del órgano de Soviet de Petersburgo, al comentar este hecho señalaba la existencia indudable de dos Poderes y añadía: “Si mañana se les ocurre detener a Witte y encerrarlo en fortaleza de Pedro y Pablo junto con sus propios ministros, no nos sorprenderemos en lo más mínimo. Si los revolucionarios no recurren aún a ello es únicamente porque no lo consideran necesario.” En el mismo número en que apareció el artículo de que entresacamos estos párrafos, se publicó otro en el cual se decía: Ahora en Petersburgo tenemos dos gobiernos, uno dotados de inmensas atribuciones, pero sin ninguna influencia: es el Gobierno de Witte. Otro que no tiene ninguna atribución, pero al cual todo mundo obedece: el Soviet de Diputados Obreros. Pero más elocuente es todavía el artículo firmado por N. Menschikov, en el cual se dice: “hasta ahora Rusia había tenido el placer de contar con un mal gobierno. Ahora contamos con dos. Al lado del viejo Poder histórico, ya decrépito, se ha formado otro, que se irrita y grita, y nosotros, por costumbre, nos sometemos a él con enternecedora sumisión. El imperio espera intranquilo lo que le ordenará un puñado de proletarios: trabajar o declarar la huelga.

”Esos párrafos muestran de un modo elocuente que los representantes más típicos de la reacción rusa comprendían perfectamente que el Soviet era un órgano que luchaba por el Poder y el embrión de un nuevo régimen.

La impresión de la constitución y desarrollo del Soviet produjo en el Gobierno fue la de miedo y de. Hemos relatado ya en otra parte de este folleto que la autoridad del Soviet era tan inmensa, que algunos órganos gubernamentales ejecutaban sin vacilar todas sus órdenes. Las reuniones del Soviet se celebraban abiertamente; los periódicos publicaban las convocatorias y la policía controlaba los billetes en la entrada del edificio. Esto, mientras otras Asambleas eran prohibidas e incluso disueltas por la fuerza.

Los testigos en el proceso contra los diputados del Soviet de Petersburgo afirmaban unánimemente que éste era de hecho un gobierno y que el Zar, desconcertado, no hacía más que provocar el desorden. Sólo en noviembre, los ministros empezaron a volver en sí y, formando un bloque con la gran burguesía reaccionaria, modificaron fundamentalmente su táctica y tomaron medidas para poner fin a aquel estado de cosas tan peligrosas para él. Ya el 3 de dicho mes el jefe de policía de Petersburgo declara que la población “está cansada” del Soviet. Este publica una contestación que termina del modo siguiente: “El Soviet de Diputados obreros expresa su convicción de que los próximos acontecimientos mostrarán de quién está cansado el país, si el proletariado revolucionario había empezado ya a descender, el proletariado de Petersburgo comenzaba a mostrar signos de fatiga, y por esto esa declaración no fue ya más que una vana amenaza. Las circunstancias favorecían la adopción de medidas enérgicas por el Gobierno y, en efecto, el 3 de diciembre el Soviet de Diputados Obreros de Petersburgo, como ya hemos visto, fue disuelto y detenido por la fuerza pública.

La burguesía tuvo con respecto al Soviet una actitud análoga a la que había tenido en general con respecto al proletariado y a su papel en la Revolución de 1905. Pero en un principio no se dio cuenta del carácter que iban a mostrar los Soviets e incluso se mostró favorablemente dispuesta a tratar de preferencia con él que no con una representación múltiple. Pero este punto de vista no subsistió mucho tiempo. Cuando el proletariado, bajo la dirección inmediata de los Soviets, no se limitó luchar contra autocracia, con la cual podía hasta cierto punto coincidir la burguesía liberal, sino que atacó de frente al capitalismo, reclamando la jornada de ocho horas y una legislación social, la burguesía, temerosa de que el movimiento obrero saliera de estos límites y arrastrara el régimen de dominación capitalista, volvió la espalda a la Revolución y se alió con la autocracia. A partir de aquel momento se inicia la ofensiva del Gobierno contra los Soviets, con la colaboración activa de la burguesía liberal.
Los Soviets como órganos de Poder

1.Los Soviets y la Revolución de febrero

La Revolución de 1905 fue vencida, pero la clase obrera no perdió ni por un momento la esperanza en la victoria. Como se ha dicho repetidamente, la insurrección de 1905 no fue más que un ensayo general de la Revolución de 1917. En 1905 las masa eran aún inexpertas; el partido bolchevique empezaba únicamente a formas sus cuadros. Habían surgido los Soviets en numerosos puntos del país, pero no existía una acción coordinada entre ellos. Se intentó convocar un Congreso general de los Soviets, cuya reunión hubiera podido tener inmensa trascendencia, pero la cosa no pasó de proyecto. Por otra parte, si bien en muchos puntos los campesinos acudían los Soviets en demanda de apoyo, no existió la conexión debida entre el movimiento proletario y los levantamientos del campo. Hemos visto también que sólo Siberia y de una manera efímera en Moscú, se constituyeron Soviets de Soldados. Todas estas circunstancias contribuyeron poderosamente al fracaso de la Revolución. Pero este fracaso no tenía nada de sorprendente. Era la primera vez que el proletariado ruso se lanzaba a la lucha en gran escala contra la autocracia. El proletariado en la experiencia puede aprender. Y se puede afirmar que la lección de aquellos grandes acontecimientos no cayó en el vacío. La experiencia de los Soviets de 1905 desempeñó, en 1917, un papel d primer orden. A pesar de los doce años transcurridos, la idea de los Soviets seguía viva en el corazón de los obreros rusos y así, cuando en febrero de 1917 los obreros y soldados de Petrogrado se lanzaron a la calle y derrumbaron el poder secular de la autocracia, la idea de los Soviets resurgió con nuevo vigor.

Como es sabido, el zarismo fue derribado por un movimiento espontáneo de las masas trabajadoras, Por una serie de circunstancias, y muy particularmente a consecuencia del hecho de que en el momento de estallar la Revolución las figuras más eminentes del bolchevismo se hallaran en la cárcel, en la deportación y en el extranjero, el movimiento se halló sin dirección, y el Poder, en vez de pasar a la clase trabajadora, pasó a las manos de la burguesía, representada por la Duma de Estado, esa misma burguesía que cuando se iniciaron los acontecimientos, incitaba al Gobierno del zar a ahogar el movimiento en sangre. La Revolución se efectuó sin los Soviets, pero el mismo día en que la burguesía liberal procedía al nombramiento del Gobierno Provisional, se constituía el Soviet de Diputados Obreros de Petrogrado. Bajo el impulso de los acontecimientos, la organización creada en 1905 y destruida por la autocracia victoriosa, surgía nuevamente.

Por las circunstancias que hemos mencionado más arriba, en ese primer Soviet, como en todos loe que surgieron aquellos días en casi todo el país, los bolcheviques ejercían una influencia secundaria. Se apoderó de la dirección de dichos organismos la pequeña burguesía radical, los mencheviques y socialistas revolucionarios que representaban, con su fraseología rimbombante y huera, la ideología confusa, los anhelos y aspiraciones indefinidos de los primeros momentos de a revolución. El orador brillante se llevaba fácilmente a las multitudes y el representante pequeño burgués no pasaba, como siempre, de la fraseología revolucionaria, para hacer en realidad el juego de los enemigos del proletariado. Lo más lógico era que los dirigentes de los Soviets se hubieran puesto al frente de la revolución y entregado el Poder a la clase obrera, con cuyo único esfuerzo había sido destruir la autocracia. Pero, temerosos ante el movimiento de las masas, consecuentes, por otra parte, con la opinión que habían sostenido siempre de que hallándose la revolución en su fase democráticoburguesa el Poder había de pasar naturalmente a la burguesía, lo entregaron sumisamente a esta última. Y la burguesía —ni que decir tiene— se apresuró a aceptar el encargo con el fin de hacer todos los posibles para decapitar la revolución y evitar que las masas arrastraran en su impulso os privilegiados de la propiedad agraria y de la burguesía industrial. El Soviet se limitó a mandar a uno de sus representantes, Kerenski, al Gobierno provisional y a nombrar una Comisión de control, encargada de vigilar la actuación de este último.

Pero la Revolución tiene su lógica, y a pesar de todos los esfuerzos de los dirigentes, los Soviets se desarrollaron con un ímpetu irresistible, y gobernar contra ellos se hizo cada vez más difícil. Esta circunstancia creó lo que se ha venido en llamar dualidad de poderes, es decir, la existencia paralela de dos poderes; el de la burguesía, representado por el Gobierno Provisional, y el de las masas trabajadoras, representado por el Soviet, la historia de la Revolución entre febrero y octubre no es más que la de la pugna entre estos dos poderes. Según la correlación de fuerzas, esto es, según la mayor o la menor pujanza del proletariado y de la burguesía, la lucha toma uno u otro carácter: ora el Gobierno provisional ataca y el Soviet se ve obligado a ceder, ora es éste el que toma la ofensiva y aquél el que se ve precisado a hacer concesiones. Relatar en detalle los episodios de esta lucha, tan rica en enseñanzas, no obliga a salirnos de los límites que nos hemos impuesto y a dar a este trabajo un carácter distinto del que le hemos asignado. El lector que quiera estudiar fundamentalmente ese período interesantísimo, le remitimos a la magnífica Historia de la Revolución rusa, de L. Trotski, publicada recientemente en español. Nuestra misión ha de reducirse a señalar el desarrollo, en líneas generales, de los Soviets, hasta convertirse en órganos del Poder.

¿Cuál era la actitud de los bolcheviques respecto al nuevo régimen? Los elementos dirigentes que se hallaban en Petrogrado en el momento de la Revolución no supieron comprender, desde el primer momento, la importancia de los acontecimientos. Estos, en realidad, les cogieron desprevenidos y la insurrección fue obra directa de los militantes de base. Ya triunfante la Revolución, los nuevos elementos que habían llegado de la deportación —y muy especialmente Stalin y Kámenev— practicaron una política netamente oportunista. Esclavos del esquema de la “dictadura democrática de los obreros y campesinos”, preconizada por Lenin desde 1905 y superada ya por los acontecimientos, se atrincheraron en sus antiguas posiciones y propugnaron una política, que consistía en no salirse del marco de la Revolución democrático-burguesa y apoyar al Gobierno provisional en la medida en que éste realizara dicha Revolución.

Lenin, llegó a Rusia el 3 de abril, puso fin a esas vacilaciones, Tanto él, que se hallaba en Suiza, como Trotski, que estaba en América, coincidieron en la apreciación de los acontecimientos. Y así se dio el caso curioso de que los dos grandes jefes de la Revolución, que durante años habían estado separados por su diferencia de apreciación de la Revolución rusa, coincidieron en el momento decisivo, mientras que la “vieja guardia bolchevique”, sin comprender nada de las enseñanzas del maestro, adoptaba una actitud inequívocamente oportunista.

Lenin, ya desde su retiro a Suiza, apreció desde el primer momento el verdadero carácter de los acontecimientos. Al recibir la noticia de la Revolución de Petrogrado, y del nombramiento del Gobierno provisional, escribía: “La composición de este Gobierno no tiene nada de casual. Se trata de representantes de la nueva clase que ha subido al Poder político en Rusia, la clase de los terratenientes capitalistas y de la burguesía, que dirigen económicamente nuestro país desde hace mucho tiempo, y tanto durante la Revolución de 1905.1907, como en el período de contrarrevolución del 1907.1914 y, sobre todo, con particular rapidez durante la guerra de 1914-1917 se ha organizado con rapidez extraordinaria políticamente, tomando en sus manos la administración local, la instrucción pública, la Duma, los Comités Industriales de Guerra, los distintos Congresos, etc., etc. Esta nueva clase se hallaba ya “casi completamente” en el Poder en 1917; por eso basaron los golpes asestados al zarismo para que éste se desmoronara, cediendo el sitio a la burguesía. La guerra imperialista, que exige una tensión de fuerzas inverosímiles, ha acelerado hasta el punto la evolución de las atrasada Rusia, que “de una vez” (en realidad aparentemente) hemos alcanzado a Italia, a Inglaterra casi a Francia y obteniendo un Gobierno “parlamentario”, “de coalición”, “nacional” (est es, propio para seguir la guerra imperialista y engañar al pueblo). Al lado de este Gobierno —que en el fondo non es más que un simple criado, desde el punto de vista de la guerra, de las “firmas” de las multitudinarias Francia e Inglaterra— ha surgido un nuevo gobierno, no oficia, poco desarrollado aún, relativamente débil, un Gobierno obrero que expresa los intereses del proletariado y de los elementos más pobres de la población urbana u rural: el Soviet de Diputados Obreros y Soldados de Petrogrado.

”De esta apreciación de la situación se desprende toda la táctica seguida con rigurosa consecuencia por Lenin. Este, al llegar a Petrogrado, resuelve contra la posición adoptada por los dirigentes del partido y desarrolla sus ideas fundamentalmente en sus famosas “tesis de abril”, que sirvieron de base a toda la actuación posterior del partido y los condujeron al Poder. He aquí las ideas esenciales de dichas tesis, después del derrumbamiento de la autocracia el Poder ha pasado a manos de la burguesía. La guerra sigue siendo una guerra imperialista, y por esto el proletariado no puede tenerla sin traicionar al socialismo. Hay que “explicar pacientemente” a las masas que es imposible terminar la guerra de un modo verdaderamente democrático sin derrumbar al capitalismo. La particularidad característica del momento consiste en la dualidad de poderes, en que “al lado del Gobierno provisional, Gobierno de la burguesía, se ha formado otro gobierno, en estado aún muy embrionario, de importancia creciente cada día: los Soviets de diputados obreros y soldados. No se puede otorgar ninguna confianza ni prestar apoyo al Gobierno Provisional: todo el Poder, de abajo a arriba, ha de pertenecer a los Soviets. En el período actual el partido bolchevique está en minoría. La mayoría de los Soviets pertenece a los mencheviques y socialistas revolucionarios, que se hallan bajo la influencia de la burguesía, que la sostienen, que temen romper con los capitalistas y tomar el Poder en sus manos. Para el período inmediato, la consigna “todo el Poder a los Soviets” ni significa todavía la dictadura del proletariado, sino que equivale a exigir el poder a manos de la democracia perqueñoburguesa, con el fin de separarla de la burguesía. Mientras estamos en minoría, hay queque poner al descubierto la política conciliadora de los partidos pequeñoburgueses, explicar a las masas sus errores, y, mediante una labor paciente y tenaz entre los obreros, soldados y campesinos, conquistar su confianza, conquistar la mayoría en los Soviets. Lenin confiaba convencer a las masas de la razón que asistía a los bolcheviques, y una vez obtenido resultado, llevarlas a la conciencia de la necesidad de la dictadura del proletariado como única fuerza capaz de poner fina a la guerra imperialista y solucionar la crisis económica del país.

La experiencia había de demostrar de una manera brillante la justeza de la táctica preconizada por Lenin, que venció rápidamente las resistencias con que tropezaba y consiguió que la inmensa mayoría del partido aceptara su punto de vista. Paso a paso, los bolcheviques van poniendo al descubierto el papel de mencheviques y socialista revolucionarios y conquistándose la confianza de las grandes masas. Uno tras otro, los Soviets van cayendo en manos de los bolcheviques, Este magnífico resultado se obtiene no de una manera mecánica, sino por la aplicación acertada de una táctica justa. El coronamiento de esta paciente labor es conquista de la mayoría en el Soviet de Petrogrado. Este hecho tiene su importancia decisiva para porvenir de la Revolución. Petrogrado es el centro del movimiento revolucionario del país; es allí donde se halla concentrado el proletariado más consciente y combativo de Rusia. Petrogrado es, por otra parte, la capital. La conquista del Soviet de esta última había de tener una importancia decisiva, y, en efecto, la tiene. A partir de aquel momento, la Revolución toma un ritmo acelerado. El Gobierno Provisional va perdiendo todos sus puntos de apoyo. El movimiento de las masas se hace irresistible. Los campesinos exigen la tierra, sin más demoras y aplazamientos. Todo el mundo pide la paz y la constitución de un Gobierno verdaderamente popular. Este Gobierno no puede ser más que el de los Soviets, la consigna “todo el poder para los Soviets”, lanzada por los bolcheviques, es sostenida ahora por millones de obreros, soldados y campesinos. El proletariado de Petrogrado, corazón y cerebro de la revolución, arde de impaciencia. Los dirigentes del Partido bolchevique preparan febrilmente la acción decisiva. El Soviet es, como en 1905, el centro en que se converge todo el movimiento, La creación del Comité Militar revolucionario indica que de la fase de la propaganda se pasa ya a la de organización. El Comité Militar revolucionario concentrará en sus manos la dirección técnica del movimiento. Todo está maduro para la toma el poder. Falta sólo fijar el momento de la acción. Después de dudas y vacilaciones se decide fijarlo, desacuerdo con la proposición de Trotski, para el día en que se reúna el Segundo Congreso de los Soviets. Así, toma violenta del Poder, dirigida y organizada por el Soviet de Petrogrado, seguirá la consagración del acto de fuerza por el voto y el consentimiento de los representantes de toda la masa trabajadoras de Rusia.

2.La victoria de Octubre y su significación

En efecto, el día 25 de octubre de 1917, las fuerzas armadas del Soviet de Petrogrado ocupan todos los edificios público, toman el palacio de invierno y detienen al Gobierno provisional. La victoria se obtiene casi sin derramamiento de sangre. La lucha será más dura en Moscú, donde el combate se prolongará durante una semana. El Congreso de los Soviets declara depuesto el Gobierno Provisional y proclama la constitución de la república de los Soviets. Con este acto se abre una nueva página en la Historia de la Humanidad. Los obreros y campesinos rusos, al fundar la República Soviética, ofrecen a las masas explotadas de todo el mundo un nuevo tipo de organización del Estado —la dictadura del proletariado— que es la realización más perfecta de la democracia, puesto que el régimen soviético, contrariamente a lo que sucede en los demás países, es el Gobierno de la inmensa mayoría de la población. Los Soviets son elegidos directamente por los obreros de las fábricas, por los soldados de cada regimiento, por los campesinos de cada aldea, y con este sentido son la expresión perfecta de su voluntad y de sus aspiraciones. Los miembros de los Soviets, a diferencia de los representantes en los Parlamentos burgueses, no perciben retribución alguna por el ejercicio de sus funciones, y pueden ser relevados en cualquier momento de su cargo si los que los han elegido consideran que no representan ya sus aspiraciones ni son dignos de su confianza.

Como todo sistema de representación, el de los Soviets tiene, naturalmente, sus defectos, pero, aún así, son incomparablemente inferiores a los de lo de la democracia burguesa. La experiencia risa ha demostrado que la dictadura del proletariado halla su expresión más perfecta precisamente en el régimen soviético, y, en este sentido, la idea de los Soviets es patrimonio de todo el proletariado internacional. Es evidente que la revolución proletaria tendrá distintas modalidades en los demás países, pero está fuera de duda —la experiencia rusa lo demuestra de un modo irrefutable— que no podrá prescindir de organizaciones substancialmente iguales a los Soviets.

3.Los Soviet de campesinos y la Revolución de octubre

Antes de estudiar el nuevo régimen creado por la Revolución de octubre, queremos dedicar unas palabras a los Soviets de campesinos, hasta aquí hemos hablado exclusivamente de los Soviets de diputados obreros y soldados. Hasta después de la historia de octubre no existieron Soviets de campesinos propiamente dichos. Esto no significa, ni mucho menos, que los campesinos no tomaran parte en el movimiento soviético. Los Soviets de soldados estaban constituidos, en su aplastante mayoría, por campesinos. Por otra parte, existían en las aldeas organizaciones, que aun sin llevar el nombre de Soviets, desempeñaban esencialmente el papel de lo mismo. Nos referimos a los Comité agrarios. Dichos Comités fueron designados por el Gobierno provisional, con el fin de que prepararan los materiales de estudio necesarios para la reforma agraria, que había de llevar a cabo la Asamblea Constituyente. En un principio, dichos Comité estaban formados por los elementos de la intelectualidad rural (médicos, empleados, agrimensores, etc.). Pero, bajo la influencia de los acontecimientos revolucionarios, fueron perdiendo rápidamente su carácter, y los elementos “intelectuales” de ayer fueron sustituidos por representantes directos de los campesinos. Y así, esos Comités, a los cuales se asignaban atribuciones tan modestas, se convirtieron en órgano de lucha de los campesinos, que dictaban su ley a los propietarios y a menudo procedían por iniciativa propia a la expropiación de la tierra u ordenaban a los campesinos que suspendieran el pago de los arriendos a los terratenientes y depositaran el importe de aquéllos en los Comités hasta que la Asamblea Constituyente resolviera definitivamente el problema de la tierra.

Potencialmente, pues, los Soviets existían ya en las aldeas antes de la Revolución de octubre. Después de ésta fueron creados en todo el país, y junto con los Soviets de diputados obreros, constituyeron la base del nuevo régimen instituido por la Revolución triunfante.

4.La estructura de la república de los Soviets

a) Los Soviets rurales

La base del nuevo régimen creado por la Revolución de febrero está constituida por los Soviets urbanos y rurales.

Los Soviets rurales se eligen a razón e un diputado por cada cien habitantes y un diputado por cada veinte electores de los obreros de las fábricas, talleres, haciendas agrarias del estado, unidades del Ejército y de la Armada, que se hallan en e territorio, los diputados se eligen en las Asambleas generales de los ciudadanos que gocen de derechos electoral mediante Asambleas separadas. Los obreros de las fábricas, los empleados de instituciones y los regimientos proceden a la elección en los establecimientos y las instituciones. La legislación de la República Soviética Ucraniana y de la república Soviética Rusa prevé la organización de Soviets nacionales en aquellos puntos donde las minorías nacionales representan una masa compacta.

Las principales funciones de los Soviets rurales con las siguientes: a) llevar a la práctica y controlar la ejecución de todas las resoluciones de los órganos superiores del Poder; b) ayudar a los representantes de estos últimos a cumplir con su misión en la aldea; c) tomar medidas para elevar el nivel económico y cultural de la población, d) garantizar la conservación del orden revolucionario y luchar contra la contrarre-volución y el bandolerismo; e) utilizar a la población trabajadora para la conservación de los pozos, puentes, etc., y para la lucha contra las calamidades naturales, f) contribuir a la conservación de los bosques, sembrados, ferrocarriles, teléfonos y telégrafos en el territorio del Soviet; g) asegurar el justo usufructo de las tierras; h) efectuar el reparto de las tierras y organizar las reservas de semillas, i) apoyar la cooperación agraria, las haciendas del Estado, la organización de bibliotecas, etcétera; j) contribuir a la liquidación del analfabetismo y a la labor de cultura entre las minorías nacionales.

No todos los Soviets rurales tienen el presupuesto independiente, sin embargo los hay que gozan de personalidad jurídica y pueden concertar contractos.

En general, con el fin de incorporar a la labor activa a todos los miembros del Soviet se organizan cerca del mismo Comisiones especiales. Estas Comisiones tienen el derecho, con autorización de Soviet, de solicitar la colaboración de ciudadanos que no formen parte del Soviet y gocen de los derechos electorales. Cerca de los Soviets existen Comisiones de control, elegidas de la misma manera que los Soviets y que ejercen el control de la actividad financiera de aquéllos y dan cuenta de su misión ante la Asamblea general de los ciudadanos.

b) Los Soviets urbanos

Los Soviets urbanos son elegido por los ciudadanos que se hallan en su territorio y gozan de los derechos electorales a razón de diputados por cada cien electores de los obreros, del ejército rojo, de la escuadra y de la milicia y de una diputado por cada trescientos electores de los empleados de las instituciones estatales y privadas y de las demás categorías de electores. Compete a los Soviets urbanos solucionar todas las cuestiones locales y discutir todos los problemas de interés general.

Dichos organismos tienen sus presupuestos, gracias lo cual toman una participación activa en la reconstrucción y transformación de la economía popular y de la vida social y cultural. Este presupuesto se halla constituido por la utilización de todos los bienes de significación local. De acuerdo con ello tienen derecho a explotar la tierra, los establecimientos y otros establecer impuestos locales, negociar empréstitos, controlar los bienes que se hallan bajo su jurisdicción, abrir nuevos establecimientos, arrendarlos, etc. Tienen, asimismo, el derecho de garantizar el orden, contribuir a la organización acertada del mecanismo judicial, de la labor normal de todos lo órganos locales del poder estatal.

El órgano directivo del Soviet es la reunión plenaria del mismo, que se convoca al menos una vez al mes. La reunión plenaria examina y resuelve todas las cuestiones fundamentales de su competencia y ratifica el presupuesto.

Las reuniones del Soviet son públicas. Se admite en las misma, con voz per sin voto, a los representantes e los Comités de fábrica, Sindicatos, Regimientos y otras organizaciones, excepto en aquellos casos en que se convocan sesiones secretas. Con el fin de establecer un contacto más estrecho con los trabajadores, el Soviet, en la medida de lo posible, organiza sus sesiones de fábricas, los clubs, etc. las reuniones plenarias pueden celebrarse cuando asisten a las mismas no menos de la mitad de los miembros.

Los diputados a los Soviets urbanos se eligen por un año, esto es, hasta las nuevas elecciones. Los miembros del Soviet no pueden ser detenidos sin advertir previamente a la Mesa del Soviet o al presidente mismo. En casos excepcionales se puede proceder a la detención, dando cuenta de la misma a la Mesa no más tarde de veinticuatro horas después.En la actividad del Soviet tiene una gran importancia sus Secciones, que deben incorporar a la labor del mismo a toda la masa trabajadora. Dichas Secciones son, generalmente, las siguientes: a) de administración municipal; b) financiera; c) de instrucción pública; d) de sanidad; e) comercial-cooperativa; f) de la inspección obrera y campesina. Por acuerdo del Soviet, las Secciones mencionadas se pueden dividir en Secciones independientes o se pueden crear de nuevas (administrativa, jurídica, e la vivienda, del trabajo, de la industria, de seguros sociales, agrícola, etc., etc.). Dichas secciones examinan el plan de trabajo que les está encomendado, estudian las cuestiones fundamentales encomendadas a los órganos ejecutivos, eligen, cuando las circunstancias lo exigen, comisiones permanentes para establecer un contacto más estrecho con los distintos organismos del mecanismo ejecutivo participa en las reuniones de las Comisiones y en las conferencias convocadas por los Soviets, investigan la actuación de las distintas instituciones, dan su opinión sobre las cuestiones sometidas a las Secciones por las reuniones plenarias o la mesa del Soviet, etc., etc.

Para servir mejor los intereses de las masas trabajadoras desde el punto de vida cultural y administrativo y ayudar a los Soviets urbanos en la resolución de los problemas fundamentales de la transformación socialista del país, paralelamente con los Soviets generales se organizan los de la barriada, que están subordinados al Soviet urbano, funcionan bajo su dirección y dan cuenta al mismo de su labor.

c) Los Congresos de los Soviets y sus Comités ejecutivos

Los órganos supremos del régimen supremo son los Congresos y sus Comités ejecutivos.

Los Soviets rurales de un distrito eligen a un Congreso de distrito, a razón de un diputado por cada diez miembros del Soviet. Para el Congreso del cantón eligen representantes todos los Soviets rurales, a razón de un diputado por cada dos mil habitantes, y todos los Soviets urbanos, a razón de un delegado `por cada doscientos electores. El Congreso Provincial se elige de acuerdo con la siguiente norma de representación: de los Congresos de distrito y de cantón, a razón de un diputado por cada 10.000 habitantes, de los Soviets urbanos y de las fábricas, a razón de un diputado por cada 2.000 electores. Los Congresos regionales, allí donde existen, se constituyen por los representantes de los Soviets urbanos y de los Congresos de cantón, a razón de un delegado por 25.000n habitantes, y uno por cada 5.000 electores de las ciudades. Los Congresos de los Soviets de la Repúblicas federadas se eligen de acuerdo con las normas de los Congresos regionales o provinciales. El Congreso Panruso de los Soviets obreros, campesinos y soldados rojos y cosacos se constituye a base de la siguiente representación: a) de los Soviets urbanos, a razón de un diputado por cada 25.000 electores; b) de los Congresos provinciales, a razón de un diputado por cada 125.000 habitantes. El Congreso de los Soviets de la U.R.S.S. se constituye de acuerdo con las mismas normas que el Congreso panruso.

La diferencia entre los Soviets y los Congresos consiste en que los diputados a los primeros se eligen por un plazo determinado (un año), mientras que los delegados a los Congresos se eligen sólo para cada un de éstos, y al terminar sus tareas, pierden su título, dejando únicamente el Comité Ejecutivo elegido por ellos.

El Congreso de distrito se reúne una vez al año y elige un Comité ejecutivo de tres miembros. Se pueden convocar sesiones extraordinarias a propuesta del Comité ejecutivo del cantón o demanda de no menos e la tercera parte de la población del distrito. El Congreso de cantón elige también un Comité ejecutivo de once miembros y cinco suplentes. El Comité ejecutivo del congreso provincial debe estar compuesto de no más de veinticinco miembros, con excepción de Leningrado y Moscú, donde asciende a cuarenta. Los Congresos de las Repúblicas federativas, el panruso y el de la Unión eligen también a sus Comité ejecutivos. El segundo está compuesto de 270 miembros y 117 suplentes, y el tercero, de 371 y 138 respectivamente.

Tal es, en líneas generales, la estructura del régimen soviético. Veamos ahora, las funciones de dichos órganos.

Los Congresos de distrito examinan y resuelven todas las cuestiones relativas a este último y dirigen la actuación de los órganos del Poder que le están subordinados. El Congreso elige una Comisión de control. Las amplias atribuciones de que goza dan la posibilidad de obtener en su presupuesto el 40 por 100 del impuesto agrario, el 25 por 100 del impuesto de construcciones y de las instituciones judiciales y buscar nuevas fuentes de ingresos de los bienes que se hallan bajo su jurisdicción. Los miembros del Comité Ejecutivo gozan de la inmunidad y no pueden ser detenidos sin el consentimiento previo de la Mesa o del presidente.

El órgano supremo del Poder en el territorio del cantón es el Congreso del Soviet. Las funciones derechos y obligaciones de los Comités Ejecutivos de cantón son las siguientes: a) cumplimiento en los límites del cantón de las disposiciones y decretos del Poder central; b) publicación de resoluciones vigentes en los límites del cantón; c) adopción de medidas disciplinarias contra los funcionarios y los miembros de los Comités Ejecutivos inferiores; d) realización del control de la actividad de todos los órganos del territorio, sin excluir los que dependen directamente del poder de la república o de la Unió. Este control no se extiende a las instituciones del Ejército rojo y a los órganos judiciales, e) examen y aprobación de los presupuestos de distrito; f) conservación del orden; g) control del funcionamiento de todos los órganos del Poder; h) fomento e la agricultura; i) adopción de medidas para levar el nivel cultural y político de la población; j) conservación de la salud pública y protección de la maternidad y de la infancia, K) dirección de los establecimientos comerciales e industriales que dependen de él, etc., etc. Los Congresos provinciales examinan y aprueban el presupuesto de la provincia, los informes del Comité Ejecutivo y sus Secciones y proceden a la elección de dicho Comité.

El Comité Ejecutivo tiene el derecho de pedir al órgano correspondiente de la República de los Soviets la abolición o modificación de las resoluciones de los órganos centrales si considera perjudiciales estas últimas desde el punto de vista de las condiciones locales.Las Repúblicas autónomas forman parte de una república de la Unión, y tiene un Comité Ejecutivo y un Consejo de Comisarios del Pueblo.

En las repúblicas confederadas de la Unión, el órgano supremo es el Congreso de los Soviets, al cual corresponde la totalidad del poder legislativo, ejecutivo y judicial. Los Congresos de los Soviets se reúnen regularmente cada dos años y extraordinariamente siempre que lo juzgue necesario el Comité Ejecutivo o lo exijan los Soviets de las localidades que representen a no menos de una tercera parte de toda la población de la República. El Consejo de Comisarios del Pueblo de cada República es el órgano ejecutivo del Comité Ejecutivo Central.

Finalmente, el órgano supremo del régimen soviético es el Congreso de los Soviets de la U.R.S.S., constituida definitivamente el 30 de diciembre de 1922. Las funciones principales de dicho Congreso son las siguientes: a) elección del Comité Central Ejecutivo, y, asimismo, ratificación e los miembros del Consejo d las Nacionalidades elegidos por las Repúblicas y las regiones autónomas de la Unión; b) aprobación y modificación de los principios fundamentales de la Constitución de la U.R.S.S.; c) solución de los desacuerdos en aquellos casos en que fueron eliminados por las comisiones de conciliación y los órganos directivos; d) modificación de las resoluciones del Comité central Ejecutivo de la U.R.S.S. a propuesta de los delegados o de los Congresos o Comités Ejecutivos de las Repúblicas confederadas.

El Comité Central Ejecutivo está compuesto del Consejo de la Unión y del Consejo de las Nacionalidades. Esos dos organismos gozan de una igualdad completa de derechos. El Consejo de Comisarios del Pueblo es el órgano ejecutivo del Comité central. Los decretos y resoluciones de dicho Consejo son obligatorios en todo el territorio de la Unión.

d) El derecho electoral

En la U.R.S.S. no existe sufragio universal. El proletariado, al tomar el poder, en octubre de 1917, no se dejó alucinar por el espejismo de la democracia formal, y estableció su dictadura. Como consecuencia de ello, es lógico que se establezcan ciertas limitaciones en el ejercicio del derecho electoral.Según la Constitución soviética, pueden elegir y ser elegidos todos los mayores de dieciocho, de uno y otro sexo, que reúnan las siguientes condiciones: a) todos aquellos que obtengan sus medios de existencia mediante el trabajo útil o que realicen un trabajo casero que dé la posibilidad a los primeros de realizar su misión (por ejemplo, la esposa u otra persona que cuide de los niños de las obreras, etc.); b) los soldados del ejército y la armada rojos; c) los ciudadanos de la categoría enumerada en los dos puntos anteriores que hayan perdido la capacidad de trabajo; d) los extranjeros que vivan y trabajen en el territorio de la U.R.S.S.No pueden elegir ni ser elegidos, aunque formen parte de las categorías mencionadas: a) los que recurren al trabajo asalariado con el fin de obtener beneficio, b) las personas que vivan de ingresos no procedentes del trabajo; c)los comerciantes e intermediarios comerciales; d) los frailes y servidores del culto; e) los empleados y agentes de la antigua policía, así como los miembros de la casa reinante; f) las personas mentalmente anormales, así como las que se hallen bajo tutela; g) las personas condenadas por los tribunales.

El Comité Central Ejecutivo de los Soviets o el Congreso de estos últimos tienen derecho de abrogar estas limitaciones en general o con respecto a determinadas personas, aunque hacen uso de este derecho con extrema prudencia.

5.La democracia soviética

Hemos descrito a grandes rasgos el origen y desarrollo de los Soviets en el período anterior a la Revolución y la forma concreta tomada por el régimen soviético después de la victoria proletaria de octubre de 1917. De este rápido estudio se desprende una conclusión; que el régimen de los Soviets no es una creación artificial, sino la obra directa de las masas trabajadoras y la realización más perfecta de la democracia. Es fácil prever la objeción de los tartufos de la democracia burguesa: ¿se puede hablar de democracia cuando se limita el ejercicio electoral y se priva de este derecho a una parte de los ciudadanos? En efecto, en la U.R.S.S. no existe la democracia formal, forma encubierta de a dictadura burguesa, sino la democracia obrera. El lector nos permitirá que a este propósito reproduzcamos unos párrafos de nuestra obra Las Dictaduras de nuestros días: “Los liberales y los socialdemócratas oponen a la dictadura del proletariado de la democracia pura. Pero mientras existan las clases —y por consiguiente la explotación y la desigualdad social— no se puede hablar de democracia pura. Todo el mecanismo del Estado, incluso en los países de régimen más democrático, está puesto al servicio de la clase explotadora, que constituye una minoría insignificante. Es más, en los países de democracia, la subordinación del Poder a la banca y a la Bolsa es más directa que en ninguna parte. No hay ninguna Constitución, por liberal que sea que no deje las manos libres al Poder para anular las garantías constitucionales y adoptar medidas de represión extralegal contra la clase obrera si ésta amenaza el orden de cosas de democracia en general. El marxista no se olvida nunca de preguntar: ¿Para qué clase? En ningún país capitalista civilizado existe la democracia en general; existe únicamente la democracia de la burguesía. Entre la dictadura burguesa y la dictadura proletaria existen, sin embargo, diferencias esenciales. La primera, incluso en democracia, es el Gobierno de una minoría sobre la mayoría; la segunda es el Gobierno es el Gobierno ejercido por la inmensa mayoría de la población…” “…Sin dictadura no se ha realizado en el mundo ninguna revolución profunda. Per la diferencia entre la dictadura burguesa (aun en sus formas más democráticas) y la dictadura del proletariado estriba en que la primera consiste en el aplastamiento violento de la resistencia de la mayoría de la población, constituida por las masas trabajadoras de las ciudades y los campos, y la segunda, en el aplastamiento de la resistencia de los explotadores, los cuales constituyen una minoría evidente… Bajo el régimen de los Soviets, la inmensa mayoría de la población —es decir, todos los ciudadanos que viven de su trabajo y no de la plusvalía del trabajo ajeno—, tiene el derecho efectivo —y no el derecho nominal de las democracias burguesas— de participar directamente en la gestión pública, de ser electores y elegidos, de destituir en cualquier momento a los representantes que no se hayan mostrado dignos de la confianza otorgada, y el deber de velar por la conservación de estos derechos reduciendo violentamente a la impotencia de la clase enemiga. En resumen, siendo como es un régimen que se inspira en los intereses de la inmensa mayoría de la población, la cual ejerce directamente su poder con ayuda de vastas organizaciones populares como son los Soviets, la dictadura proletaria, o por decirlo en otros términos, la democracia soviética, es un sistema de Gobierno infinitamente más democrático que la República burguesa más libre.”

Esta profunda democracia del régimen soviético es lo que le ha dado su fuerza inmensa y le ha permitido rechazar eficazmente todos los ataques del mundo capitalista. Tan grande es la vitalidad de este régimen, que ha podido soportar incluso los profundos errores cometidos, desde la muerte de Lenin, por a dirección del Partido Comunista. Razón de más para que todo los verdaderos amigos de la Rusia soviética combatan implacablemente las deformaciones del régimen, y luchen incansablemente por el restablecimiento de la verdadera democracia soviética.

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* Andrés Nin Pérez o Andreu Nin i Pérez (El Vendrell, Tarragona, 4 de febrero de 1892 - Alcalá de Henares, Madrid, 20 de junio de 1937), fue uno de los personajes más importantes del marxismo revolucionario en España de la primera mitad del siglo XX.Si bien se integró primero en las filas del Partido Socialista Obrero Español, PSOE, pronto abrazó al sindicalismo revolucionario, ingresando en la CNT, la cual elegió como delegado al tercer congreso de la III Internacional y al congreso fundacional de la Internacional Sindical Roja. Nin se convirtió en un personaje clave de ambas internacionales aun después de que la CNT abandonara la III Internacional en 1922.

Vivió por un tiempo en Moscú, donde perteneció al equipo de León Trotsky. Se adherió a la Oposición de Izquierda a partir de 1926, por lo cual tuvo que abandonar la URSS en 1930. A su vuelta a España, Nin fue clave en la formación de la Izquierda Comunista de España (mayo de 1931), grupo afiliado a la Oposición de Izquierda Internacional, y formó parte de la Alianza Obrera e intervino en los sucesos de octubre de 1934 en Cataluña. Al fusionarse su grupo con el Bloque Obrero y Campesino para fundar el POUM (1935), fue nombrado miembro del comité ejecutivo del nuevo partido y director de su publicación, La Nueva Era. Fue también elegido secretario general de la Federación Obrera de Unidad Sindical (FOUS) en mayo de 1936.En 1937 fue detenido por la policía política soviética, que actuaba clandestinamente en la zona republicana durante la Guerra Civil Española con la connivencia de los mandos Comunistas. Luego de ser rasladado a Valencia y a Madrid, fue torturado y asesinado por orden del general Orlov, quien actuaba en nombre de Stalin.

24/03/08

Apuntes sobre la "teoría del reflejo"

Nicolás Miranda

Se puede insistir en que ha habido y hay muchos marxismos. El marxismo de conjunto es blanco de ataques de los intelectuales de la burguesía desde siempre. También, los distintos marxismos, se combaten entre sí. El marxismo de Lenin y Trotsky está fuertemente cuestionado por una vertiente de marxistas, en el mismo esfuerzo de miles de intelectuales y militantes marxistas por reconstruir el marxismo de conjunto ante su debilitamiento (que pretendía ser liquidación) bajo el fuego cruzado de los intelectuales burgueses. El cuestionamiento al marxismo de Lenin y Trotsky, no es sólo sobre su teoría de la revolución proletaria y del partido revolucionario marxista proletario. También es sobre la teoría marxista en sus fundamentos metodológicos.

Dentro de este último terreno, se está avanzando de a pasos cautelosos. Si en décadas pasadas se opuso el marxismo humanista al marxismo estructuralista, el marxismo dialéctico al marxismo materialista mecanicista, hoy estos cuestionamientos y enfrentamientos vuelven por sus fueros, historiando estas viejas- y actuales- disputas y posicionándose, o concentrándose en algunas categorías que las concentran. Entre estas, la llamada “teoría del reflejo”.

En este cuestionamiento, se construye una nueva tradición. Contra el aplastante peso de la divulgación (vulgarización) teórica del marxismo por parte del stalinismo, como un materialismo mecanicista y vulgar, se rescatan las elaboraciones y los combates teóricos y políticos de una vertiente del marxismo en la que se incluye principalmente a Gramsci, y también a Lukacs, Labriola, y varios otros intelectuales y dirigentes marxistas, que, tomando el nombre utilizado por Gramsci, ubican en una corriente del marxismo que llaman “filosofía de la praxis”.

El objetivo es que, contra la aplastante lápida que impuso el stalinismo, “fundamentado” en su concepción materialista mecanicista del marxismo, de “lo objetivo” para detener, impedir o liquidar directamente la acción revolucionaria, el marxismo se recree como una teoría fundamentada en la acción de un sujeto. En este esfuerzo, se afirma que no se pretende caer en la vulgarización contraria y desconocer (en un acto de pedantería intelectual) la realidad objetiva, recayendo en el subjetivismo idealista. Sin embargo, al atacar la llamada “teoría del reflejo”, creemos, se recae precisamente en esta concepción idealista sujetiva. Este es el primer punto que se pretende plantear en forma de primeros apuntes en este artículo.

El segundo punto, es cuestionar la identificación entre la versión materialista mecanicista del marxismo stalinista, con la llamada “teoría del reflejo” y con Lenin.

El marxismo materialista mecanicista y la crítica de Gramsci

Todas las elaboraciones teóricas del marxismo, como aproximaciones polémicas a la realidad para su transformación revolucionaria, y como en toda elaboración teórica marxista o no marxista, se realizan en relación a determinados problemas de la realidad concreta de un momento concreto.

En los años ’30 del siglo XX, Gramsci constataba la asimilación de aspectos del marxismo por parte de la teoría social burguesa (para hacer del marxismo una teoría social más entre tantas, quitándole su contenido revolucionario), así como su vulgarización entre algunas corrientes del marxismo. Claramente era así en el caso de Bujarin con su “Ensayo popular de sociología”. O sea, del stalinismo, aunque así no lo planteara Gramsci.

Polemizando con ambas corrientes, identificaba a la primera con el idealismo, y a la segunda con el materialismo mecanicista: “la filosofía de la praxis ha sufrido realmente una doble revisión, esto es, ha sido integrada en una doble combinación filosófica. Por una parte, algunos de sus elementos, de manera explícita o implícita, fueron absorbidos o incorporados en algunas corrientes idealistas (basta citar a Croce, Gentile, Sorel, al propio Bergson, y el pragmatismo); por otra parte, los llamados ortodoxos, preocupados por hallar una filosofía que, según su estrechísimo punto de vista, fuese más adecuada para una ‘simple’ interpretación de la historia, han creído mostrarse ortodoxos identificándola con el materialismo tradicional” .

Estas dos unilateralizaciones, el idealismo y el materialismo, necesitaban una síntesis dialéctica, no una mera fusión ecléctica, que ya Marx había realizado, y que ahora el marxismo, ante la constatación de estos hechos, debía volver a realizar: “En la historia de la cultura, que es mucho más amplia que la historia de la filosofía, cada vez que afloró la cultura popular porque se atravesaba una fase de transformación y de la ganga popular se seleccionaba el metal de una nueva clase, se produjo un florecimiento del ‘materialismo’ y viceversa. Al mismo tiempo, las clases tradicionales se agrupaban alrededor del espiritualismo. Hegel, a caballo de la Revolución Francesa y de la Restauración, dialectizó ambos momentos de la vida del pensamiento, materialismo y espiritualismo, pero la síntesis fue ‘un hombre que camina con la cabeza’. Los continuadores de Hegel han destruido esta unidad y se ha retornado a los sistemas materialistas, de una parte, y a los espiritualistas de la otra. La filosofía de la praxis, en su fundador, ha revisado esta experiencia, de hegelianismo, de feuerbachismo, materialismo francés, para reconstruir la síntesis de la unidad dialéctica: ‘el hombre que camina con los pies’. El laceramiento ocurrido con el hegelianismo se ha repetido en la filosofía de la praxis, esto es, que de la unidad dialéctica se ha retornado, de una parte al materialismo filosófico, mientras que la alta cultura moderna ha buscado incorporar lo que de la filosofía de la praxis era indispensable para hallar un nuevo elixir”.

El objetivo central de la crítica de Gramsci en este escrito, es el materialismo mecanicista de Bujarin, a él dirige estas críticas. Aquí se enlazan los actuales intentos de algunos marxistas de refundar al marxismo con base en la acción del sujeto, en oposición a la categoría de reflejo. Gramsci polemiza con la determinación mecanicista del marxismo vulgar de lo objetivo sobre lo subjetivo, restableciendo el lugar de la acción de un sujeto (de la política). Este es el aspecto que rescatan centralmente de Gramsci, y este es uno de los elementos que Gramsci planteó: “La pretensión (presentada como postulado esencial del materialismo histórico) de presentar y exponer cada fluctuación de la política y de la ideología como una expresión inmediata de la estructura, debe ser combatida teóricamente como un infantilismo primitivo, y prácticamente con el testimonio auténtico de Marx, escritor de obras políticas e históricas concretas. En ese aspecto, son importantes especialmente el 18 Brumario y los escritos sobre la Cuestión Oriental, pero también otros (revolución y contrarrevolución en Alemania, la Guerra Civil en Francia y trabajos menores)”.

Gramsci comenzaba a asestar un golpe al marxismo materialista mecanicista. Esta concepción del marxismo tuvo trágicas consecuencias políticas. Sobre estas bases, se “establecía” si una revolución “podía” hacerse o no. Este marxismo materialista mecanicista en América Latina, al caracterizar la realidad objetiva como feudal (a principios de siglo y durante casi todo el siglo XX), determinaba que la lucha sólo podía ser por una democracia (burguesa, carácter de clase que se omitía decir) real o profundizada, pues no había (supuestamente) condiciones objetivas para una lucha revolucionaria por el socialismo (en el caso de los Partidos Comunistas). Así se liquidaron decenas de luchas de la clase trabajadora y las masas. Contra esto, el énfasis en la acción de un sujeto, se opuso como estrategia en la práctica de muchas otras organizaciones políticas (en el caso de guerrillas marxistas, guevaristas). Como hoy no es la hora de la acción aún, estas viejas discusiones retornan casi puramente en forma de discusiones teóricas, en este caso, planteando un marxismo de la acción de un sujeto, en oposición a la categoría de reflejo. Gramsci, nuevamente de moda, es recuperado por muchos de quienes luchan por reconstruir el marxismo en este sentido.

Sin embargo, Gramsci no se detuvo en la impugnación del marxismo materialista mecanicista a lo Bujarin oponiéndole sin más la acción de un sujeto, donde “cada fluctuación de la política y de la ideología (no sería) una expresión inmediata de la estructura”. Gramsci intentó mantener la relación dialéctica materialista entre la acción de un sujeto y la estructura: “La dificultad de identificar en cada ocasión, estéticamente (como una imagen fotográficamente instantánea), la estructura; la política es, de hecho, en cada ocasión, el reflejo de las tendencias de desarrollo de la estructura, tendencias que no tienen por qué realizarse necesariamente”. Habla de reflejo. Retengámoslo. Reflejo de tendencias, sí. Ya volveremos sobre esto al referirnos a Lenin.

Pareciera ser que aún, de todos modos, el problema sigue siendo el de la acción, el de la práctica, opuesta a la estructura. Pero veamos cuál es, para Gramsci, el problema fundamental del marxismo (desde el punto de vista que estamos tratando): “No está tratado (en el “Ensayo...”) este punto fundamental: cómo nace el movimiento histórico sobre la base de la estructura (...) Este es, en definitiva, el punto crucial de todos los problemas en torno a la filosofía de la praxis”.

Como vimos, este escrito de Gramsci busca polemizar con el marxismo mecanicista vulgar, y es por esto que este punto no lo desarrolla, volviendo a la carga contra aquél. Y se pregunta irónicamente el por qué Bujarin polemiza contra la concepción subjetivista y el “ ‘terrible’ problema de la ‘realidad del mundo exterior’ ”. Porque para Gramsci, desde un punto de vista, este problema no tendría mayor sentido: “El público popular no cree siquiera que pueda plantearse tal problema, el problema de si el mundo existe objetivamente. Basta enunciar así el problema para oír un irrefrenable y gargantuesco estallido de hilaridad. El público ‘cree’ que el mundo externo es objetivamente real”.

Así que, desde un punto de vista (porque desde otro Gramsci se pregunta sobre el origen de esta creencia, que ubica en los religioso), afirmar aquello no tendría sentido, sino que el problema a plantear y resolver es otro, y sorprende que no se haya hecho: “Asombra que no se haya afirmado y desarrollado jamás convenientemente el nexo entre la afirmación idealista de que la realidad del mundo es una creación del espíritu humano y la afirmación de la historicidad y la caducidad de todas las ideologías por parte de la filosofía de la praxis, porque las ideologías son expresión de la estructura y se modifican al modificarse ésta”.

Gramsci plantea una solución a este problema, y que podría simplificarse en un hombre puesto por el mundo, al que crea en su historia con su acción. “Pero analizando esta concepción no resulta fácil luego justificar un punto de vista de objetividad externa entendida tan mecánicamente. ¿Es posible que exista una objetividad extrahistórica y extrahumana? Pero, ¿quién juzgará de tal objetividad? ¿Quién podrá colocarse en esa suerte de punto de vista que es el ‘cosmos en sí’? ¿Qué significará tal punto de vista? Puede muy bien sostenerse que se trata de un residuo del concepto de Dios y, más justamente, en su concepción mística de un Dios ignoto. La formulación de Engels de que la ‘unidad del mundo consiste en su materialidad demostrada por el largo y laborioso desarrollo de la filosofía y de las ciencias naturales’ contiene realmente el germen de la concepción justa, porque se recurre a la historia y al hombre para demostrar la realidad objetiva. Objetivo quiere decir siempre ‘humanamente objetivo’, lo que puede corresponder en forma exacta a ‘históricamente subjetivo’. O sea: que objetivo significaría ‘universalmente subjetivo’.”

Creemos que la llamada teoría del reflejo en el marxismo de Lenin y Trotsky responde de igual modo al problema del nexo que plantea Gramsci. Que los intentos por asociar a Lenin con el marxismo mecanicista no responde a la realidad de su pensamiento teórico, sino que a otros intereses que al final de este artículo podremos plantear.

Elementos de la categoría de reflejo en Hegel

Quienes intentan esta reconstrucción de un marxismo de la acción de un sujeto, en oposición a la categoría de reflejo, que de a ratos, como Gramsci, vuelven a llamar filosofía de la praxis, marcan a fuego, correctamente, el materialismo mecanicista del stalinismo buscando su crítica, pero van más allá y lo asocian al marxismo de Lenin y Trotsky. Incorrectamente a nuestro modo de ver.

Podemos señalar muy brevemente que la categoría de reflejo figura en Hegel. Y no se trata precisamente de un materialista mecanicista o vulgar. En la Lógica, que no pretendemos aquí exponerla sino resaltar sólo sus elementos referidos al problema de la categoría del reflejo, Hegel desarrolla metodológicamente, el desenvolvimiento del Ser hacia la Idea. El ser, según la definición de Hegel, “es la noción puramente en sí” . La Idea, es “lo verdadero”, “lo absoluto”, “la unidad absoluta de la noción y de la objetividad”. Para culminar este proceso de una categoría en otra, el ser debe devenir en la esencia, que es la “verdad del ser”, “el ser que aparece en sí mismo”. Este desenvolvimiento de una categoría hacia otra se da a través de distintas figuras dialécticas. Lo que nos interesa, es cómo es este proceso en lo fundamental: dialéctico, que según una definición de Hegel, es “el principio de todo movimiento, vida y actividad y el alma de todo verdadero conocimiento científico”. Este movimiento encuentra su motor en la contradicción, en la negación: “La dialéctica es el transito inmanente de un término a otro, tránsito en que lo exclusivo y limitado de las determinaciones del entendimiento muestra lo que son, es decir, que contienen su propia negación. Lo propio de toda cosa finita es suprimirse ella misma”.

Este movimiento de una categoría a otra mediante distintas figuras dialécticas por medio de la contradicción, es inherente a cada categoría. Como cada categoría se ve negada, conservada y superada en la otra (determinada), y no simplemente suprimida, cada categoría se refleja (por medio de las diferentes figuras dialécticas) en la otra, desde la categoría del ser a la de la idea y a través de las distintas figuras dialécticas, desde lo más abstracto a lo más concreto (determinado), proceso en que se va realizando la verdad de cada categoría. “El paso de un término a otro es el processus dialéctico que se verifica en la esfera del ser y la reflexión de un término sobre otro, es el que tiene lugar en la esfera de la esencia”.

Según Hegel, el objetivo de la ciencia es el conocimiento de la Verdad: “Pero la filosofía no es, en modo alguno, una enumeración, un relato de hechos, sino el conocimiento de la verdad que en ellos está contenida. Y apoyándose en la verdad es como debe entender lo que, en el relato, aparece como un simple hecho”.

¿Pero puede conocerse la verdad? El kantismo pensaba que no, que lo “que está contenido” en los hechos, el “en sí”, no puede ser conocido. Precisamente mediante la categoría del reflejo, como forma en que se va realizando el desenvolvimiento dialéctico de las categorías haciéndose más concretas, Hegel resuelve este problema: “La esencia debe producirse como fenómeno. Su aparecer es en ella la supresión de ella misma, por la cual llega a ese estado inmediato en que, en cuanto reflexión sobre sí, subsiste (la materia), y en cuanto reflexión sobre lo otro es la forma, la materia que se suprime ella misma. La esencia no se distingue del ser y no es la esencia si no porque aparece y esta determinación desarrollada es lo que constituye el fenómeno. Por consiguiente, la esencia no está ni antes ni después del fenómeno, pero en cuanto es la esencia que existe, la existencia es fenómeno (...) Pero Kant se ha detenido a medio camino cuando no ha visto en el fenómeno sino un elemento subjetivo, y ha colocado fuera de él una esencia abstracta en cuanto cosa en sí inaccesible a nuestro conocimiento. No ser sino fenómeno es la naturaleza especial del mundo objeto inmediato, y conociéndole como tal, conocemos así la esencia que no queda detrás o más allá del fenómeno, sino que se manifiesta como esencia precisamente descendiendo al fenómeno (...) El fenómeno constituye la verdad del ser y una más alta determinación que el último, en cuanto contiene el doble momento de la reflexión, la reflexión sobre sí y la sobre otro, mientras que el ser o la inmediatividad es el momento exclusivo sin relación y que (en apariencia) no se apoya sino sobre sí mismo”.

Así resulta que la verdad está contenida en los hechos mismos, en lo objetivo, es inherente, inmanente a él, debiendo desenvolverse dialécticamente y la categoría desplegada, y esta totalidad del desenvolvimiento dialéctico y de la categoría desplegada, constituiría la verdad: “la lógica muestra más bien lo contrario, a saber: que lo subjetivo que no es sino lo subjetivo, que lo finito que no es sino lo finito, que lo infinito que no es sino lo infinito, etc., no poseen verdad, que se contradicen y pasan a su contrario y que esta transición y su unidad en que los extremos se absorben como una apariencia o como momentos, son lo que constituyen su verdad”.

De esta forma, Hegel fundó lo que se conoce como el idealismo objetivo, por oposición al idealismo subjetivo, como vimos en la cita referente a Kant. De esta forma, por ejemplo, “no es solamente en nuestro cerebro donde residen la noción y el juicio y que estas no son simples operaciones o invenciones de nuestra inteligencia. La noción es inherente a las cosas mismas y éstas no son lo que son sino por ella y, por consiguiente, conocer los objetos quiere decir adquirir la conciencia de su noción”. Pero este “objetivismo” de Hegel no niega la intervención del sujeto, para volver al tema que estamos intentando plantear en este artículo, la acción del sujeto no es algo opuesto fijamente al objeto: “La tarea de la ciencia consiste en hacer que este mundo objetivo no nos sea extraño o, como se dice, que nos volvamos a hallar en él, lo cual significa también que consiste en referir el mundo objetivo a la noción, es decir, a lo más íntimo que hay en nosotros. Estas consideraciones muestran lo que hay de erróneo en este modo de considerar el sujeto y el objeto como en oposición inconciliable. Ambos se invocan y se niegan mutuamente”. Esto se reafirma en la categoría de la práctica que Hegel también desarrolla .

Lo que en este apartado se quiere plantear es que ese “referir”, el desenvolvimiento dialéctico, se realiza a través de la reflexión, del reflejo de una categoría en otra a través de las distintas figuras dialécticas. La categoría del reflejo es planteada por Hegel en su exposición metodológica de la dialéctica, por lo que lejos se halla de representar necesariamente una categoría de un materialismo mecanicista. Y tampoco, del marxismo de Lenin y Trotsky.

La llamada teoría del reflejo en el marxismo de Lenin y Trotsky

Se identifica a Lenin y su llamada teoría del reflejo con el marxismo materialista mecanicista y determinista. Para esto, se toman ciertas afirmaciones suyas, muy polémicas y brutales: “Nuestros machistas, que quisieran ser marxistas, se han confabulado así con singular entusiasmo contra los ‘jeroglíficos’ de Plejanov, es decir, contra la teoría según la cual las sensaciones y las ideas del hombre representan no una copia de las cosas reales y de los procesos naturales, no sus imágenes, sino signos convencionales, símbolos, jeroglíficos, etc. (...) Engels no habla de símbolos, ni de jeroglíficos, sino de copias, de fotografías, de imágenes, de reflejos de las cosas, etc.” .

Sin embargo, habría que evitar generalizar y extender esta afirmación, reduciéndola a los objetivos que se planteó Lenin en este libro: mostrar lo reaccionario de Mach, que se trataba de una corriente idealista que pretendía llamarse marxista, y oponer al idealismo el materialismo. “Discípulos de Fuerbach y curtidos en la lucha contra los ‘remendones’, Marx y Engels pusieron naturalmente su atención en la terminación de la filosofía materialista, es decir, en la concepción materialista de la historia y no en la gnoseología materialista. Por consiguiente, en sus obras sobre el materialismo dialéctico, subrayaron más la ‘dialéctica’ que el ‘materialismo’ y, al tratar del materialismo histórico, más insistieron en el aspecto ‘histórico’ que en el ‘materialista’. Nuestros machistas, deseosos de ser marxistas, han abordado el marxismo en un período de la historia diferente por completo, en el que la filosofía burguesa se ha especializado sobre todo en la gnoseología y, habiéndose asimilado bajo una forma unilateral y deformada ciertas partes constitutivas de la dialéctica (el relativismo, por ejemplo), lleva lo mejor de su atención sobre la defensa o la reconstitución del idealismo en bajo y no del idealismo en alto. El positivismo en general y la doctrina de Mach en particular, se han preocupado sobre todo de falsificar sutilmente la gnoseología, simulando en ella el materialismo, ocultando su idealismo bajo una terminología presuntamente materialista, y sólo han consagrado muy poca atención a la filosofía de la historia. Nuestros machistas no han comprendido el marxismo por haberlo abordado en cierto modo al revés. Se han asimilado- sería a lo mejor más exacto decir que han aprendido de memoria- la teoría económica e histórica de Marx, sin haber comprendido sus fundamentos, el materialismo filosófico (...) ‘experiencia socialmente organizada’, ‘proceso colectivo del trabajo’..., esas son palabras marxistas, pero no son más que unas palabras disimuladoras de la filosofía idealista para la cual los objetos son complejos de ‘elementos’ de sensaciones, para la cual el universo exterior es una ‘experiencia’ o un ‘empiriosimbolismo’ de la humanidad, y la naturaleza física una ‘derivación’ de lo ‘psíquico’, etc, etc. Una falsificación cada vez más sutil del marxismo y la simulación cada vez más sutil del marxismo. Por las doctrinas antimaterialistas, es todo lo que caracteriza el revisionismo contemporáneo, tanto en economía política, como en las cuestiones de táctica, tanto en filosofía general como en gnoseología y en sociología”.

Y en términos puramente teóricos, limitado al problema fundamental de la filosofía: “ciertamente, la oposición entre la materia y la conciencia no tiene significado absoluto más que dentro de unos límites muy restringidos, únicamente casi en los de la cuestión gnoseológica fundamental: ¿qué es lo primordial y qué es lo secundario? Más allá de estos límites la relatividad de tal oposición no suscita duda alguna”.

Esta es la tarea que se plantea Lenin, el combate al idealismo, al igual que lo hicieron Marx y Engels, quienes, según Lenin, se ocuparon de desarrollar el materialismo sin volver a estudiar las cuestiones ya resueltas y demostrando cómo se aplica ese materialismo a las ciencias sociales. Sin embargo, esta defensa polémica del materialismo contra el idealismo, no olvidaría ni la dialéctica, repetidas veces desarrollada en este trabajo, ni la acción de un sujeto: “plantear fuera de la práctica la cuestión de la ‘correspondencia entre la verdad objetiva y el pensamiento humano’ es entregarse a la escolástica, dice Marx en su 2ª tesis sobre Feuerbach”.

Sin embargo, Lenin no desarrollaría estas cuestiones en este trabajo. Será recién años después, y en forma de anotaciones y apuntes en un trabajo no destinado a su publicación, donde las desarrollaría, en un momento más alto de su desarrollo teórico. Estos marxistas que pretenden reconstruir un marxismo fundamentado en la acción de un sujeto en oposición a la categoría de reflejo y que critican el materialismo mecanicista de Lenin en “Materialismo y empiriocriticismo”, dan cuenta de este desarrollo del pensamiento teórico de Lenin. Igualmente, seguirán rechazando la categoría de reflejo.

Lenin dirá, comentando la Lógica de Hegel, y esto es del gusto de nuestros críticos: “la conciencia del hombre no sólo refleja el mundo objetivo, sino que lo crea. El concepto (= el hombre), como subjetivo, presupone otra vez el ser- otro que es en sí mismo (=la naturaleza independiente del hombre). Este concepto (=el hombre) es el impulso de realizarse, de darse objetividad en el mundo objetivo a través de sí mismo y de realizarse (cumplirse). En la idea teórica (en la esfera de la teoría), el concepto subjetivo (¿conocimiento?), como lo universal indeterminado en y para sí, se opone al mundo objetivo, del cual obtiene su contenido determinado y su medio de cumplirse. En la idea práctica (en la esfera de la práctica) este concepto, como lo real (¿lo actuante?), se opone a lo real. La certidumbre de sí que el sujeto tiene en su ser en y para sí, como sujeto determinado, es una certidumbre de su propia realidad y de la irrealidad del mundo. Es decir, que el mundo no satisface al hombre y éste decide cambiarlo por medio de su actividad” . Y reafirma en el mismo sentido: “el resultado de la actividad es la prueba del conocimiento subjetivo y el criterio de la objetividad verdaderamente existente”.

Lenin, en su lectura de Hegel, resalta esencialmente su método dialéctico: “La transición del silogismo de analogía al silogismo de necesidad, del silogismo de inducción al silogismo de analogía, del silogismo de lo universal a lo individual, el silogismo de lo individual a lo universal; la exposición de la conexión y la transición (la conexión es transición): tal es la tarea de Hegel”.

Nuestros críticos de la llamada teoría del reflejo en Lenin pueden quedar contentos. Pero esto no es todo Lenin. La afirmación recién transcripta, la completa de esta manera: “Hegel demostró realmente que las formas y leyes lógicas no son una cáscara vacía, sino el reflejo del mundo objetivo. Dicho en forma correcta, no demostró sino que hizo una brillante conjetura”.

Y afirma más categóricamente: “(...) la identidad de los contrarios: en eso reside la esencia del asunto. Esa elasticidad, subjetivamente aplicada = eclecticismo y sofistería. Si se aplica objetivamente, es decir, si refleja la multilateralidad del proceso material y su unidad, tenemos la dialéctica, el reflejo correcto del eterno desarrollo del mundo”.

Lenin podrá integrar sus anteriores avances teóricos en sentido materialista (tal vez un poco unilateralmente materialista), en el nuevo desarrollo de su pensamiento teórico en un sentido dialéctico, y la categoría del reflejo es despojada de su unilateralización materialista mecanicista (así como de su unilateralización idealista). Así, resaltará el significado y el papel de la Lógica, al menos desde el punto de vista que estamos tratando: “La formación de nociones (abstractas) y las operaciones con ellas incluye ya la idea, la convicción, la conciencia de la necesidad de las leyes en la conexión universal objetiva. Es estúpido distinguir la causalidad de esa conexión. Es imposible negar la objetividad de las nociones, la objetividad de lo universal en lo particular. Por consiguiente, Hegel es mucho más profundo que Kant y otros en lo referente a la búsqueda del reflejo del movimiento del mundo objetivo en el movimiento de los conceptos. Así como la forma simple del valor, el acto individual de intercambio de una mercancía por otra, incluye ya, en forma no desarrollada, todas las contradicciones principales del capitalismo, así la generalización más simple, la primera y más sencilla formación de conceptos (juicios, silogismos, etc.) denota ya el conocimiento cada vez más profundo del hombre en cuanto a la conexión objetiva del mundo. Aquí es preciso buscar el verdadero sentido, la significación y el papel de la Lógica de Hegel”.

Como vemos, el Lenin de los Cuadernos Filosóficos, que incluso es reivindicado parcialmente por nuestros críticos de la llamada teoría del reflejo en oposición al Lenin de “Materialismo y empiriocriticismo”, incorpora la categoría de reflejo en su estudio de la dialéctica, en la evolución de su pensamiento teórico marxista. En este punto, se articulan sus estudios con las afirmaciones de Gramsci sobre la filosofía de la praxis desde el punto de vista que estamos tratando. Y también como vimos, la categoría del reflejo se encuentra en la máxima expresión de la dialéctica idealista, Hegel, lejos de un materialismo mecanicista. Sin embargo, una de las categorías que someten a crítica quienes quieren reconstruir un marxismo de la acción de un sujeto, es la del reflejo, asociándola únicamente a su versión materialista mecanicista del stalinismo, y que utilizando como puente esa categoría asocian el stalinismo al leninismo (a quien de todas maneras citan como autoridad en ciertas materias, no así a Stalin, lo que de todas maneras no cambia el fondo del asunto).

Lo que significa la crítica a la teoría del reflejo. ¿Qué marxismo para que política?

Reducir la llamada teoría del reflejo a un determinismo de un marxismo materialista mecanicista, es en primer lugar, como intentamos mostrar, falsear la categoría del reflejo.

Creemos que esta categoría del reflejo permite comprender la realidad objetiva en su movimiento dialéctico, tendencialmente como dijera Gramsci, donde en la realización de sus tendencias interviene la práctica humana cuyo resultado, como planteara Lenin, es “la prueba del conocimiento subjetivo y el criterio de la objetividad verdaderamente existente”. La negación de la categoría de reflejo en algunos marxistas, plantearía que el conocimiento es una “cáscara vacía” al decir de Lenin, significaría una recaída en el idealismo subjetivo a lo Kant, quedando a mitad de camino al decir de Hegel, abstractizando al sujeto al no comprenderlo como reflejo de la realidad objetiva . Este resultado, un sujeto abstracto, muestra inmediatamente el contenido político de esta concepción teórica de un marxismo opuesto al de Lenin y Trotsky, y como vimos, también al de Gramsci: abre las compuertas para un sujeto cualquiera de la revolución, liquidando al proletariado como el sujeto de la revolución socialista. Así es que el intento no es tan simple como negar la objetividad, pues como dijera Gramsci, provocaría “un irrefrenable y gargantuesco estallido de hilaridad” (salvo en muchos sofisticados intelectuales). De lo que se trata, siguiendo a Gramsci, es que “existe una lucha por la objetividad (por liberarse de las ideologías parciales y falaces)”: si la objetividad es simplemente la constatación del sentido común, o se trata de establecer el nexo, mediante la categoría del reflejo, entre el sujeto y el objeto.

Al oponer un marxismo de la acción de un sujeto a la categoría del reflejo, se trata de una exaltación de la acción subjetiva unilateralizada, fijada, transformada en algo inerte, donde lo objetivo se transforma (aparentemente) en algo maleable. Y digo aparentemente, pues el énfasis en la acción de un sujeto unilateralizada, abandonando el intentar establecer el “nexo” como planteaba Gramsci, mediante la categoría del reflejo, dialécticamente y no en forma determinista mecanicista, como planteaba Lenin, pareciera ser en realidad, la abdicación de la empresa humana del conocimiento, y por lo tanto, para los revolucionarios al menos, de su transformación. Y por esta vía, tratándose de un sujeto sin objeto, de la liquidación del sujeto, o más bien, de una sutil vuelta al estadio contemplativo del conocer y el hacer humanos, tratándose de una exaltación aparente que se consume en sí misma, un fuego fatuo.

Esta es, en forma abierta, la tendencia en la teoría social burguesa actual: “(...) el discurso- y no la mera explicación- se convierte en una característica esencial de la ciencia social” . Y refiriéndose a una de las corrientes del pensamiento social burgués, otro autor señala: “(...) las que siguen pueden considerarse características distintivas y persistentes del estructuralismo y del post- estructuralismo: la tesis de que la lingüística- o más exactamente, ciertos aspectos de determinadas versiones de la lingüística- tiene una importancia clave para la filosofía y la ciencia social en su conjunto; su insistencia en la naturaleza relacional de las totalidades, ligada a la tesis del carácter arbitrario del signo, y relacionada con su énfasis en la primacía de los significantes sobre lo significado; el descentramiento del sujeto; una peculiar preocupación por la naturaleza de la escritura, y por consiguiente por los materiales textuales; y su interés en el carácter de la temporalidad como componente constitutivo de la naturaleza de objetos y sucesos” . Esta sofisticación del pensamiento social burgués es el fin lógico llevado al extremo de quienes niegan la categoría del reflejo, en el sentido que lo estamos planteando. No llegan a este extremo quienes desde el marxismo la critican. Su intención es otra: el cuestionamiento al leninismo, al asociar, incorrectamente como tratamos de mostrar, su categoría del reflejo a la deformación materialista mecanicista del stalinismo. Aquí debemos mencionar al menos la política que esta concepción del marxismo pretende sostener, pues es claro que para los marxistas las polémicas y elaboraciones teóricas son al servicio de la transformación revolucionaria de la realidad, no un mero ejercicio académico, algo que podemos plantear explícitamente, al contrario de la inevitable opacidad de la teoría burguesa.

La teoría leninista de la revolución proletaria, que planteara prácticamente, para la acción, en sus Tesis de Abril, y que Trotsky elaborara teóricamente en su Teoría de la Revolución Permanente, la teoría leninista del partido, como un partido revolucionario marxista proletario, está en el fondo del cuestionamiento a la categoría del reflejo en Lenin, en un tiro por elevación.

La exaltación de una filosofía de la praxis, que, como intentamos mostrar no es la de Gramsci que busca mantener la categoría de reflejo, enfatizando en forma unilateralizada la acción de un sujeto, busca ser el sostén teórico (que antes no tuvo) de una concepción de la revolución como lucha guerrillera (aunque sea de masas, no foquista y considerando la realidad objetiva), contra la concepción de un partido revolucionario marxista proletario. Nuevamente “la voluntad”, vuelve a ser la categoría central, aunque no en una forma tan rudimentaria como en décadas anteriores. De hecho puede observarse en que, en la defensa de las experiencias guerrilleras de las décadas pasadas, se cuestiona la vulgarización de una supuesta concepción foquista, ya que actuaron “inmersas” en las masas. Así, las masas resultan un elemento de la objetividad en la que una organización necesariamente actúa, pero como “coloca(n)do fuera de (ella) una esencia abstracta” al decir de Hegel criticando a Kant, exaltando la concepción de la acción de un sujeto “inmerso” en unas masas abstractas, indeterminadas, no como reflejo de una realidad objetiva determinada. Por el contrario, para la concepción de un partido revolucionario marxista proletario, se trata de combatir por la autoorganización independiente de la clase obrera y las masas para la insurrección armada de todo el pueblo trabajador; desde el punto de vista que estamos tratando, restableciendo una ontología de las clases, donde la clase obrera es el sujeto de la revolución, la clase que refleja la negación inherente del capitalismo, y que mediante su práctica, su acción conciente, el partido revolucionario (que debe ser construido) debe realizar prácticamente, realizando el socialismo mundial.

El marxismo de Milcíades Peña

Marcelo Yunes

Milcíades Peña (1933-1965) fue uno de los más agudos y rigurosos marxistas argentinos, que en su corta vida dejó un notable conjunto de estudios y debates, especialmente sobre historia política y económica argentina. Marxista militante (integró durante un período la corriente trotskista orientada por Nahuel Moreno, que fundara el MAS), fue implacable con la atmósfera de pedantería y aislamiento de los círculos académicos; por otro lado, jamás aceptó el juicio sumario hacia los intelectuales por parte de la mayoría de las organizaciones de izquierda de su tiempo. Esta ubicación lo transformó en una rara avis, un curioso ejemplar de marxista: despreciado por los intelectuales por su carácter autodidacto y su compromiso con la política revolucionaria, era considerado a su vez, por muchas corrientes políticas militantes, un mero intelectual.

A pesar de tratarse de notas no revisadas e incluso incompletas (el curso original de 1958 constaba de ocho partes, de las que sólo se conservan seis), la riqueza y profundidad de la concepción de Peña del marxismo pueden apreciarse desde el comienzo mismo. Es notable que, en un período en que pululaban en el ambiente de la izquierda (tanto académica como política) infinidad de “manuales” de marxismo, de materialismo histórico, de filosofía marxista, etc., espantosamente dogmáticos y esquemáticos en su mayoría, el primer alerta de Peña consista en huir de la idea de que “el marxismo es una especie de victrola tragamonedas [donde] se aprieta un botón y sale una respuesta para el problema que se quiere resolver (...) Eso es la negación del marxismo, [que] exige un serio e intenso esfuerzo del pensamiento (...) El marxismo de los burócratas [quiere] convertir el pensamiento marxista en un diccionario donde está clasificado lo verdadero y lo falso (...) Frente a esto, el pensamiento dialéctico, el auténtico pensamiento marxista, afirma con Hegel que ‘la verdad no es una moneda que pueda darse y recibirse sin más’. La verdad se alcanza por el esfuerzo militante del pensamiento, y se alcanza a través del error, de la permanente confrontación entre verdad y error (...) El marxismo es pensamiento vivo y viviente... en permanente confrontación con la realidad y consigo mismo” (los resaltados, salvo indicación en contrario, son míos. MY).

Contra las visiones entonces (y aún ahora) en boga, que consideraban el marxismo o bien como una teoría y nada más, o bien como esencialmente una ideología política, Peña rescata, de las fuentes del propio Marx y en consonancia con las más fecundas interpretaciones del marxismo del siglo XX (entre las que Peña destaca especialmente las de Henri Lefebvre, Korsch y el primer Lukács), el múltiple carácter del marxismo, que no se agota en una sola faceta. Por eso define al marxismo provisoriamente, en una primera etapa de la investigación, pero como una base sólida, de la siguiente manera:

“1) Una concepción general y total del hombre y del universo; 2) en función de esa concepción del mundo, una crítica de la sociedad en que nació el marxismo, la sociedad capitalista; 3) en función de esa crítica, como resultado de esa crítica de la sociedad capitalista, es una política, un programa de acción para la transformación revolucionaria de la sociedad, para la creación de un nuevo tipo de relación entre los hombres. (...) Para el público, incluso para el público que supone ser marxista, el marxismo es sólo una crítica y un programa de lucha por el socialismo. Pero en realidad éstos son sólo partes del marxismo, y partes subordinadas a la concepción marxista del hombre, que es la esencia y el punto de partida del marxismo, lógica y cronológicamente”.

Una concepción humanista y no determinista de la historia

Peña se inscribe decididamente en la tradición marxista dialéctica, antipositivista y enemiga de la adoración fatalista de circunstancias más allá del alcance humano, se llamen éstas Dios, el Destino o las Leyes de la Historia. El rechazo de las religiones y su idea de que el destino humano está trazado por alguna Divina Providencia no requiere mayor explicación; en cambio, vale la pena considerar la polémica que entabla Peña contra el determinismo histórico tan habitual entonces en la izquierda: el marxismo, dice, “es profundamente optimista, porque cree que el hombre es capaz de forjar un destino cada vez más humano (...) esta sola característica basta para hacerlo enemigo irreductible de toda religión. Pero atención. El optimismo revolucionario no tiene nada que ver con el ‘progresivismo’ [que] cree que las contradicciones se resuelven por sí mismas a lo largo del tiempo. Así oculta al hombre su propio papel y anula el elemento humano activo, sin el cual no puede haber ningún progreso”. Por eso, continúa Peña, la confianza del marxismo en el porvenir “no es el optimismo ciego y complaciente del ‘progresivismo’. El marxismo sabe que la categoría del peligro es esencial, es parte integrante de todo proceso de avance y desarrollo de la humanidad. Y por lo tanto sabe que el término de ese proceso puede ser la catástrofe, y que las más grandes posibilidades de crear un mejor destino van incesantemente acompañadas por las más tremendas posibilidades de volver hacia atrás y anular todo futuro humano. Y el único que tiene la llave de cambios para indicar el camino que se tomará es el hombre, sólo [su] voluntad consciente y activa (...)”. Este pasaje recoge la mejor tradición de Rosa Luxemburgo y su crítica al positivismo de la socialdemocracia alemana. Al respecto, nos permitimos remitir al artículo de Michel Löwy publicado en SoB Nº 7, “La significación metodológica de Socialismo o Barbarie”.

Alienación y libertad en Marx

La matriz de la interpretación del marxismo en Peña es, entonces, indiscutiblemente humanista, opuesta a la tradición economicista y determinista de las corrientes estalinistas (cuyo peso en 1958 era enormemente mayor que en la actualidad, lo que resalta la audacia de Peña). Y esta preocupación por poner al hombre en el centro de la reflexión se revela en el lugar que le asigna Peña a la teoría de la alienación, por entonces casi desconocida por los lectores de habla hispana debido a la inexistencia de traducción del trabajo más conocido de Marx sobre el tema, los Manuscritos de 1844 (puede consultarse nuestro comentario sobre parte de esos textos en “Trabajo y alienación”, en SoB Nº 5).

Para Peña, el marxismo “afirma que el sufrimiento y la explotación del ser humano existen porque todavía no es plenamente humano, porque se ha alienado, y sólo dejarán de existir cuando el hombre sea plenamente hombre y se desaliene. Por eso habla (...) del rescate del hombre, del reencuentro del hombre con sus nuevas cualidades. Alienación y desalienación (...) sintetizan los dos conceptos fundamentales del marxismo, la esencia, el corazón del pensamiento marxista. Alienación quiere decir que el hombre está dominado por cosas que él creó (...) En tres realidades, trabajo, producción de necesidades nuevas y familia, están dados todos los elementos que originan la alienación del hombre. (...) La alienación se revela en que los productos del trabajo del hombre cobran existencia independiente (...) las relaciones sociales entre los hombres aparecen como cosas que escapan a su control y parecen regirse por leyes propias, casi ‘naturales’; [en que] el producto del trabajo de una parte de la humanidad se transforma en poder de la otra parte de la humanidad; [en que] el hombre ya no existe como hombre sino como obrero o tendero, como intelectual o picapedrero, como parte de hombre, nunca como totalidad humana; [en que] el hombre mismo se convierte en cosa, en instrumento que otros hombres utilizan para sus propios fines, y en fin, en que el trabajo mismo también se separa del hombre y se convierte en cosa. Ya no es la realización de la capacidad creadora sino un instrumento para satisfacer necesidades. (...) Desalienación quiere decir que el hombre ponga bajo su control esas cosas que le oprimen y que son partes de sí mismo, fruto de su trabajo”.

El interés por esta problemática era escaso en la izquierda en general y nulo en el estalinismo y la socialdemocracia. De ahí que Peña hable de vulgarización y simplificación del marxismo, lo que condujo a su desnaturalización, a ser reducido a “una simple interpretación económica de la historia” o a un “programa de mejoras para la clase obrera”. E insiste en su cuestionamiento a “los aparatos burocráticos (...) que adoptaron el marxismo como un instrumento para la justificación de su política”, y que de este modo “ayudaron, con todo su poderío material, a mantener las nociones vulgares del marxismo y a ocultar su esencia, esto es, la lucha contra la alienación, la lucha para desarrollar al hombre”.

Contra todas las corrientes del marxismo (las burocráticas en primer lugar, pero también el estructuralismo de Althusser y el positivismo de Della Volpe, por ejemplo), Peña rebate la extendida idea de que la alienación es una preocupación temprana, “filosófica”, del joven Marx, sin mayor influencia en su obra ulterior (que, para Althusser, se había escrito incluso contra esas concepciones iniciales). Por el contrario, Peña es taxativo: “sin comprender la teoría de la alienación no puede entenderse el pensamiento económico de Marx, porque todo El capital no es más que un desenmascaramiento de la alienación humana, tal cual ella aparece escondida en las categorías y leyes económicas de la sociedad capitalista (...) La teoría de la alienación no es una cosa de la juventud de Marx, que haya sido después dejada de lado. La teoría de la alienación impregna todo el pensamiento de Marx en todos sus momentos (...) Es en El capital donde encontramos a cada paso la crítica a la alienación y el impulso hacia la desalienación del hombre, que es el motor del pensamiento marxista”. La afirmación parece temeraria, pero el repaso que en sustento de esta tesis hace Peña de las obras de madurez de Marx, y especialmente de El capital, se encuentra entre las páginas más brillantes y reveladoras de todo el curso, y merecen ser trabajadas con atención.

Una afirmación de Marx de 1842, “la libertad es la esencia del hombre”, rescatada por Henri Lefebvre, es a su vez levantada por Peña como bandera de una concepción del marxismo ajena a todo economicismo unilateral. Haciendo un impecable resumen de textos de Marx, Engels y Lenin sobre el tema (también aquí el trabajo del autor con las citas es realmente extraordinario), concluye Peña en que “los clásicos marxistas insisten decisivamente en que la libertad del hombre es la aspiración fundamental del marxismo. El marxismo quiere hombres plenamente humanos, libres de fetiches opresores. Mejorar el nivel de vida es un paso absolutamente necesario, y el primer paso hacia esta liberación del hombre, pero sólo el primer paso” (este último resaltado es de Peña).

Por eso, Peña retoma su definición inicial del marxismo para destacar que los tres aspectos mencionados (la concepción del mundo, la crítica a la sociedad y el programa de lucha para transformarla) tienen como “objetivo único y decisivo (...) la lucha para desalienar al hombre, la aspiración a rescatar para el hombre la plenitud humana. En el marxismo, todo lo demás son sólo medios para este fin. El desarrollo material de las fuerzas productivas (...) la liquidación del capitalismo (...) el ascenso de la clase obrera al poder (...) es fundamental y está muy bien (...) Pero, para el marxismo, ésos son medios y nada más. Porque lo que el marxismo quiere –y esto es su esencia- es un nuevo tipo de relaciones entre los hombres, en las que los hombres no estén dominados por cosas ni fetiches, en las que el hombre sea el amo absoluto de sus facultades y productos, y no esclavo de la mercancía y el dinero, de la propiedad y el capital, del Estado y la división del trabajo”.

Esta extraordinaria invocación, décadas antes del colapso de las sociedades mal llamadas “socialistas”, muestra hasta qué punto el marxismo gozaba de parámetros para juzgar si la URSS, China, el Este europeo, etc., cumplían, o al menos se acercaban a cumplir, el “objetivo único y decisivo” de crear en verdad un nuevo tipo de sociedad humana. El estrepitoso derrumbe de las variantes burocráticas del “socialismo” es a la vez la expresión cabal del fracaso del tipo de marxismo sobre el cual pretendían apoyarse. Tanto ese socialismo como ese marxismo no podían estar más alejados de las intenciones de Marx, y eso es lo que las palabras de Peña nos vienen a recordar.

El materialismo

Pocos aspectos de la teoría marxista han sido tan mal o poco comprendidos –incluso bárbaramente tergiversados- como el materialismo. Una vez más, Peña se ve obligado a recurrir a un prolijo, casi filológico examen de los textos clásicos del marxismo para desacreditar las versiones más vulgares y empobrecedoras del materialismo, a cargo, otra vez, del estalinismo, pero que se ha extendido mucho más allá de sus fronteras.

La cita de Lenin elegida por Peña como virtual acápite de este pasaje (“el materialismo inteligente se halla más cerca del idealismo inteligente que del materialismo necio”) oficia en cierto modo de resumen de la crítica de Peña al dogmatismo de manual. Empezando por el concepto de materia, que es despojado de toda connotación metafísica y de toda oposición abstracta con el mundo humano: “la materia que toma como base el marxismo no es la materia física o la naturaleza mecánica, ni una materia general carente de cualidades. La materia de la que parte el marxismo es el conjunto de las relaciones sociales que presuponen, ciertamente, una naturaleza mecánica y, sobre todo, fisiológica, pero que no coinciden, ni mucho menos, con ella. La materia de que toma su nombre el materialismo histórico no es ni más ni menos que la relación de unos hombres con otros y con la naturaleza (Bloch). El materialista vulgar, dice Marx, no ve que ‘el mundo sensible que lo rodea... es un producto histórico (...) Aún los objetos de la certidumbre sensible más inmediata le son dados... gracias al desarrollo de la sociedad, de la industria y del comercio’ (...) El materialismo vulgar –que es lo que los estalinistas pretenden hacer pasar por marxismo-, cae en la metafísica de la materia, y aun de la materia mecánica, no de la materia constituida por las relaciones sociales y la actividad del hombre (...) considera a la materia como una cosa perennemente aislada del sujeto, siempre condicionando al hombre y nunca condicionada por el hombre”

En el mismo sentido, Peña había ya enfilado sus cañones contra la supuesta “ortodoxia” al recalcar que “el marxismo no es simplemente materialismo (...) El marxismo niega que el hombre sea, así sin más, producto directo de las circunstancias y del medio. El marxismo reivindica la autonomía creadora del hombre. Tanto la burocracia de los partidos socialdemócratas como la burocracia soviética practican esta reducción del materialismo a un materialismo de trocha angosta [que] reduce a la nada la iniciativa creadora del hombre y eleva a las nubes el conservadurismo de los aparatos burocráticos, caracterizados por su apego y sumisión rastrera a las circunstancias, rechazando la lucha por modificarlas”.

Y la diferencia entre este materialismo tosco y vulgar y el marxismo es resumida como sigue: “la metafísica de la materia, la creencia en que la materia tiene una independencia absoluta respecto del sujeto que conoce –que la transforma- tiene un origen religioso, y es por eso que se lleva tan bien con el sentido común”. En efecto, el mundo, según la religión, ya fue encontrado por los hombres como algo acabado e inmodificable. El marxismo, en cambio, sin dejar de reconocer, por supuesto, que el mundo físico tiene una existencia previa al mundo humano, plantea un decisivo cambio de acento: “desde que el hombre aparece sobre la Tierra, la materia deja de existir independientemente de la conciencia del hombre, porque desde el primer momento el hombre actúa en y sobre la materia, y la transforma. (...) Desde la aparición del sujeto, el objeto pierde su independencia, entra en permanente relación con el sujeto, y ambos sólo existen en función de y a través del otro, sin que ninguno pueda concebirse ‘independientemente’ del otro”.

Digamos que, más cerca en el tiempo, una crítica muy similar podemos encontrar, por ejemplo, en el filósofo argentino-mexicano Enrique Dussel. La refutación del materialismo vulgar, al que no llama, como Peña, “metafísico”, sino “cosmológico”, puede rastrearse en sus obras más recientes, por ejemplo, en La producción teórica de Marx (un comentario a los Grundrisse), México, Siglo XXI, 1998, páginas 35-37.

En el mismo sentido se orienta la crítica a la teoría de que la conciencia “refleja” la realidad, cuyas credenciales marxistas tienen su origen en un muy discutible trabajo de Lenin de 1908, Materialismo y empiriocriticismo. Nuevamente, Peña se apoya en las mejores elaboraciones de su tiempo: “Lefebvre ha afirmado recientemente que nada es más contrario a la dialéctica marxista que colocar lo real de un lado y del otro su reflejo en la cabeza de los hombres. Tiene completa razón. Porque el marxismo pone el énfasis no en la llamada realidad, en las cosas que están fuera del hombre, sino en la actividad creadora del hombre que conoce, transforma y crea esa realidad y esas cosas exteriores (...) Para los aparatos, ser materialistas es adaptarse a las condiciones exteriores (...) [Pero] el hombre no se limita a tomar fotografías de la realidad; el hombre construye la realidad. Por eso, mejor que ‘reflejo’ –que sugiere una recepción pasiva- hay que hablar de interacción, de relación, de proyección del objeto en el sujeto, y del sujeto en el objeto”.

En relación con la tan vapuleada cuestión de la conciencia (cuyo rol ha sido tan a menudo desdibujado en aras del poder omnímodo de las “condiciones objetivas”), Peña no duda en defender su importancia contra la vulgata: “El marxismo afirma que la conciencia no puede explicarse a sí misma (...) no existe en el aire, sino que tiene sus raíces en la tierra. Pero atención: de ningún modo puede reducirse la conciencia a un mero reflejo del medio. El idealismo coloca a la conciencia entre las nubes (...) El materialismo vulgar, por el contrario, la reduce a nada y le quita toda autonomía, considerándola como una mera secreción cerebral, como una especie de caspa que sale en forma de ideas que no hacen más que reflejar, como fotografías, el objeto exterior”.

Y concluye su exposición con una definición que suena como un martillazo: “El desprecio por la conciencia y por sus problemas es totalmente extraño al marxismo. La gran batalla del marxismo se libra precisamente en el terreno de la conciencia”.

La dialéctica

De entrada, el enfoque que propone Peña para estudiar este aspecto fundamental del pensamiento se diferencia de los tradicionales: “la dialéctica no se reduce en modo alguno a la serie de leyes que los manualitos presentan como dialéctica: la transformación de la cantidad en calidad, la unidad de los contrarios, etc. Estas son sólo algunas partes de la dialéctica, que es la lógica, y nada más que partes. Ponerlas separadas del conjunto, como recetas a aplicar a la realidad, es lo más antidialéctico que pueda concebirse. Recién entramos en el terreno de la dialéctica cuando nos esforzamos por comprender cuándo, cómo, dónde y en qué condiciones una cantidad se transforma en calidad, o un polo en su opuesto. Es decir, sólo entramos en el terreno de la dialéctica cuando nos esforzamos por captar la realidad viva, en su totalidad, con su movimiento, sus contradicciones y sus mutaciones”.

La definición inicial sorprende tanto por su sencillez como por su originalidad, que revelan una profunda comprensión de Hegel y Marx. Según Peña, “la dialéctica es un enfoque que trata de captar la realidad exactamente como es y a la vez como debe ser, de acuerdo a lo que ella misma contiene en potencia. La dialéctica significa conocer las cosas concretamente, con todas sus características, y no como entes abstractos, vacíos, reducidos a una o dos características. Por eso la dialéctica significa ver las cosas en movimiento, es decir, como procesos; por eso la dialéctica descubre y estudia la contradicción que hay en el seno de toda unidad, y la unidad a la que tiende toda contradicción. El pensamiento formal común, que tiene su coronación en la lógica formal, tiende a despojar a la realidad de su inmensa riqueza de contenido, de su infinita complejidad, y reduce todo a esquemas y fórmulas vacías de contenido. (...) Al contrario, penetrar a fondo en la realidad, captarla tal cual es en su complejidad (...) eso es dialéctica”.

La diferencia entre el enfoque formal y el dialéctico se basa en la operación de separación que lleva a cabo el primero, que, abrumado por la riqueza y complejidad de la realidad, abstrae, separa sus componentes, haciéndoles perder su unidad primigenia en la que se revelan las tendencias de su movimiento. Es esta reunificación de los diversos planos y contenidos de la realidad la que caracteriza al pensamiento dialéctico.

Resulta instructivo el resumen de Peña de la evolución del pensamiento; ésta comienza con el hombre primitivo, el cual “no entiende cosas aisladas, ve situaciones, conjuntos, totalidades, del mismo modo que los niños pequeños no entienden letras pero sí palabras, es decir, conjuntos concretos dotados de sentido. Pero cuando la humanidad empezó a dominar la naturaleza y a conocerla mejor, pudo y debió crearse una formidable herramienta intelectual, que es el concepto abstracto. El hombre pudo dejar de ver las cosas en su totalidad; pudo descomponerla en partes, pudo analizarlas, pudo hacer abstracción. (...) Así avanzaron las ciencias naturales. La lógica formal (...) fue un formidable paso adelante... pero a la vez un formidable paso atrás [porque] perdió para muchos siglos esa riqueza que caracterizaba el pensamiento del primitivo, esa frescura de la capacidad para aprehender la realidad como es, como un todo complejo y cambiante (...) La dialéctica recupera para el pensamiento moderno esa riqueza de contenido, esa creación, esa frescura, pero le incorpora el rigor, la precisión, la exactitud que han aportado siglos de pensamiento abstracto y lógica formal (...) ‘La verdad está en la totalidad’, dice Hegel. Es decir: la idea verdadera es superación de verdades limitadas y parciales, que se transforman en errores al considerarlas inmóviles. Sólo la captación de la totalidad, donde se unen lo idéntico y lo distinto, lo uno y lo múltiple, es decir, la captación de lo concreto, sólo eso nos muestra la verdad (...) Y ésta es la genial aportación de Hegel al pensamiento humano”.

Porque, en efecto, captar la contradicción dentro de la unidad no es otra cosa que captar las vicisitudes de lo que está vivo. Sólo lo muerto no cambia. Como dice Hegel, ‘la fuerza de la vida consiste en llevar dentro de sí la contradicción, soportarla y superarla’. Es esto mismo lo que conduce a Peña a definir la filosofía marxista y el marxismo como una totalidad abierta, siguiendo a Gramsci y a Labriola: “Es totalidad porque es una filosofía que abarca el conjunto de los problemas, no es parcial o fragmentaria sino total. Una filosofía que no es un conjunto de teorías dispersas, sino un todo sistemático, con una estructura y una organización interna. Por esto el marxismo es una totalidad. Pero es una totalidad abierta, porque no es un sistema cerrado, que pretende estar terminado, listo para la eternidad y para ser aprendido de memoria. Al contrario, el marxismo reclama el aporte continuo de nuevos datos, que se articulan con los ya existentes (...) Para comprender mejor qué es esto de una totalidad abierta, no hay más que observar lo que es un ser vivo. Un ser vivo es una totalidad con una estructura, pero es una totalidad en movimiento, que continuamente incorpora nuevos elementos, que tiene conflictos, que se modifica pero que sigue siendo esencialmente el mismo. Esto es también el marxismo: una totalidad abierta, que se enriquece con cada nuevo avance del conocimiento humano”.

Dejamos aclarado que aquí nos hemos referido sólo a algunos de los problemas relacionados con el marxismo que trata Peña. Para desesperación del lector, mencionaremos algunos de los que no hemos podido reseñar: la teoría de las clases sociales (que revela un notable conocimiento de la sociología moderna), las relaciones entre marxismo y ciencia, la concepción marxista de las ideologías, más discusiones concernientes al economicismo y a la fórmula estructura/superestructura, comentarios de las Tesis sobre Feuerbach y el concepto de praxis e, incluso, unas valiosísimas indicaciones a un grupo de estudio de la Historia de la Revolución Rusa de Trotsky que muestran un abordaje a la pedagogía y un criterio metodológico para el estudio dignos del mejor marxismo. Próximamente intentaremos hacer justicia a ese material. Mientras tanto, esperamos haber despertado el interés por conocer ésta y otras obras de este marxista argentino.

Introducción al pensamiento de Marx

Milcíades Peña *

Primera parte

(El proceso de aprendizaje)

El marxismo rechaza la concepción tradicional de la enseñanza como un proceso en que una persona activa enseña y muchas personas pasivas aprenden. Esta concepción –que se basa en la división entre teoría y práctica, entre el trabajo intelectual y el trabajo manual- debe ser reemplazada por la enseñanza como un proceso creador en que todo el grupo, donde se enseña y se aprende, trabaja activamente, confrontando sus conocimientos e ideas, y que a través de esta confrontación logra impartir el nuevo conocimiento al que aprende y logra profundizar el conocimiento del que enseña.

Dice Hegel a sus estudiantes: "lo primero que hay que aprender aquí es a estar de pie". Es decir, en tensión, alertas, y en actividad, en actitud creadora. "Si el aprender se limitara simplemente a recibir, no daría mucho mejor resultado que escribir en el agua". El que estudia algo debe recrear ese algo dentro de sí mismo. No es cuestión de recibir algunas nociones de marxismo. Lo que hay que hacer es investigar el marxismo, enfrentarlo, penetrar intensamente en la materia que se quiere aprender y dejar que esa materia penetre profundamente en el intelecto y en la emoción del que aprende. Si no, no hay aprendizaje posible.

Sólo se aprende a través de la investigación. De modo que nuestra tarea será investigar juntos el marxismo; juntos tendremos que descubrir y redescubrir el marxismo, empezando por su esencia, que es lo más difícil de captar, y huyendo como de la peste de las vulgarizaciones y simplificaciones al estilo de los manuales como el llamado Principios de Filosofía de Politzer, que se parecen tanto al marxismo como una hoja seca a una rosa recién cortada.

(El proceso del conocimiento)

Hay algunas fórmulas básicas y elementales del marxismo, tales como la lucha de clases, la importancia de la estructura económica de la sociedad, el materialismo, etc., que han sido las más popularizadas por los divulgadores del marxismo que han escrito manuales para uso de las grandes masas. Esas fórmulas, que no son nada más que elementos del pensamiento marxista, parecen ofrecer a primera vista explicaciones maravillosamente simples y terminantes para los problemas más complejos. Y claro, las mentalidades semi-intelectualizadas se aferran con uñas y dientes a esas fórmulas, que les permiten explicarse todos los problemas – es decir, ellos creen que los explican- sin ningún esfuerzo mental. Desgraciadamente, al movimiento revolucionario, y sobre todo a los grandes movimientos de masas y a los grandes aparatos burocráticos encaramados sobre la clase obrera, se acercan infinidad de semi-intelectuales, de obreros y sobre todo de pequeños burgueses semi-intelectualizados, que toman el marxismo como un aparato que ahorra el trabajo de pensar y que da respuesta a todos los problemas. Para esa gente el marxismo es una especie de vitrola tragamonedas: se aprieta un botón y sale una respuesta para el problema que se quiere resolver.

Pues bien: el marxismo no es eso, y eso es la negación del marxismo. El marxismo exige un serio e intenso esfuerzo del pensamiento. Decía Labriola: "los doctrinarios, los que tienen necesidad de ídolos del espíritu, los hacedores de sistemas buenos para la eternidad, los compiladores de manuales y enciclopedias, buscarán a tontas y a locas en el marxismo lo que él no ha querido ofrecer jamás a nadie. Ven en pensamiento y en saber algo que existe materialmente, pero no entienden el saber y el pensamiento como actividades que son in fieri", que constantemente se están haciendo.

El pensamiento vulgar, dice Hegel, cree que lo verdadero y lo falso son entidades inmóviles, cosas con existencia propia, una de las cuales se alza del lado de allá y la otra del lado de acá, cada una de ellas aislada y fija, sin contacto con la otra. Este es también el modo de pensar del marxismo vulgar, del marxismo de los burócratas, que quieren convertir el pensamiento marxista en un diccionario donde está clasificado todo lo que es verdadero y todo lo que es falso, todo lo que hay que conocer y todo lo que no hay que conocer. Frente a esto, el pensamiento dialéctico, el auténtico pensamiento marxista, afirma con Hegel que "la verdad no es una moneda acuñada que pueda darse o recibirse sin más".

La verdad se alcanza por el esfuerzo militante del pensamiento, y se alcanza a través del error, de la permanente confrontación de verdad y error. El marxismo no es una moneda acuñada que se toma y se da. El marxismo es pensamiento vivo y viviente, que está en permanente confrontación con la realidad y consigo mismo, afirmándose y negándose a sí mismo a cada instante, para poder afirmarse nuevamente en un nivel superior.

El marxismo es implacable consigo mismo, porque está contra los mitos y la falsedad, contra la mistificación. El marxismo quiere sacar los disfraces, imponer la claridad. Dice Lukács: para el proletariado la verdad es el arma de la victoria, tanto más cuanto que es la verdad sin subterfugios.

Todo esto que hemos afirmado quiere decir que debemos tener en cuenta lo siguiente: aquí no vamos a recibir el marxismo en píldoras. Aquí vamos a conocer las líneas fundamentales del marxismo para investigarlo después cada uno con su pensamiento.

Tengamos en cuenta además que este salón, este grupo de gente que constituimos nosotros, constituye un sistema social, y refleja a la sociedad en que vivimos. La sociedad, sus diferencias de clase, sus desgarramientos materiales e ideológicos, están ya aquí, en este grupo, dentro de nosotros, en los conocimientos, los hábitos, la personalidad que cada uno trae ya cuando cruza esa puerta. Y la sociedad está también en este pequeño sistema social que constituye nuestro grupo porque desde este momento en que nos hemos reunido para estudiar juntos el marxismo todos estamos asumiendo roles respecto a cada uno de los demás: estamos teniendo e iremos teniendo diferencias y agrupamientos, simpatías y antipatías, prestigios y falta de prestigios. Es decir, que todas las categorías de la sociedad y los conflictos existentes en la sociedad están ya en nuestro grupo, como en todo grupo de trabajo. Y nosotros, a diferencia de lo que ocurre con la enseñanza tradicional, que finge ignorar estos problemas, tenemos que ser conscientes de ellos y hacerlos explícitos, y aprovechar las tensiones y conflictos que surgen para hacer más penetrante y más profundo nuestro estudio del marxismo.

(Esquema del curso: concreto, abstracto, concreto)

Entiendo que el objetivo que nos proponemos –es decir, tomar los hilos conductores fundamentales del pensamiento marxista que permitirán después una investigación personal del marxismo por parte de cada uno- podemos alcanzarlo en ocho reuniones básicas. En la primera, vale decir, hoy, trataremos de responder a esta pregunta: ¿qué es y qué quiere el marxismo? Esta es la gran pregunta con la cual debe iniciarse y con la cual debe terminar todo estudio de marxismo. Dentro de unos momentos vamos a enfrentar esta pregunta. Y en nuestra última reunión vamos a discutir de nuevo acerca de "qué es y qué quiere el marxismo", pero en un nivel superior, más rico en contenido.

Es decir, vamos a ir de un enfoque sintético y concreto del marxismo, que haremos hoy, a un enfoque analítico y abstracto –o sea, tomando no la totalidad sino elementos aislados- que haremos en próximas reuniones. Y finalmente volveremos a realizar un enfoque sintético y concreto, pero mucho más concreto que el que haremos hoy, porque entonces tendremos a nuestra disposición un contenido más rico, tendremos el conocimiento conceptual y el conocimiento interpersonal que iremos obteniendo en nuestras sucesivas reuniones.

El orden de los problemas que estudiaremos en las próximas reuniones está dado por la siguiente consideración: existen tres categorías –es decir, tres puntos de vista para estudiar la realidad- que son básicos para comprender el marxismo. Estas categorías son la naturaleza, el trabajo y la sociedad.

La naturaleza es la realidad fundamental de donde proviene la vida en general, la vida del hombre en particular y los elementos básicos para perpetuar la vida del hombre.
La sociedad es la realidad propiamente humana, inseparable del hombre, porque jamás ha existido el hombre como individuo aislado, y al decir hombre decimos implícitamente sociedad.
Y el trabajo es la actividad creadora mediante la cual el hombre, es decir la sociedad, actúa sobre la naturaleza y modifica al hombre mismo y a la sociedad.

Pues bien, la concepción de las relaciones entre sociedad, naturaleza y trabajo es el abecé de la filosofía marxista, y a eso nos dedicaremos en la próxima reunión.

La concepción marxista de la relación entre trabajo y sociedad, y de la relación de la sociedad consigo misma, es el tema que podemos denominar sociología marxista, y la veremos en la tercera reunión.

El problema de la evolución de la sociedad en el tiempo es el tema de la concepción marxista de la historia, y lo veremos en la cuarta reunión.

Ahora bien, de esta crítica de la sociedad se desprendió un pronóstico marxista sobre la evolución del capitalismo y sobre la nueva sociedad que nacería de la sociedad capitalista. Y se desprendió también una política marxista tendiente a destruir la sociedad capitalista. El problema del pronóstico marxista, es decir, la teoría del socialismo, lo veremos en la sexta reunión; el problema de la política marxista, en la séptima reunión.

Y finalmente, en la última reunión, veremos cuáles son los problemas actuales, los nuevos problemas y los nuevos enfoques para los viejos problemas con que se enfrenta hoy en día el marxismo. Y así responderemos nuevamente, pero disponiendo de nuevos elementos, a la pregunta que vamos a enfrentar por primera vez ahora mismo:

¿Qué es y qué quiere el marxismo?

El marxismo es: 1) una concepción general y total del hombre y del universo; 2) es, en función de esa concepción del mundo, una crítica de la sociedad en que nació el marxismo, es decir, la sociedad capitalista, y 3) en función de esa crítica y como resultado de ella, es una política, es un programa de acción para la transformación revolucionaria de la sociedad, para la creación de un nuevo tipo de relación entre los hombres.

En general, para el público, incluso para el público que supone ser marxista, el marxismo es sólo una crítica de la sociedad capitalista y un programa de lucha por el socialismo. Pero en realidad estas son sólo partes del marxismo, y partes subordinadas a la concepción marxista del hombre, que es la esencia y el punto de partida del marxismo, lógica y cronológicamente. Por eso, para responder a la pregunta de qué es el marxismo y qué quiere hay que comenzar, imprescindiblemente, por la parte esencial y menos conocida –más oculta, podría decirse- del marxismo, que es la concepción marxista del hombre.

El marxismo afirma que nada hay en la tierra y sus alrededores superior al hombre mismo. El único creador que el marxismo reconoce es el hombre, que con su trabajo crea un mundo nuevo y modifica a la naturaleza y se modifica a sí mismo. El marxismo rechaza el concepto de Dios y de cualquier fuerza extrahumana o sobrehumana, situada por encima del hombre y que domine al hombre, se la llame Dios, Historia, Destino o Espíritu Santo. "La historia", dice Marx, "no hace nada, ‘no posee una riqueza inmensa’, ‘no libra combates’. Ante todo es el hombre, el hombre real y vivo, quien hace todo eso y libra combates; estemos seguros de que no es la historia la que se sirve del hombre como un medio para realizar (...) sus fines; no es más que la ctividad del hombre que persigue sus objetivos" (La Sagrada Familia). El hombre es el autor y el actor de su historia. Y en otra parte señala Marx: "toda la pretendida historia del mundo no es otra cosa que la producción del hombre por el trabajo humano, y por consiguiente el devenir de la naturaleza por obra del hombre" (Manuscritos económico-filosóficos, Tercer Manuscrito, traducción de MP) (Nota de MP).

Para el marxismo, todo el poder que las religiones atribuyen a los dioses no es más que poder humano que el hombre, por diversas circunstancias, ha proyectado fuera de sí mismo y las atribuye a seres o cosas existentes fuera de él. El marxismo quiere reivindicar para el hombre, como propiedad del hombre, "los tesoros que han sido dilapidados en el cielo" (Hegel) (Nota de MP).

El marxismo cree que el paraíso y el infierno no están fuera del mundo, en el más allá, sino aquí, en la tierra. Y que el creador y el amo del paraíso y del infierno es el hombre, que los crea con su trabajo. El marxismo niega el más allá y, en consecuencia, afirma la capacidad creadora de este mundo. El marxismo niega una vida mejor en el cielo y por lo tanto afirma lo siguiente: la vida debe y tiene que mejorar en la tierra. El futuro mejor, que es para las religiones el objeto de fe ociosa en lo que vendrá después de la muerte, se transforma con el marxismo en el objeto del deber, de la actividad humana (Nota de MP).

El marxismo no cree que la historia se detendrá un día, que vendrá un diluvio y luego la humanidad se precipitará en un infierno eternamente lleno de torturas o en un paraíso donde no habrá problemas de ninguna naturaleza. El marxismo cree que siempre habrá problemas, luchas y conflictos. Pero es profundamente optimista, porque cree que el hombre es capaz de forjar un destino cada vez más humano; es decir, un destino en el que el hombre no explote a otro hombre, en el que el hombre pueda aplicar el grueso de su capacidad creadora no a luchar contra otros hombres para comer y vestirse, sino crear una vida más llena de confort y belleza, de solidaridad y libertad, es decir, una vida más propiamente humana. Es decir, que ese futuro venturoso que las religiones ponen en el cielo y para después de la muerte, el marxismo lo pone en el "más acá" y sobre la tierra, no como producto de la muerte sino como producto de la vida creadora del hombre.

Es decir que el marxismo es profundamente optimista, y esta sola característica basta para hacerlo irreductiblemente enemigo de toda religión. Pero atención. El optimismo revolucionario del marxismo no tiene nada que ver con el "progresivismo". El "progresivismo" cree que las contradicciones se resuelven por sí mismas a lo largo del tiempo. Así, oculta al hombre su propio papel y anula el elemento humano activo, sin el cual no puede haber ningún progreso (Lukács). La confianza en el ilimitado progreso del "campo de la URSS y del socialismo", por ejemplo, es la réplica pseudo marxista de la confianza que tenían los liberales spencerianos del siglo pasado en la paz perpetua y el mundo de fraternidad librecambista que se alcanzaría con el comercio universal. El marxismo tiene optimismo y confía en el porvenir. Pero su optimismo no es el optimismo ciego y complaciente del "progresivismo". El marxismo sabe que la categoría de peligro es esencial, es parte integrante y fundamental de todo proceso de avance y desarrollo, y también del proceso de desarrollo de la humanidad. Y por lo tanto sabe que el término de ese proceso puede ser la catástrofe, y que las más grandes posibilidades de crear un mejor destino humano van incesantemente acompañadas por las más tremendas posibilidades de volver hacia atrás y anular todo destino humano. Y el único que tiene la llave de cambios para indicar el camino que se tomará es el hombre. Sólo la voluntad activa y consciente del hombre decidirá. Por ejemplo, si construiremos un nuevo mundo con el átomo o si semi-destruiremos al mundo también con el átomo.

(La alienación)

Las religiones creen que los sufrimientos del hombre, la explotación del ser humano por otro ser humano, existen porque el hombre es hombre, y sólo pueden dejar de existir cuando el hombre muere. Por eso hablan de la salvación del hombre post mortem, en el más allá. El marxismo, al contrario, afirma que el sufrimiento humano y la explotación del ser humano existen porque el hombre todavía no es plenamente humano, porque se ha alienado, y sólo dejarán de existir cuando el hombre sea plenamente hombre y se desaliene. Por eso no habla de salvaciones en el más allá sino del rescate del hombre, del reencuentro del hombre con sus nuevas cualidades.
Hemos utilizado las palabras alienación y desalienación. Estas dos palabras sintetizan los dos conceptos fundamentales del marxismo. El concepto de alienación y de la lucha por la desalienación son la esencia, el corazón del pensamiento marxista.

Alienación quiere decir que el hombre está dominado por cosas que él creó. Alienación quiere decir que el hombre ha proyectado partes de sí mismo, las ha transformado en cosas, y que esas cosas dominan al hombre. Alienación es eso que Heine describía en Inglaterra, "donde las máquinas se comportan como seres humanos y los hombres como máquinas". "La acción conjunta de los individuos –dice Marx- va creando mil fuerzas productivas. Pero una vez creadas, estas fuerzas dejan de pertenecer a los que la crean, se les vuelven hostiles y los tiranizan". "Así como en las religiones el hombre está dominado por las criaturas de su propio cerebro, en la producción capitalista lo vemos dominado por los productos de su propio brazo (El capital, I). Los precios de las mercancías "cambian constantemente, sin que en ello intervengan la voluntad y el conocimiento previo ni los actos de las personas entre quienes se realiza el cambio. Su propio movimiento social cobra a sus ojos la forma de un movimiento de cosas bajo cuyo control están, en vez de ser ellos quienes lo controlen (El capital, I) (Nota de MP).

Desalienación quiere decir que el hombre ponga bajo su control esas cosas que le oprimen y que son partes de sí mismo, productos de su trabajo. Desalienación quiere decir que, al dominar esas partes de sí mismo que se han convertido en cosas que hoy lo oprimen, el hombre se reencuentre consigo mismo, se rescate a sí mismo.

¿Cómo se produce la alienación del hombre? Desde que existe, el hombre está ligado a tres realidades que se vinculan intensamente entre sí. Ellas son el trabajo, la reproducción de necesidades nuevas y la familia.

El trabajo es la suma de todos los esfuerzos, ante todo prácticos, y después también teóricos, que el hombre tiene que realizar para poder sostener su vida en general. La producción de necesidades nuevas es producto del trabajo realizado para satisfacer las necesidades primarias, porque para satisfacer una necesidad el hombre crea un instrumento, y esto a su vez origina una nueva necesidad, y así hasta el infinito. Pero los hombres no sólo trabajan para satisfacer sus necesidades elementales, no sólo se crean nuevas necesidades, sino que también hacen otros hombres, es decir, se reproducen. Se entra así en la relación entre hombre y mujer, padres e hijos, es decir, la familia.

Pues bien: en estas tres realidades, trabajo, producción de necesidades nuevas y producción de hombres o familia, están dados todos los elementos que originan la alienación del hombre a lo largo de la historia hasta nuestros días.

Por el trabajo nacen objetos, que poseen una especie de existencia independiente respecto de su creador, que es el hombre. En las sociedades primitivas, donde el productor consumen sus propios productos, esta independencia del objeto se agota rápidamente en el momento en que su creador lo consume. Pero cuando comienza la producción de mercancías, sobre todo en la sociedad capitalista, los objetos, convertidos en mercancías, escapan al control del productor –que ya no los consume él mismo- y adquieren independencia, dominando al hombre a través de la ley del valor, del dinero, del precio y demás categorías y leyes económicas.

Por otra parte, tanto la producción de objetos como la producción de otros hombres sólo pueden hacerse por la cooperación de distintos individuos. De esta cooperación surge una maraña de relaciones sociales y de instituciones que van aumentando en extensión y complejidad y terminan por dominar al hombre, apareciéndosele como cosas tan naturales y alejadas de su control como los astros o los otros planetas.

Además, ya en la producción de otros hombres existe una situación que cada vez se desarrolla más a medida que progresa el dominio de la humanidad sobre la naturaleza. Se trata de la división del trabajo. Hombre y mujer tienen distintas funciones en el trabajo de la reproducción, y esta es la primera división del trabajo que conoce el hombre. Pero después surgen nuevas divisiones. Surge la tremenda división entre el trabajo manual y el intelectual. Y surge la posibilidad –y luego la realidad- de que una parte de la humanidad se convierta en beneficiaria del trabajo de la otra parte. Surge la posibilidad para algunos hombres de apropiarse del producto del trabajo ajeno.

Y con la división del trabajo comienza el desarrollo unilateral del hombre. Desde el comienzo de la división del trabajo cada uno tiene una ubicación determinada y exclusiva, que le es impuesta y de la cual ya no puede salir. El hombre ya no es más primordialmente hombre; es ante todo obrero o campesino o burgués o artesano, y tiene que seguir siéndolo si no quiere perder sus medios de vida.

Y bien, la división del trabajo, el trabajo productivo y la producción de nuevas necesidades se desarrollan a través de la historia, y con ellas crecen los objetos producidos por el hombre pero que el hombre no domina. Se acentúa la unilateralidad del desarrollo de cada hombre. El hombre se aliena respecto de sus obras, de las cosas que él creó, es decir, se le aparecen como objetos extraños regidos por leyes propias que se le imponen pese a su voluntad. Y finalmente, al dividirse la sociedad en clases, el hombre se aliena respecto de sí mismo, y se produce la alienación entre el hombre y el hombre. Así como los productos de su trabajo le resultan cosas cuyo control se le escapa, el hombre comienza a utilizar a otros hombres como un medio o instrumento, como una cosa para la satisfacción de sus necesidades propias.

El hombre se convierte en una cosa, en mercancía que otros hombres compran para sus fines. Y todo lo que el hombre trabajador produce ya no sólo se le aparece como una cosa extraña que él no domina; ahora ese producto de su trabajo se convierte en un poder extraño, en el poder de otra clase, de otros hombres que se encuentran sobre él. Y desde entonces, al quedar alienado, el hombre queda alienado de su trabajo. Ya no sólo los productos de su trabajo aparecen ante el hombre como cosas y poderes extraños. Ahora es su propio trabajo el que le resulta algo extraño, externo. El hombre ya no trabaja porque trabajar es la esencia humana y sólo en el trabajo se realiza el hombre. Ahora el hombre alienado trabaja para vivir. El trabajo ya no es la condición y el supuesto superior de la vida, sino que es simplemente un medio, un instrumento, no para realizar la vida sino para satisfacer las necesidades biológicas más importantes. Este es el panorama general –muy a vuelo de pájaro- de lo que el marxismo llama la alienación del hombre, y que podemos resumir en unos pocos puntos. La alienación se revela en que:

- los productos del trabajo del hombre cobran existencia independiente; el mundo de las cosas creadas por el hombre se mueve independientemente de la voluntad humana;

- las relaciones sociales entre los hombres aparecen como cosas que escapan también al control del hombre y parecen regirse por leyes propias, casi "naturales";

- el producto del trabajo de una parte de la humanidad se transforma en poder de la otra parte de la humanidad;

- el hombre ya no existe como "hombre" sino como parte de hombre, como obrero o tendero, como intelectual o picapedrero, como parte de hombre, nunca como totalidad humana;

- el hombre mismo se convierte en cosa, en instrumento que otros hombres utilizan para sus propios fines,

- y, en fin, el trabajo mismo también se separa del hombre y se convierte en cosa. Ya no es la realización de la capacidad creadora del hombre sino un instrumento para satisfacer necesidades.

¿Y en qué consiste la alienación del trabajo? "Consiste ante todo –dice Marx- en que el trabajo es externo al obrero, es decir, no pertenece a su ser, y por tanto en su trabajo el obrero no se afirma, sino que se niega, se siente insatisfecho, infeliz, no desarrolla una libre energía física y espirituaal, sino que agota su cuerpo y destruye su espíritu. Por eso sólo fuera del trabajo el obrero se siente dueño de sí, y en cambio se siente fuera de sí en el trabajo. Está en su casa si no trabaja, y si trabaja no está en su casa. Por lo tanto su trabajo no es voluntario, sino obligado. Es un trabajo forzado. No es la satisfacción de una necesidad, sino tan sólo un medio para satisfacer necesidades extrañas. Tan extraño es el trabajo, tan poco pertenece al obrero, que apenas desaparece la coacción física o de otro orden, el trabajador escapa del trabajo como de la peste. El trabajo alienado es un trabajo de sacrificio de sí mismo, de mortificación... Ciertamente el trabajo produce para los ricos cosas maravillosas, pero para el obrero, deformaciones. Sustituye el trabajo por máquinas, pero arroja a una parte de los obreros a un trabajo bárbaro, y transforma a la otra parte en máquina. Produce cosas espirituales, pero para el obrero produce idiotismo y cretinismo" (Manuscritos..., traducción de MP).

Esto decía Marx en 1844. Pues bien, los mejores sociólogos norteamericanos están llegando en nuestros días, por vía empírica, a las mismas conclusiones, y ellos redescubren el problema de la alienación del hombre. Ely Chinoy, Automobile Workers and the American Dream [Los trabajadores automotrices y el Sueño Americano], New York, 1955; Charles Walker, The Man on the Assembly Line [El hombre de la línea de montaje], Massachussetts, 1952; C. Wright Mills, Las clases medias en Norte América, Madrid, 1957 (Nota de MP).

La película "La mujer del prójimo" –que debería llamarse "A sola firma sin anticipo, puesto que su título en inglés es "No down payment"- merece verse porque es una excelente y descarnada manifestación de la forma en que vive la clase media yanqui, y allí se ven claramente algunos aspectos esenciales de la alienación de un pequeño pueblo burgués contemporáneo en un país capitalista privilegiado.

(La concepción marxista de la libertad)

Proponiéndose llegar a las masas más atrasadas, y precisamente para poder llegar a las masas, el marxismo se vulgarizó, se simplificó. Y pagó un precio tremendo, porque se desnaturalizó y perdió su riqueza, y llegó a ser confundido con una simple interpretación económica de la historia, o con un programa de mejoras para la clase obrera. A eso quedó reducido.

Y luego, los aparatos burocráticos que se erigieron sobre la clase obrera y que adoptaron el marxismo como un instrumento para la justificación de su política, ayudaron con todo su poderío material a mantener las nociones vulgares del marxismo y a ocultar su esencia, esto es, la lucha contra la alienación, la lucha para desalienar al hombre. Claro, los aparatos burocráticos tienen que ocultar esto porque equivale a su propia liquidación. Si el marxismo fuera sólo luchas por mejoras económicas, o por la reorganización de la economía, los aparatos burocráticos no correrían ningún peligro, y hasta podrían presentarse como fieles ejecutores del marxismo. Pero si el marxismo es –y efectivamente eso es- lucha permanente contra la alienación, es decir, contra todas las potencias materiales y místicas que oprimen al hombre, entonces los aparatos burocráticos están absolutamente condenados, y no hay convivencia posible entre ellos y el marxismo.

Se explica así que en el llamado Diccionario filosófico marxista de M. Rosental y P. Iudin el concepto de alienación no aparezca en ningún modo, ni explícita ni implícitamente, ni directa ni indirectamente.

En un texto de 1842 Marx escribió que "la libertad es la esencia del hombre". Henri Lefebvre ha retomado esta cita olvidada y afirma con profunda razón que "el marxismo nace de una aspiración fundamental a la libertad, de una exigencia impaciente, de un deseo de florecimiento". Un crítico stalinista le reprocha que con esto quiere fundar al marxismo "no sobre el materialismo y la ciencia sino sobre una exigencia moral". En realidad, tiene razón Lefebvre: la concepción de la desalienación, de la liberación del hombre, es la esencia del marxismo.

En 1857, mientras prepara El capital, Marx escribe un trabajo sobre economía política que se publicó en Moscú en 1939. En ese trabajo, dice Marx que hasta ahora la historia ha registrado dos tipos de sociedad: uno en el cual existen relaciones personales de dependencia; otro, como en el capitalismo, en que existe la independencia personal basada en la dependencia material. La próxima etapa, el socialismo, será aquella, dice Marx, en que existirá "la individualidad libre, fundada sobre el desarrollo universal de los individuos y la subordinación a ellos de su producción social". Es decir, la misión de la sociedad socialista es inaugurar el reino de la individualidad humana libre sobre la tierra.

"El reflejo religioso del mundo real –dice Marx- sólo puede desaparecer por siempre cuando las condiciones de la vida diaria, laboriosa y activa, representen para los hombres relaciones claras y racionales, entre sí y respecto a la naturaleza. La forma del proceso social de vida, o lo que es lo mismo, el proceso material de producción, sólo se despojará de su halo místico cuando ese proceso sea obra de hombres libremente socializados y puesta bajo su mando de modo consciente y racional" (Marx, El capital, I, 1). Obsérvese: hombres libremente socializados.
Por su parte, Engels dice en el AntiDühring que, con el socialismo, "cesa la producción de mercancías y con ella el imperio tiránico del producto sobre el productor (...) Cesa la lucha por la existencia individual, y con ello puede decirse, en cierto sentido, que el hombre sale definitivamente del reino animal y se sobrepone a las condiciones animales de existencia, para someterse a condiciones de vida verdaderamente humanas. Las condiciones de vida que rodean al hombre y que hasta ahora le dominaban se colocan a partir de ese instante bajo su dominio y mando, y el hombre se convierte por primera vez en señor consciente y efectivo de la naturaleza, al convertirse en señor y dueño de los medios naturales socializados. Las leyes de su propia vida social, que hasta ahora se alzaban frente al hombre como poderes extraños, como leyes naturales que le sometían a su imperio, son aplicadas ahora por él con pleno conocimiento de causa y por tanto sometidas a su poderío. La asociación humana que hasta aquí se le imponía por decreto ciego de la naturaleza y de la historia es a partir de ahora obra suya. Por vez primera, éste comienza a trazarse su historia con plena consciencia de lo que hace. La humanidad salta del reino de la necesidad al reino de la libertad".

Y Lenin dice en El Estado y la revolución que "el gobierno de los hombres será sustituido por la administración de las cosas y por la dirección de los procesos de producción". Y en otro tramo: "El fin último que nos proponemos es la destrucción del Estado, esto es, de toda violencia sistemática y organizada, de toda violencia sobre los hombres en general... Al luchar por el socialismo estamos persuadidos de que desaparecerá toda necesidad de violencia sobre los hombres en general, de la subordinación de un hombre a otro, de una parte de la sociedad a otra".

Como se ve, los clásicos marxistas insisten decisivamente en que la libertad del hombre es la aspiración fundamental del marxismo. El marxismo quiere hombres plenamente humanos, hombres libres de cosas y fetiches opresores. Mejorar el nivel de vida es un paso absolutamente necesario, y el primer paso hacia esta liberación del hombre, pero sólo el primer paso.
El marxismo comprende que la producción de la vida material y la satisfacción de las necesidades es una actividad natural e indispensable. El comer, el beber y el procrear son funciones auténticamente humanas. Pero –dice Marx- en ellas no se revela lo que hay de específicamente humano en el hombre. Porque también el animal come y se reproduce. De modo que si la satisfacción material es separada del resto de la actividad humana, y se la convierte en propósito único y último, entonces esas funciones son propias del animal y no tienen en sí nada de humanas. Por eso, agrega Marx, mientras exista un régimen social en que para el hombre el comer, el beber y el reproducirse aparezcan como los propósitos exclusivos de sus deseos, el hombre será apenas superior al animal y estará verdaderamente lejos de alcanzar su verdadero estado humano.

"Un violento aumento de salarios –dice Marx- no sería otra cosa que una mejor remuneración de los esclavos, y no elevaría al obrero ni al trabajo a su función humana y a su dignidad" (Manuscritos). Esto, en 1844. En El capital, Marx dice que "a medida que se acumula el capital, tiene necesariamente que empeorar la situación del obrero, cualquiera que sea su retribución, ya sea ésta alta o baja" (El capital, I, 23).

El marxismo no es simplemente materialismo, aunque lo ignore el crítico stalinista de Lefebvre. El marxismo niega que el hombre sea, así sin más, producto directo de las circunstancias y del medio. El marxismo reivindica la autonomía creadora del hombre. Tanto la burocracia de los partidos de la II Internacional como la burocracia soviética practicaban y practican esta reducción del marxismo a un materialismo de trocha angosta. Esta es la concepción de las burocracias porque reduce a nada la iniciativa creadora del hombre y por lo tanto eleva a las nubes el conservadurismo de los aparatos burocráticos, caracterizados por su apego y su sumisión rastrera a las circunstancias, rechazando la lucha por modificar las circunstancias.

Marx ha explicado todo esto muy netamente en sus "Tesis sobre Feuerbach": "La teoría materialista de que los hombres son producto de las circunstancias y de la educación olvida que las circunstancias son cambiadas precisamente por los hombres, y que el propio educador necesita ser educado. Conduce, pues, forzosamente, a la división de la sociedad en dos partes, una de las cuales está por encima de la sociedad" (Tesis III).

(Conclusión)

Y bien: ¿qué es, entonces, el marxismo? El marxismo es, como ya dijimos, una concepción del mundo, es una crítica a la sociedad capitalista, y es un programa de lucha para transformar la sociedad. Y como eje de esos tres aspectos, y como objetivo único y decisivo del marxismo, está la lucha para desalienar al hombre, la aspiración a rescatar para el hombre su plenitud humana.
En el marxismo, todo lo demás son sólo medios para este fin. El desarrollo material de las fuerzas productivas y la elevación del nivel de vida es importante, porque constituye la base material para la desalienación del hombre. La liquidación del capitalismo es fundamental porque constituye a su vez la condición básica para un mayor desarrollo de las fuerzas productivas. El ascenso de la clase obrera al poder es imprescindible porque constituye a su vez el requisito básico para la liquidación del capitalismo. Todo esto es fundamental y está muy bien, como están muy bien los satélites y las grandes centrales eléctricas y los tractores, etc. Pero, para el marxismo, todo eso son medios y nada más. Porque lo que el marxismo quiere – y esto es su esencia- es un nuevo tipo de relaciones entre los hombres, en las que los hombres no estén dominados por cosas ni fetiches; en las que el hombre sea el amo absoluto, dueño soberano de sus facultades y productos, y no esclavo de la mercancía y el dinero, de la propiedad y el capital, del estado y la división del trabajo.

Segunda parte

(La alienación en los textos de madurez de Marx)

A propósito de la alienación, problema sobre el que tanto insistimos en la reunión anterior, señalamos esto: la alienación se revela también en que el individuo de la sociedad capitalista carece de una personalidad integrada; su personalidad es más bien una serie de máscaras. El individuo es una persona cuando trata en su trabajo a sus superiores, y otra cuando trata a los que están debajo de él; es una persona cuando está en la peluquería y otra cuando está en una reunión social; el individuo es un amante padre de familia de la noche a la mañana y un perfecto burgués de 8 de la mañana a 8 de la noche. Es decir, toda la serie de contradicciones y aberraciones que tan profundamente describía Charles Chaplin en la película "Monsieur Verdoux", donde un honorable señor amante padre de familia se mantenía explotando y asesinando mujeres.

Otro aspecto de la alienación lo señala Marx en estos términos: "El hombre se empobrece continuamente en tanto que hombre, tiene necesidad de cada vez más dinero para adueñarse de esos seres hostiles [las mercancías], y la fuerza de su dinero decrece en razón inversa a la masa de la producción, es decir que su necesidad aumenta a medida que aumenta la fuerza de su dinero. Es por ello que la necesidad de dinero es la verdadera necesidad engendrada por la economía política, la única necesidad que engendra. La cantidad de dinero se convierte cada vez más en la única necesidad esencial del hombre. La inmoderación y la falta de medida devienen de sus verdaderas medidas. En parte esta alienación del hombre se manifiesta en que engendra por un lado el refinamiento de las necesidades y de los medios para satisfacerlas y, por otro lado, la bestialización, la simplificación grosera y abstracta de las necesidades... Para el obrero, incluso la necesidad de aire puro y libre deja de ser una necesidad. El hombre se acostumbra a habitar cavernas que están envenenadas por el aroma pestilente de la civilización... La suciedad, ese signo de la caída y de la degradación del hombre, los excrementos de la civilización, se convierten en el medio vital del obrero... El hombre no solamente deja de tener necesidades humanas, sino que pierde sus necesidades animales, porque el salvaje o el animal tienen pese a todo la necesidad de cazar, de moverse" (Manuscritos, traducción de MP).

Sólo en la teoría de la alienación encontramos la clave de la insistencia marxista en considerar al proletariado como emancipación de la humanidad: "La clase poseedora y la clase proletaria representan la misma alienación humana. Pero la primera se encuentra bien; esta alienación la confirma, sabe que su fuerza está allí, que en ella bebe la apariencia de un existir humano; en tanto que la segunda (el proletariado) no ve en esta alienación sino su propio anonadamiento, su impotencia y la realidad tangible de una existencia contraria al hombre (...) La propiedad privada es empujada a su propia ruina porque crea el proletariado, la miseria física y moral conscientes, una deshumanización que se conoce y tiende por ello a suprimirse" (Manuscritos).

"Si los escritores socialistas asignan al proletariado este papel en la historia universal, no es (...) porque le tengan por una divinidad. Al contrario. Es porque la desaparición de toda humanidad, de toda sombra de humanidad, está prácticamente realizada en el proletariado, es por eso que éste puede y debe liberarse a sí mismo; porque sus condiciones de vida presentes resumen toda la inhumanidad de su vida; porque el hombre, en el proletariado, está perdido, pero ha adquirido no sólo la conciencia teórica de esta perdición sino hasta los estímulos que le llevaron a rebelarse contra la inhumanidad (...) Pero no puede libertarse sino suprimiendo sus propias condiciones de vida, y con ello la inhumana situación de toda la sociedad presente, que se resume en la suya" (La Sagrada Familia, traducción de MP).

Por otra parte, sin comprender la teoría de la alienación no puede entenderse el pensamiento económico de Marx, porque todo El capital no es más que un desenmascaramiento de la alienación humana tal cual ella aparece escondida en las categorías y leyes económicas de la sociedad capitalista.

"La Economía Política –dice Marx- parte del hecho de la propiedad privada; no nos la explica... Nosotros partimos de un hecho económico actual. El trabajador se vuelve tanto más pobre cuanto más riqueza produce, cuanto más aumenta su producción en potencia y alcance. El trabajador se transforma en una mercancía tanto más barata cuanto más mercancías crea él. Junto con la valorización del mundo de las cosas, aumenta en relación directa la desvalorización del mundo de los hombres... Este hecho expresa que el objeto que el trabajador produce, su producto, se le opone como un ser ajeno, como un poder independiente del productor... La vida que él ha otorgado al objeto se le opone de manera hostil y ajena... La Economía Política oculta la alienación en la esencia del trabajo" (Manuscritos 1844, "El trabajo alienado").

En la reunión anterior hubo aquí algunas dudas y algunas sonrisas escépticas acerca del carácter marxista de la teoría de la alienación. Pues bien: como ya dijimos, la teoría de la alienación no es una cosa de la juventud de Marx, que Marx después haya dejado de lado. La teoría de la alienación impregna todo el pensamiento de Marx en todos sus momentos.

En el Manifiesto Comunista dice Marx: "El obrero, obligado a venderse en trozos, es una mercancía como otra cualquiera, sujeta por tanto a todos los cambios y modalidades de la concurrencia, a todas las fluctuaciones del mercado. La extensión de la maquinaria y la división del trabajo quitan a éste, en el régimen actual, todo carácter autónomo, toda libre iniciativa y todo encanto para el obrero. El trabajador se convierte en un simple resorte de la máquina, del que sólo se exige una operación mecánica, monótona, de fácil aprendizaje. (...) Cuanto más repelente es el trabajo, tanto más disminuye el salario pagado al obrero. (...) Las masas obreras concentradas en la fábrica son sometidas a una organización y disciplina militares. Los obreros, soldados rasos de la industria, trabajan bajo el mando de toda una jerarquía de soldados, oficiales y jefes. No son sólo siervos de la burguesía y del Estado burgués, sino que están todos los días y a todas horas bajo el yugo esclavizador de la máquina, del contramaestre, y sobre todo del industrial burgués dueño de la fábrica. Y ese despotismo es tanto más mezquino, más execrable, cuanto mayor es la franqueza con que proclama que no tiene otro fin que el lucro". Esto en 1848.
En 1856, Marx dice: "Hay un gran hecho característico de este nuestro siglo XIX, un hecho que ningún partido se atreve a negar. Por una parte han nacido fuerzas industriales y científicas que jamás sospechara época alguna de la pasada historia humana. Por otra, existen síntomas de decadencia que sobrepasan en mucho los horrores registrados en los últimos tiempos del Imperio Romano. En nuestros días, todo parece estar preñado de su contrario. A la maquinaria, dotada del maravilloso poder de acortar y justificar el trabajo humano, la vemos hambrearlo y recargarlo. Por un extraño y horripilante hechizo, las fuentes de riqueza recién nacidas se transforman en fuentes de necesidad. Las victorias de la técnica parecen tener por precio la pérdida de carácter. Al mismo tiempo que la sociedad mina a la naturaleza, el hombre parece volverse esclavo de otros hombres o de su propia infamia. Incluso la vida pura de la ciencia parece incapaz de brillar si no es sobre el oscuro fondo de la ignorancia. Todas las invenciones y progresos parecen tener como resultado dotar a las fuerzas naturales de vida intelectual y estupidizar la vida humana convirtiéndola en una fuerza material" (Discurso de Marx en el People’s Paper, 1856). Es el mismo lenguaje de los Manuscritos económico-filosóficos de 1844, donde se formula la teoría de la alienación.

Y finalmente, es en El capital, en esta obra que corona el pensamiento marxista, en El capital, escrito no en la juventud sino en la más alta madurez de Marx, en El capital que sale a la luz en 1867, 23 años después de los Manuscritos, donde encontramos a cada paso la crítica a la alienación y el impulso hacia la desalienación del hombre, que es el motor del pensamiento marxista. Veamos:

"El carácter misterioso de la forma mercancía estriba... en que proyecta ante los hombres el carácter social del trabajo de éstos como si fuese un carácter material de los propios productos de su trabajo, un don natural de estos objetos... Lo que aquí reviste a los ojos de los hombres la forma fantasmagórica de una relación entre objetos materiales, no es más que una relación social concreta establecida entre los mismos hombres... Por eso, si queremos encontrar una analogía a este fenómeno, tenemos que remontarnos a las regiones nebulosas del mundo de la religión, donde los productos de la mente humana semejan seres dotados de vida propia, de existencia independiente y relacionados entre sí con los hombres (...) Éstas [las magnitudes del valor de la mercancía] cambian constantemente sin que en ello intervenga la voluntad, el conocimiento previo ni los actos de las personas entre quienes se desarrolla el cambio. Su propio movimiento social cobra a sus ojos la forma de un movimiento de cosas bajo cuyo control están, en vez de ser ellos quienes las controlen (...) El reflejo religioso del mundo real sólo puede desaparecer para siempre cuando las condiciones de la vida diaria, laboriosa y activa, representen para los hombres relaciones claras y racionales entre sí y respecto de la naturaleza. La forma del proceso social de vida, o lo que es lo mismo, del proceso material de producción, sólo se despojará de su halo místico cuando ese proceso sea obra de hombres libremente socializados y puestas bajo su mando consciente y racional" (El capital, I, cap. 1).

"Nos encontramos, en primer lugar, con la verdad, harto fácil de comprender, de que el obrero no es, desde que nace hasta que muere, más que fuerza de trabajo; por tanto, todo su tiempo disponible es, por obra de la naturaleza y por obra del derecho, tiempo de trabajo, y pertenece, como es lógico, al capital para su incrementación. Tiempo para formarse una cultura humana, para perfeccionarse espiritualmente, para cumplir las funciones sociales del hombre, para el trato social, para el libre juego de las fuerzas físicas y espirituales de la vida humana, incluso para santificar el domingo –aun en la tierra de los santurrones, adoradores del precepto dominical-: ¡todo una pura pamema!" (El capital, I, cap. 8).

"Los medios de producción se transforman inmediatamente en medios destinados a absorber trabajo ajeno. Ya no es el obrero el que emplea los medios de producción, sino éstos los que emplean al obrero" (El capital, I, cap. 9).

"La división del trabajo en la manufactura supone la autoridad incondicional del capitalista sobre hombres que son otros tantos miembros de un mecanismo global de su propiedad. Por eso la misma conciencia burguesa, que festeja la división manufacturera del trabajo, la anexión de por vida del obrero a faenas de detalle y la supeditación incondicional de estos obreros parcelados al capital como una organización del trabajo que incrementa la fuerza productiva de éste, denuncia con igual clamor todo lo que suponga una reglamentación y fiscalización consciente de la sociedad en el proceso social de producción como si se tratase de una usurpación de los derechos inviolables de propiedad, de libertad y de libérrima ‘genialidad’ del capitalista individual. Y es característico que esos apologistas entusiastas del sistema fabril, cuando quieren hacer una acusación durísima contra lo que sería una organización general del trabajo a base de toda la sociedad, digan que convertiría a la sociedad entera en una fábrica" (El capital, I, cap. 12).

La manufactura, sigue Marx, "convierte al obrero en un monstruo, fomentando artificialmente una de sus habilidades parciales, a costa de aplastar todo un mundo de fecundos estímulos y capacidades, al modo como en las estancias argentinas se sacrifica un animal entero para quitarle la pelleja o sacarle el sebo. Además de distribuir los diversos trabajos parciales entre diversos individuos, se divide al individuo mismo, se lo convierte en un aparato automático adscripto a un trabajo parcial, dando así realidad a aquella desazonadora fábula de Menenio Agripa en la que aparece un hombre convertido en simple fragmento de su propio cuerpo... Los conocimientos, la perspicacia y la voluntad que se desarrollan, aunque sea en pequeña escala, en el labrador o el artesano independiente, como en el salvaje que maneja con su astucia personal todas las artes de la guerra, basta con que las reúna ahora todo el taller en un conjunto. Las potencias espirituales de la producción amplían su escala sobre un aspecto a costa de inhibirse en los demás. Lo que los obreros parciales pierden se concentra, enfrentándose con ellos, en el capital. Es un resultado de la división manufacturera del trabajo al erigir frente a ellos, como propiedad ajena y poder dominador, las potencias espirituales del proceso material de producción. Este proceso de disociación comienza con la cooperación simple donde el capitalista representa frente a los obreros individuales la unidad y la voluntad del cuerpo social del trabajo. El proceso sigue avanzando en la manufactura, que mutila al obrero al convertirlo en obrero parcial. Y se remata en la gran industria, donde la ciencia es separada del trabajo como potencia independiente de producción y aherrojada al servicio del capital. En la manufactura, el enriquecimiento de la fuerza productiva social del obrero colectivo, y por tanto del capital, se halla condicionada por el empobrecimiento del obrero en sus fuerzas productivas individuales" (El capital, I, cap. 12).

"La especialidad de manejar de por vida una herramienta parcial se convierte en la especialidad vitalicia de servir una máquina parcial. La maquinaria se utiliza para convertir al propio obrero, desde la infancia, en una máquina parcial... En la manufactura y en la industria manual, el obrero se sirve de la herramienta; en la fábrica, sirve a la máquina. Allí los movimientos del instrumento de trabajo parten de él; aquí, es él quien tiene que seguir sus movimientos. En la manufactura los obreros son otros tantos miembros de un organismo vivo. En la fábrica, existe por encima de ellos un organismo muerto, al que se los incorpora como apéndices vivos... El trabajo mecánico ataca enormemente el sistema nervioso, ahoga el juego variado de los músculos y confisca toda la libre actividad física y espiritual del obrero. Hasta las medidas que tienden a facilitar el trabajo se convierten en medios de tortura, pues la máquina no libra al obrero del trabajo, sino que priva a éste de su contenido. Nota común a toda producción capitalista es que, lejos de ser el obrero quien maneja las condiciones de trabajo, son éstas las que le manejan a él; pero esta inversión no cobra realidad técnicamente tangible hasta la era de la maquinaria. Al convertirse en un autómata, el instrumento de trabajo se enfrenta como capital, durante el proceso de trabajo, con el propio obrero; se alza frente a él como trabajo muerto que domina y absorbe la fuerza de trabajo vivo. En la gran industria, erigida sobre la base de la maquinaria, se consuma el divorcio entre las potencias espirituales del proceso de producción y el trabajo manual, con la transformación de aquéllas en resortes del capital sobre el trabajo. La pericia detallista del obrero mecánico individual, sin alma, desaparece como un detalle diminuto y secundario ante la ciencia, ante las gigantescas fuerzas naturales y el trabajo social de masa que tiene su expresión en el sistema de la maquinaria y forman con él el poder del patrono (El capital, I, cap. 13).

"La acumulación reproduce el régimen del capital en una escala superior, crea en uno de los polos más capitalistas o capitalistas más poderosos, y en el otro más obreros asalariados. La reproducción de la fuerza de trabajo, obligada, quiéralo o no, a someterse incesantemente al capital como medio de explotación, que no puede desprenderse de él y cuyo esclavizamiento al capital no desaparece... (...) Bajo las condiciones de acumulación que hasta aquí venimos dando por supuestas, las más favorables a los obreros, el estado de sumisión de éstos al capital reviste formas algo tolerables... con el incremento del capital, en vez de desarrollarse de un modo intensivo, este estado de sumisión no hace más que extenderse; dicho en otros términos, la órbita de explotación e imperio del capital se va extendiendo con su propio volumen y con la cifra de sus súbditos. Éstos, al acumularse el capital, perciben una mayor parte de lo producido, bajo la forma de medios de pago, lo que les permite vivir un poco mejor, alimentar con un poco más de amplitud su fondo de consumo, dotándolo de ropas, muebles, etc., y formar un pequeño fondo de reserva en dinero. Pero así como el hecho de que algunos esclavos anduviesen mejor vestidos y mejor alimentados, de que disfrutasen de un trato mejor y de un peculio más abundante, no destruía el régimen de esclavitud ni hacía desaparecer la explotación del esclavo, no suprime tampoco la del obrero asalariado. El hecho de que el trabajo suba de precio por efecto de la acumulación del capital sólo quiere decir que el volumen y el peso de las cadenas de oro que el obrero asalariado se ha forjado para sí mismo pueden tenerle sujeto sin estar en tensión... Es decir, que por muy favorables que sean para el obrero las condiciones en que vende su fuerza de trabajo, estas condiciones llevan siempre consigo la necesidad de volver a venderla constantemente y la reproducción constantemente ampliada de la riqueza como capital" (El capital, I, cap. 23).

(Marxismo y filosofía)

¿Vale la pena estudiar la filosofía marxista –lo cual significa estudiar toda la filosofía, antes y después de Marx? Una anécdota puede orientarnos: Lenin se puso a leer la Lógica de Hegel en medio del estallido de la Primera Guerra Mundial, entre setiembre y diciembre de 1914. Es que Lenin era hombre de acción, pero una acción sin verdad. Para Lenin –para el marxismo- la acción no se opone al pensamiento; la acción exige el pensamiento. Para el marxismo, la práctica política es una práctica consciente. Y para el marxismo la práctica no significa sólo adaptarse a lo existente, significa no sólo habilidad técnica para actuar sobre lo existente. Práctica quiere decir, para el marxismo, conocimiento profundo de la realidad y acción plenamente consciente –es decir, basada en el conocimiento.

Por otra parte, sin comprender el pensamiento filosófico, en particular sin comprender la filosofía de Hegel, es imposible entender a Marx. Con toda razón dice Lenin en sus comentarios a la Lógica de Hegel: "No se puede comprender completamente El capital de Marx, y particularmente el primer capítulo, si no se ha estudiado a fondo y comprendido toda la Lógica de Hegel. A esto se debe el que, desde hace medio siglo, muchísimos marxistas no hayan comprendido a Marx" (Cuadernos filosóficos, traducción de MP).

En el lenguaje popular se habla de "tomar las cosas con filosofía". Con esto se quiere decir tomar las cosas con paciencia. Pero en esta frase vulgar hay un núcleo de verdad que nos ayuda a comprender lo que es la filosofía. Porque al decir "hay que tomar las cosas con filosofía" o "filosóficamente", se hace una invitación a la reflexión, al empleo de la propia capacidad racional, para comprender los problemas. Y filosofía es precisamente eso: enfrentarse reflexivamente con la realidad, incluido en ello el propio pensamiento; ir más allá de los primeros datos que se obtienen y tratar de sacar de ellos todas las implicaciones, todas las fases, todos los momentos, todas las relaciones que en ellos se contienen. Nosotros vamos a enfrentar ahora algunos problemas y tesis fundamentales de la filosofía marxista.

Al terminar esta reunión nadie saldrá de aquí "sabiendo" filosofía marxista. Pero todos saldremos conociendo en términos generales que la filosofía marxista enfrenta tales y cuales problemas, que los enfoca de tal y cual modo, y que para conocer esto en profundidad es indispensable leer las obras fundamentales del marxismo. Esas obras son, creo yo, La ideología alemana de Marx y Engels, Lógica formal y lógica dialéctica, de Henri Lefebvre; las "Tesis sobre Feuerbach", de Marx, y Filosofía y socialismo de Antonio Labriola. Y creo que hay que leerlas en ese orden, para captar con claridad qué es la filosofía marxista (se entiende que en un plano elemental).

(La dialéctica)

Vamos a enfrentar ahora el problema de la dialéctica. La dialéctica es un enfoque que trata de captar toda la realidad exactamente como es, y a la vez como debiera ser, de acuerdo a lo que ella misma contiene en potencia. La dialéctica significa conocer las cosas concretamente, con todas sus características, y no como entes abstractos, vacíos, reducidos a una o dos características. Por eso la dialéctica significa ver las cosas en movimiento, es decir, como procesos; por eso la dialéctica descubre y estudia la contradicción que hay en el seno de toda unidad, y la unidad a la que tiende toda contradicción.

El pensamiento formal común, que tiene su coronación en la lógica formal, tiende a despojar a la realidad de su inmensa riqueza de contenido, de su infinita complejidad, y reduce todo a esquemas y fórmulas vacías de contenido. Por eso la lógica formal dice "toda cosa es igual a sí misma" y dice también "una cosa es o no es". Así se ahorra el trabajo de tomar en cuenta que en la realidad viva toda cosa a la vez es y no es, porque en todo hay movimiento; y toda cosa es igual a sí misma pero a la vez es distinta de sí misma, porque en su seno hay diferencias, y al haber diferencias hay el germen de contradicciones. Tomar en cuenta esta realidad, no renunciar a su conocimiento ni falsear su conocimiento olvidando la riqueza del contenido del real, contentándose con conocer partes aisladas y disociadas excepto de una o dos características; al contrario, penetrar a fondo en la realidad, captarla tal cual es, con su infinita complejidad, con su inagotable riqueza de contenidos, eso es dialéctica.

En el tiempo de que dispongamos para nuestro trabajo no podremos estudiar la dialéctica. Para eso -mejor dicho, para una introducción al estudio de la dialéctica- necesitaríamos por lo menos tantas reuniones como las que dedicaremos a todo el estudio del marxismo. Pero lo importante es que de aquí salga en limpio lo siguiente:

La realidad es maravillosa e infinitamente rica en complejidad, en contradicciones, en movimiento. Hay dos enfoques para conocerla:

- el enfoque más elemental, más simple: el enfoque del pensamiento común. Este enfoque dice: la realidad es demasiado compleja; no puedo captarla tal cual es, porque entonces no entiendo nada. Para entenderla tengo que tomar las cosas una por vez, separándolas, poniéndolas una al lado de otra, evitando que se mezclen o cambien de lugar o se transformen. Este pensamiento, que es abstracto, es decir, que separa, que desgaja lo que en realidad está unido, es el pensamiento formal abstracto;

- por el contrario, hay un enfoque que trata de captar la realidad tal cual es: rica, contradictoria, móvil. Este enfoque no se conforma con entender la realidad en partes y vaciada de contenido; al contrario, exige aprehender a la realidad con todo lo que ella tiene. Este enfoque es precisamente el pensamiento dialéctico.

Con esto, queda dicho que la dialéctica no se reduce en modo alguno a la serie de "leyes" que los manualitos presentan como dialéctica: la transformación de la cantidad en calidad, la unidad de los contrarios, etc. Estas son solamente algunas partes de la dialéctica, que es la lógica, y nada más que partes. Y ponerlas separadas del conjunto, como recetas a aplicar a la realidad, es lo más antidialéctico que pueda concebirse. Recién entramos en el terreno de la dialéctica cuando nos esforzamos por comprender cuándo, dónde y en qué condiciones una cantidad se transforma en calidad, o un polo se transforma en su opuesto, etc. Es decir, sólo entramos en el terreno de la dialéctica cuando nos esforzamos por captar la realidad viva, en su totalidad, con su movimiento, sus contradicciones y sus mutaciones.

En las sociedades primitivas el hombre pensaba concretamente. Para el hombre primitivo, en cada elemento de la realidad se encuentran lo uno y lo múltiple, el quietismo y el movimiento, la identidad y la diferencia. El hombre primitivo pensaba dialécticamente porque pensaba en concreto, es decir, veía las cosas como totalidades, en el conjunto, con toda la riqueza de su contenido. Por eso el lenguaje del hombre primitivo pinta y describe a la realidad en toda su riqueza: el primitivo no dice "esto" en abstracto, dice "esto que toco", "esto que está muy cerca", "esto que está de pie" o "esto que está al alcance de mi vista". El primitivo no entiende cosas aisladas; ve situaciones, conjuntos, totalidades. Del mismo modo, los niños pequeños no entienden letras, pero entienden palabras, es decir, conjuntos concretos que tienen un sentido.

Pero cuando la humanidad comenzó a dominar la naturaleza y a conocerla mejor, pudo y debió crearse una formidable herramienta intelectual, que es el concepto abstracto. El hombre pudo dejar de ver las cosas en su totalidad, pudo descomponerlas en partes, pudo analizarlas, pudo hacer abstracción. El hombre aprendió a decir "este" en abstracto y "este árbol", sin decir "este árbol verde aquí sobre la colina" como decía el primitivo. Así, desmenuzando la realidad en partes, pudo avanzar el conocimiento. Así avanzaron las ciencias naturales. La lógica formal, con su afirmación de que una cosa es o no es, coronó esta aspiración del pensamiento abstracto y fue un formidable paso adelante... pero a la vez un formidable paso atrás. Un formidable paso adelante porque permitió aplicarse al análisis minucioso de los elementos y partes integrantes de la realidad; permitió el estudio intensivo de los mismos y aportó así la inmensa masa de conocimientos que constituyen las ciencias naturales. Pero el pensamiento abstracto y la lógica formal significaron también un formidable paso atrás, en el sentido de que se perdió para muchos siglos esa riqueza que caracterizaba el pensamiento del primitivo, esa frescura de la capacidad para aprehender la realidad como es, como un todo complejo y cambiante, lleno de cualidades y atributos.

La dialéctica recupera para el pensamiento esa riqueza de contenido, esa creación, esa frescura del pensamiento del hombre primitivo, pero le incorpora el rigor, la precisión, la exactitud que han aportado siglos de pensamiento abstracto y lógica formal.

Como dice Lefebvre, la dialéctica es la plena captación por el pensamiento de toda la efervescencia tumultuosa de la materia, el ascenso de la vida, la epopeya de la evolución, interrumpida de pronto por catástrofes; todo el drama cósmico, en fin. "La verdad está en la totalidad", dice Hegel. Es decir, la idea verdadera es superación de las verdades limitadas y parciales, que se transforman en errores al considerarlas inmóviles. Sólo la captación de la totalidad, donde se unen lo idéntico y lo distinto, la quietud y el movimiento, lo uno y lo múltiple –es decir, sólo la captación de lo concreto-, sólo eso nos muestra la verdad. En estas fórmulas –que no son fórmulas, sino la síntesis de toda la prodigiosa evolución del pensamiento humano- se contiene todo el pensamiento dialéctico y esta es la genial aportación de Hegel al pensamiento humano.

La lógica formal dice que toda cosa es idéntica consigo misma. Pero para esto es preciso que sea diferente de todas las demás, de modo que la identidad más pura supone ya la diferencia, pero la lógica formal no toma nota de esto.

Por otra parte, el hecho de que la identidad, aun la identidad más abstracta, contiene en sí la diferencia, se revela en todo juicio en que el predicado es distinto del sujeto. Al decir, por ejemplo, la rosa es roja, decimos que la rosa, sin dejar de ser una rosa, es roja, vale decir, algo distinto que la rosa. Si quisiéramos evitar esa diferencia en el seno de la unidad, si quisiéramos cumplir rigurosamente con el principio lógico formal de que toda cosa es idéntica a sí misma y no puede ser a la vez idéntica y diferente, entonces el pensamiento sería algo completamente vacío, y los únicos juicios serían juicios propios de retardados al estilo de "la rosa es... la rosa"; "la vida es... la vida", etc. En cuanto queremos hacer juicios inteligentes, en cuanto queremos conocer las cualidades de lo real y captar su complejidad, entonces fatalmente rompemos con la lógica formal y manejamos a la vez la identidad y la diferencia de cada cosa consigo misma.

Por eso explica Hegel que "quien postula que no existe nada que lleve dentro de sí la contradicción, como la identidad de los contrarios, postula, al mismo tiempo, que no existe nada vivo. Pues la fuerza de la vida consiste precisamente en llevar dentro de sí la contradicción, es soportarla y superarla. Este poner y quitar de la contradicción de unidad ideal y disgregación real de los términos forma el proceso constante de la vida, y la vida no es más que como proceso".
Y en otro lugar dice Hegel: "nada hay en lo que no se pueda y se deba mostrar la contradicción, es decir, las determinaciones opuestas; el abstraer del intelecto es el aferrarse violentamente a una determinación, un esfuerzo para oscurecer y alejar la conciencia de la otra determinación que allí se encuentra" (Lógica, parágrafo 89). Y más adelante: "la proposición que expresa la identidad es: toda cosa es idéntica a sí misma: A=A, y negativamente, A no puede ser a la vez A y no-A. Esta proposición, en vez de ser una verdadera ley del pensamiento, no es sino la ley del intelecto abstracto. (...) Cuando se afirma que el principio de identidad no puede ser probado, sino que toda conciencia le presta su adhesión y que la experiencia lo confirma, a dicha pretendida experiencia hay que oponer la experiencia universal de que ninguna conciencia piensa, ni tiene representaciones, ni siquiera habla según esa ley; y que ninguna existencia, cualquiera que sea, existe según ella. El hablar según esta pretendida ley de la verdad (un planeta es... un planeta; el magnetismo es... magnetismo; el espíritu es... el espíritu) pasa, con plena razón, como un hablar estúpido, y ésta sí que es una experiencia universal" (Lógica, parágrafo 115).

Hemos dicho que la dialéctica es pensamiento concreto, y hemos señalado las limitaciones del pensamiento abstracto. ¿Qué quiere decir "pensamiento abstracto"? Oigamos a Hegel: "¿Quién piensa en abstracto? El hombre inculto, no el culto. Me limitaré a poner algunos ejemplos: un asesino es conducido al cadalso. Para el pueblo común no es otra cosa que un asesino. Tal vez las damas, al verlo pasar, comenten su aspecto físico, digan que es un hombre fuerte, hermoso, interesante. Al escuchar esto, el hombre de pueblo exclamará indignado: ¡Cómo! ¡Un asesino hermoso! Un conocedor del hombre tratará de indagar la trayectoria seguida por la educación de este criminal; descubrirá tal vez en su historia, en su infancia o en su primera juventud, o en las relaciones familiares del padre y de la madre; descubrirá que una ligera transgresión de este hombre fue castigada con una fuerza exagerada que le hizo rebelarse contra el orden existente, que lo hizo colocarse al margen de este orden y acabó empujándolo al crimen para poder subsistir". Pues bien; pensar así, ver todo el proceso con todos sus elementos, es pensar en concreto. En cambio, pensar en abstracto es el pensamiento vulgar, que no ve en el asesino más que esa nota única y aislada, abstracta, la de que es un asesino, de tal modo que esta simple cualidad destruye y no deja ver cuanto hay en él de naturaleza humana.

Como modelo de pensamiento dialéctico, de pensamiento concreto, que se mueve a través de la inseparable unidad de los contrarios, veamos estas líneas de Trotsky:

"Interdependencia dialéctica del fin y de los medios

El medio sólo puede ser justificado por el fin. Pero éste, a su vez, debe ser justificado. Desde el punto de vista del marxismo (...) el fin está justificado si conduce al acrecentamiento del poder del hombre sobre la naturaleza y a la abolición del poder del hombre sobre el hombre.

¿Esto significa que para alcanzar tal fin todo está permitido? (...) Está permitido lo que conduce realmente a la liberación de la humanidad. (...)

¿Eso significa, a pesar de todo, que en la lucha de clases contra el capitalismo todos los medios están permitidos: la mentira, la falsificación, la traición, el asesinato, etc.? (...) Sólo son admisibles y obligatorios los medios que acrecen la cohesión revolucionaria del proletariado, inflaman su alma con un odio implacable por la opresión, le enseñan a despreciar la moral oficial y a sus súbditos demócratas, le impregnan con la conciencia de su misión histórica, aumentan su bravura y su abnegación en la lucha. Precisamente de eso se desprende que no todos los medios están permitidos. Cuando decimos que el fin justifica los medios resulta para nosotros la conclusión de que el gran fin revolucionario rechaza, en cuanto medios, todos los procedimientos y métodos indignos que alzan a un parte de la clase obrera contra las otras, o que intentan hacer la dicha de las demás sin su propio concurso, o que reducen la confianza de las masas en ellas mismas y en su organización, sustituyendo tal cosa por la adoración de los ‘jefes’. (...)

El materialismo dialéctico desconoce el dualismo de medios y fines. El fin se deduce naturalmente del movimiento histórico mismo. Los medios están orgánicamente subordinados al fin. El fin inmediato se convierte en medio del fin ulterior. En su drama Franz von Sickingen, Ferdinand Lasalle pone las palabras siguientes en boca de uno de sus personajes:

No muestres sólo el fin, muestra también la rutaPues el fin y el camino tan unidos se hallanque uno en otro se cambiany cada ruta descubre un nuevo fin

(...) La interdependencia del fin y de los medios está expresada, en el caso de los versos reproducidos, de un modo enteramente exacto. Es preciso sembrar un grano de trigo para cosechar una espiga de trigo" (Su moral y la nuestra).

En 1922 Lenin afirmó que "debemos organizar un estudio sistemático, dirigido desde el punto de vista de la dialéctica de Hegel". Esta es, efectivamente, una gran tarea abierta ante el pensamiento marxista.

Pero las burocracias son conservadoras y antidialécticas por definición. Su prosperidad depende de la administración de lo que existe, no de su modificación. Por eso su "filosofía" es la escolástica y el dogmatismo que codifican y repiten lo ya pensado, y no admiten innovación ni problema nuevo alguno. Se explica así que la "filosofía" inspirada en Stalin y compañía haya tratado a la dialéctica y a Hegel como a un perro muerto.

El espíritu de la burocracia es ferozmente estático y antidialéctico. No quiere innovaciones ni discusiones. Veamos el trabajo de Zhdanov "Sobre la historia de la filosofía". Zhdanov era secretario del Comité Central del Partido Comunista ruso, y este es un discurso suyo con el cual se clausuró el congreso de filosofía realizado en Rusia en 1947. Zhdanov vapulea terriblemente al autor de una historia de la filosofía y dice que "el autor comete errores esenciales que afectan inclusive a los principios". ¿Cuáles son esos "errores esenciales" que "afectan a los principios"? Son, dice Zhdanov, "por ejemplo", la afirmación de que "el camino al método dialéctico fue preparado por las conquistas de las ciencias naturales desde la segunda mitad del siglo XVIII. Esto está en radical contradicción con la célebre tesis de Engels, según la cual el camino al método dialéctico fue preparado por la estructura celular del organismo, por la teoría de la conservación y la transformación de la energía y por la teoría de Darwin. Todos estos descubrimientos corresponden al siglo XIX". Es decir, que la burocracia moscovita prohibe a un filósofo decir que el método dialéctico fue preparado por las conquistas científicas del siglo XVIII, y se lo prohibe porque Engels dijo que las conquistas en cuestión eran del siglo XIX, y la burocracia entiende que disentir con Engels en esta cuestión cronológica es "un error esencial que afecta a los principios". Desde luego, en semejante clima no es posible que se desarrolle el pensamiento dialéctico, y ni siquiera los estudios sobre la dialéctica. Y si acaso estos estudios surgen, la burocracia los extirpa rápida y radicalmente. En este mismo discurso, Zhdanov no deja lugar a dudas: "la discusión que ha tenido lugar aquí a propósito de Hegel es bastante extraña. Hace tiempo que está resuelta la cuestión de Hegel. No hay ninguna razón para plantearla de nuevo". Efectivamente, para la burocracia no hay ninguna razón para plantear de nuevo el problema de la dialéctica, "el álgebra de la revolución", como la llamó el gran revolucionario ruso Herzen. Nosotros en cambio recordamos a Lenin: "debemos organizar el estudio sistemático de la dialéctica de Hegel". Para iniciar este estudio yo sugiero el libro de Ernst Bloch El pensamiento de Hegel, editado por el Fondo de Cultura Económica.

En una frase famosa, Marx y Engels hablaron de "poner a la dialéctica de Hegel sobre sus pies". Esto no quiere decir que de la dialéctica hegeliana puedan tomarse dos o tres cosas aisladas y agregárselas a una concepción materialista vulgar del mundo. No. El pensamiento dialéctico de Hegel impregna totalmente el marxismo.

Hegel efectuó –en términos idealistas y con lenguaje muy oscuro, hablando del "en sí", de la "negatividad", del "ser otro", etc.- un análisis muy riguroso del pensamiento humano a través de la contradicción. Poner la dialéctica sobre sus pies quiere decir estudiar concretamente, en la realidad del desarrollo, cómo se han ido produciendo esas fases, esos estados del desarrollo, esas transiciones que Hegel analiza en términos idealistas pero con una tremenda capacidad para comprender el elemento de contradicción y del movimiento. Y esta es una tarea que el marxismo tiene que realizar. Yo sólo conozco dos obras en que el pensamiento marxista ha realizado este "enderezamiento" de la dialéctica, donde la realidad ha sido captada en su evolución, en sus contradicciones, en sus diversas fases cuantitativas y cualitativas. Esas obras son El capital de Marx y la Historia de la Revolución Rusa de Trotsky. Pero el campo a explorar es inmenso todavía; prácticamente es toda la realidad.

Poner la dialéctica sobre sus pies es lo que hace Marx en El capital, es decir, desarrollar dialécticamente una ciencia, en este caso el análisis económico de la sociedad capitalista. En cambio, tomar alguno de los fenómenos naturales, o un conjunto de conocimientos científicos, y utilizarlos como ejemplos de que la cantidad se transforma en cualidad, o de alguna otra ley de lógica dialéctica, eso –que hacen los manualitos que pretenden enseñar marxismo- es una insolente caricatura del pensamiento dialéctico y por lo tanto del marxismo.

(El materialismo)

Enfoquemos ahora el tema del materialismo. "El materialismo inteligente -dice Lenin- se halla más cerca del idealismo inteligente que del materialismo necio". Esto es asó porque el marxismo tomó como elemento esencial la actividad creadora del hombre –que es el tema en el que ha insistido el idealismo- y rechaza absolutamente la concepción del hombre como mero ente totalmente producido por circunstancias externas, que es lo que cree el materialismo vulgar.

Por su parte, señala Engels que "la aplicación exclusivista del rasero de la mecánica a los fenómenos que eran de naturaleza química y orgánica y en los que, aunque rigieran leyes mecánicas, éstas pasaban a segundo plano ante otras superiores a ellas, constituye una de las limitaciones específicas" del materialismo clásico. Efectivamente, el materialismo clásico sólo reconoce como "materia" a lo mecánico, incluido lo físico y lo químico, pero ignorando totalmente esa materia constituida fundamentalmente por relaciones interhumanas, sociales y psicológicas.
Tengamos entonces bien presente que la materia que toma como base el marxismo no es la materia física o la naturaleza mecánica, ni una materia general carente de cualidades. La materia de que parte el marxismo es el conjunto de relaciones sociales que presuponen ciertamente una naturaleza mecánica y, sobre todo, fisiológica, pero que no coinciden, ni mucho menos, con ella. La materia de que toma su nombre el materialismo histórico no es nada más ni nada menos que la relación de unos hombres con otros y con la naturaleza (Bloch).

El materialista vulgar no ve, dice Marx, que "el mundo sensible que lo rodea no es una cosa dada inmediatamente desde la eternidad, siempre igual a sí misma. Es un producto histórico: el resultado de una actividad de una larga serie de generaciones, de las cuales cada una se apoya sobre las espaldas de la precedente, y va desenvolviendo su industria y su comercio y modificando su organización social de acuerdo con las necesidades nuevas que se suscitan. Aun los objetos de la ‘certidumbre sensible’ más inmediata le son dados (...) sólo graxias al desarrollo de la sociedad, la industria y el comercio" (La ideología alemana).

Y en sus "Tesis sobre Feuerbach", que ya citamos en la reunión anterior, Marx dice: "El defecto fundamental de todo materialismo anterior (...) es que sólo concibe la cosa, la realidad, la sensoriedad, bajo la forma de objeto o de intuición, pero no como actividad sensorial humana, como práctica, no de un modo subjetivo" (Tesis I). "La teoría materialista de que los hombres son producto de las circunstancias y de la educación, y por lo tanto hombres modificados, producto de circunstancias distintas y de una educación distinta, olvida que las circunstancias son cambiadas precisamente por los hombres y que el propio educador necesita ser educado" (Tesis III).

El materialismo vulgar –que es lo que los stalinistas pretenden hacer pasar por marxismo- cae en la metafísica de la materia, y aun de la materia mecánica, no de la materia constituida por las relaciones sociales y la actividad del hombre. Este materialismo vulgar considera a la materia como una cosa totalmente aislada, perennemente aislada del sujeto, del hombre, siempre condicionando al hombre y nunca condicionada por el hombre.

En realidad, la metafísica de la materia, la creencia en que la materia tiene una independencia absoluta respecto del sujeto que conoce –es decir, que la transforma- tiene un origen religioso, y por eso precisamente el materialismo vulgar se lleva tan bien con el sentido común. Todas las religiones han enseñado y enseñan que el mundo, la naturaleza, el universo, han sido creados por Dios antes de la creación del hombre, y por lo tanto el hombre ha encontrado el mundo ya acabado, catalogado y definido de una vez y para siempre. Por eso cuando el materialismo vulgar dice que la materia existe absolutamente independiente del sujeto que conoce, no hace más que confirmar esa creencia religiosa en que "Dios creó al mundo antes que al hombre".

El marxismo, por el contrario, afirma que desde luego el mundo físico existió antes que el hombre; el universo existió antes de la aparición del hombre. Pero si bien esto es cierto, el marxismo enseña que desde que el hombre aparece sobre la tierra, la materia deja de existir independientemente de la conciencia del hombre, porque desde el primer momento el hombre actúa en y sobre la materia, y la transforma. De modo que si es cierto que el objeto existió por sí solo antes de la aparición del sujeto, desde la aparición del sujeto el objeto pierde su independencia, entra en permanente relación con el sujeto, y sujeto y objeto sólo existen en función y a través del otro, sin que ninguno pueda concebirse "independientemente" del otro.

Tercera parte

(La conciencia y la "teoría del reflejo")

¿Qué significa entonces la afirmación de que la conciencia "refleja" al objeto? Toda nueva concepción del mundo debe trabajar con la terminología forjada por el desarrollo anterior de la humanidad. Pero como la nueva concepción del mundo aporta contenidos nuevos al conocimiento, ocurre que esa vieja terminología no le sirve en gran parte más que como metáfora, o como ejemplo para hacerse entender, pero no expresa perfectamente lo que la nueva concepción quiere expresar. Así, por ejemplo, el marxismo habla de que la conciencia "refleja" la existencia. Pero esta expresión –"refleja"-, tomada de la ciencia natural del siglo pasado, para el marxismo es sólo una metáfora, un ejemplo para hacerse entender.

La palabra "reflejo" no describe exactamente lo que el marxismo afirma respecto a la relación entre sujeto y objeto, porque el marxismo comienza por negar que el ser y la consciencia sean cosas estáticas, aisladas, situadas una fuera de la otra y sin otra relación que un contacto externo, como, por ejemplo, el de un cuerpo que choca con otro. Y sin embargo, el concepto de "reflejo" significa, precisamente, e implica, una concepción de dos cosas completamente distintas y externas una respecto de la otra. Vale decir que la palabra reflejo sólo refleja muy imperfectamente el pensamiento marxista, porque está tomada de concepciones anteriores, que el marxismo. Igual ocurre, como veremos más adelante, con la expresión de Marx de que la economía constituye la "anatomía" de la sociedad).

Lefebvre ha afirmado recientemente que "nada es más contrario a la dialéctica marxista que colocar lo real de un lado y en otro su reflejo en la cabeza de los hombres". Tiene completa razón. Porque el marxismo pone el énfasis no en la llamada realidad, en las cosas que están fuera del hombre, sino en la actividad creadora del hombre que conoce, transforma y crea esa realidad y esas cosas exteriores. Por supuesto, los críticos stalinistas acusan a Lefebvre de no ser materialista, porque para los aparatos lo fundamental es ser materialistas en el sentido de adaptarse a las condiciones existentes. Y los críticos stalinistas pretenden cubrirse con citas de Lenin acerca de la teoría del reflejo. Pero en su obra filosófica más profunda y madura, en sus apuntes sobre la Lógica de Hegel, Lenin escribe: "El conocimiento es el reflejo de la naturaleza del hombre. Pero no es éste un reflejo simple, inmediato, total; este proceso consiste en toda una serie de abstracciones, de formulaciones, de formaciones de conceptos, etc." (Cuadernos filosóficos, traducción de MP). Y más adelante: "El reflejo de la naturaleza en el pensamiento humano no se debe comprender como algo muerto, ‘abstracto’, sin movimiento, sin contradicciones; al contrario, es necesario comprenderlo como el proceso eterno del movimiento, del nacimiento y negación de las contradicciones". Y Lenin agrega, finalmente, que "la consciencia humana no solamente refleja el mundo objetivo, sino que también lo crea".

Efectivamente, si el concepto, el conocimiento, "refleja" a la realidad exterior, también es cierto lo contrario, la realidad exterior, en la medida en que es modificada y creada por el hombre, "refleja" al concepto. El sujeto "refleja" en su consciencia al objeto, pero entonces el objeto "refleja" también al sujeto que fue capaz de crearlo o modificarlo. El hombre no se limita a tomar fotografías de la realidad; el hombre construye la realidad. Por eso, mejor que de reflejo –que sugiere una recepción pasiva- hay que hablar de interacción, de relación, de proyección del objeto en el sujeto, y de proyección del sujeto en el objeto.

Como dice Hegel: "El hombre tiende a manifestarse a sí mismo en aquello que existe como algo exterior a él. Realiza este fin haciendo cambiar las cosas exteriores, a las cuales imprime el sello de su interior, encontrando en ellas, así, su propio destino". "El sujeto –dice Hegel- no ve en ello que se enfrenta a nada extraño, un límite ni una barrera, sino que se encuentra solamente a sí mismo".

Engels ha dicho que "la unidad del mundo consiste en su materialidad demostrada por el largo y laborioso desarrollo de la filosofía y de la ciencia". Con esto tenemos una valiosa clave para comprender la concepción marxista de la relación entre sujeto y objeto, entre el ser y la consciencia. Es el trabajo del hombre condensado en el conocimiento filosófico y científico, es el trabajo del hombre, dice Engels, lo que demuestra la unidad material del mundo. Vale decir que la captación de que existe un objeto dotado de unidad material, lejos de ser un simple "reflejo", de que existe un objeto independiente del sujeto, es el resultado de la acción recíproca entre el sujeto y objeto, de su interacción, de su unidad contradictoria.

¿Y qué afirma el marxismo sobre la conciencia? El marxismo afirma que la conciencia –lo que el hombre piensa de sí mismo y de lo que lo rodea- no puede explicarse a sí misma. El marxismo trata de captar cuáles son las condiciones de la conciencia, es decir, cómo y por qué el hombre llega a creer algo de sí y sobre el mundo. El marxismo hace la crítica de la conciencia y de las condiciones en que surge la conciencia, y demuestra que la conciencia puede ser verdadera o falsa. Y la clave para comprender el porqué está en la historia del hombre. Por eso Marx dice que "no es la conciencia lo que determina la existencia, sino su existencia social lo que determina su conciencia" (Prólogo de 1859 a la Crítica de la economía política).

El marxismo demuestra que la conciencia está determinada, es decir, que no existe en el aire ni flota en las nubes, sino que tiene sus raíces en la tierra. Pero atención: si el marxismo afirma que la conciencia está determinada, afirma también que está determinada como conciencia, vale decir, que puede explicarse cómo el medio actúa sobre la conciencia, pero que de ningún modo puede reducirse la conciencia a un mero reflejo del medio. El idealismo coloca a la conciencia entre las nubes, como prolongación de Dios, de la Idea o de cualquier fuerza mística extraterrena, y le atribuye una autonomía y un poder sin límites. El materialismo vulgar, por el contrario, reduce a nada la conciencia y le quita toda autonomía, considerándola como una mera secreción cerebral, como una especie de caspa que sale en forma de ideas que no hacen más que "reflejar" –como fotografías- el objeto exterior. El marxismo muestra que las raíces de la conciencia están en la tierra y en la sociedad, que la conciencia no es omnipotente; está condicionada. Pero el marxismo no coloca la conciencia al nivel de la caspa, no la reduce a un mera fotografía de lo exterior. El marxismo coloca la conciencia entre las más altas realidades humanas, y se esfuerza para que la conciencia, captando las condiciones que la originan e inciden sobre ella, sea cada vez más lúcida y eficaz.

El desprecio por la conciencia y por sus problemas es totalmente extraño al marxismo. La gran batalla del marxismo se libra precisamente en el terreno de la conciencia. El marxismo lucha para modificar la conciencia de las clases oprimidas, para que éstas tengan una conciencia veraz de su situación y de la necesidad de revolucionarla.

(Necesidad del socialismo)

¿De qué naturaleza son los juicios que hace el marxismo sobre la realidad social? Marx demostró la necesidad del socialismo no en base a juicios éticos o morales sobre lo que debe ser, sino en base a lo que es la realidad capitalista y a sus perspectivas de evolución. Pero para el pensamiento marxista los juicios éticos o de valor –"lo que debe ser"- están inseparablemente unidos a los juicios de hecho, que se atienen a explicar "lo que es". El marxismo afirma que la necesidad del socialismo está objetivamente fundada en la estructura y la evolución del capitalismo, pero afirma también que el socialismo no vendrá por sí solo, como viene la lluvia de las nubes. El socialismo vendrá porque el hombre hace un juicio de valor y dice: "El capitalismo no puede ser, el socialismo debe ser", y lucha por esto y logra la transformación.

Los filósofos supuestamente marxistas de los grandes aparatos obreros –la II Internacional, y después el stalinismo- han eliminado esta profunda unidad dialéctica entre juicios de valor y juicios objetivos, y pretendieron transformar la teoría marxista del socialismo en una especie de física de la sociedad, en una supuesta ciencia que afirma que el socialismo es necesario independientemente de la voluntad de los hombres e independientemente de que los hombres lo consideren bueno o malo.

Por el contrario, el marxismo afirma que la sociedad no puede ser estudiada "objetivamente", al estilo de las ciencias naturales que estudian la física o la química. El marxismo demuestra que en el estudio de la sociedad y en los juicios sobre ella siempre interviene, además del conocimiento objetivo que describe, lo que es el juicio de valor que afirma lo que debe ser y lo que quiere que sea. Esto es así porque los hombres que conocen la sociedad y la historia son los mismos que hacen la sociedad y la historia. Y por lo tanto el conocimiento de la vida social y la historia no es ciencia sino conciencia. Por eso, toda separación de juicios de valor y juicios de hecho, toda separación de la teoría y la práctica, del conocimiento de lo que es y de la aspiración a lo que debe ser, es irrealizable cuando se trata de la comprensión de la historia de la sociedad.

Al comprender que por toda la estructura de la sociedad capitalista es necesario el advenimiento del socialismo, el marxismo afirma también que el socialismo debe ser, que el socialismo es conveniente para el hombre, y por lo tanto que el hombre debe tomar conciencia de esto y debe conscientemente trabajar para el advenimiento del socialismo.

Pero si, como afirmaban los escolásticos de la burocracia reformista de la II Internacional, o los escolásticos de la burocracia moscovita, el socialismo es una cosa que ya está inscripta en los hechos, si es algo que vendrá sea bueno o no, quiera el hombre o no, con tanta seguridad como vendrá la luz solar mañana a la mañana, entonces el papel consciente revolucionario del hombre queda reducido a nada, y en cambio se eleva a las nubes a los aparatos burocráticos, cuya función sería esperar que se realice esa supuestamente ineluctable aparición del socialismo.

El fatalismo mecanicista que supone que el socialismo es inevitable, independientemente de que el hombre lo quiera o no, otorga sin duda una gran tranquilidad de espíritu, robustece la fe de los creyentes; es casi una religión. Pero no tiene nada que ver con el marxismo.

El marxismo pone énfasis en la voluntad real y actuante del hombre. Los fatalistas, en cambio, sustituyen la voluntad consciente que actúa en procura de un fin y la reemplazan por un acto de fe simple y apasionada en un supuesto fin inevitable de la historia. Para esta gente, la Historia, así con mayúscula, viene a sustituir la fe en la Divina Providencia con que se consuelan los religiosos. El marxismo, repitámoslo, es justamente la antítesis y la negación de todo esto.

(La praxis)

Y así nos acercamos al último gran problema de la filosofía marxista que enfocaremos hoy. El marxismo habla de unidad inseparable de teoría y práctica. El marxismo no cree que ambas sean cosas distintas que se complementan entre sí. El marxismo niega que la teoría sea un "complemento" de la práctica, o viceversa. Para el marxismo, teoría y práctica no son más que momentos de un mismo proceso que es la praxis, es decir, la acción del hombre.

La concepción marxista de la praxis significa la mundanización, la terrenización absoluta del pensamiento. Praxis significa que quien forja al hombre, a su mundo, a su destino, no es ninguna fuerza extrahumana ni infrahumana. Praxis significa que el hombre no es producido ni condicionado por Dios, como tampoco por la Historia, la Razón, el instinto, la herencia, el medio, la raza, etc. Praxis significa que lo único que produce al hombre y que lo condiciona es la propia actividad teórico-práctica del hombre.

Veamos algunos párrafos de las "Tesis sobre Feuerbach" donde Marx insiste en el problema de la praxis:

"El defecto fundamental de todo el materialismo anterior (...) es que sólo concibe la cosa, la realidad, la sensoriedad, bajo la forma de objeto o de intuición, pero no como actividad sensorial humana, como práctica, no de un modo subjetivo. De ahí que el lado activo fuese desarrollado por el idealismo (...)" (Tesis I).

"El problema de si al pensamiento humano se le puede atribuir una verdad objetiva, no es un problema teórico, sino un problema práctico. Es en la práctica donde el hombre tiene que demostrar la verdad, es decir, la realidad y la fuerza, la terrenalidad de su pensamiento (...)" (Tesis II).

"La teoría materialista de que los hombres son producto de las circunstancias y de la educación (...) olvida que las circunstancias son cambiadas precisamente por los hombres... La coincidencia de la modificación de las circunstancias y de la actividad humana sólo puede concebirse y entenderse racionalmente como práctica revolucionaria (...)" (Tesis III).

"...la esencia humana no es algo abstracto, inherente a cada individuo. Es en realidad el conjunto de las relaciones sociales (...)" (Tesis VI).

"La vida social es esencialmente práctica. Todos los misterios que descarrían la teoría hacia el misticismo encuentran su solución racional en la práctica humana y en la comprensión de esta práctica" (Tesis VIII).

"Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo" (Tesis XI).

(El marxismo, totalidad abierta)

Para terminar, hagamos perfectamente claro algo que es fundamental para comprender la filosofía marxista. La filosofía marxista constituye lo que Lefebvre, y antes de él Labriola y Gramsci, denominan una "totalidad abierta". Es totalidad porque es una filosofía que abarca el conjunto de los problemas, que no es parcial o fragmentaria sino total. Una filosofía que no es un conjunto de teorías dispersas, sino un todo sistemático, con una estructura y una organización interna. Por eso el marxismo es una totalidad. Pero es una totalidad abierta, porque no es un sistema cerrado, es decir, que pretende estar terminado, listo para la eternidad y para ser aprendido de memoria. Al contrario, el marxismo reclama el aporte continuo de nuevos datos, de nuevos enfoques, que se articulan con los datos ya existentes y hagan así cada vez más completa y más profunda la concepción marxista del mundo.

Para comprender mejor qué es esto de una totalidad abierta, no hay más que observar lo que es un ser vivo. Un ser vivo es una totalidad con una estructura, pero es una totalidad en movimiento, una totalidad que continuamente incorpora nuevos elementos, que tiene conflictos, que se modifica pero sigue siendo esencialmente el mismo. Eso es también el marxismo: una totalidad abierta, que se enriquece con cada avance del conocimiento humano.

Cuarta parte

(Marxismo y ciencias sociales)

En reuniones anteriores señalamos cómo la ciencia oficial tergiversa el pensamiento marxista, sea intencionalmente o por ignorancia. Veamos un ejemplo: "Tampoco están dispuestos los antropólogos –dice un científico norteamericano- a dejar que los marxistas u otros deterministas culturales hagan de la cultura otro absoluto tan autocrático como el Dios o el Destino de algunas filosofías" (Kluckhohn, Antropología).

Pues bien, nosotros hemos visto cómo el marxismo, el auténtico marxismo, rechaza todo determinismo extrahumano. Para el marxismo lo único que "determina" es la actualidad del hombre. De modo que este antropólogo yanqui –que por lo demás es un hombre de ciencia muy respetable-, cuando pretende criticar al marxismo, actúa como un vulgar charlatán que no sabe de qué habla.

El marxismo señala que las ciencias humanas, las dificultades para la investigación son inmensas, pero no son del mismo orden que las que se presentan en las ciencias naturales. El marxismo es alertamente consciente de que, además de las dificultades comunes a todas las ciencias y a todo conocimiento de las relaciones humanas, en todos sus niveles, tiene dificultades específicas. Y estas dificultades provienen de la interferencia de la lucha de clases en la conciencia de los hombres (Lucien Goldmann).

Los sociólogos no marxistas objetan a "las tomas de posición política y a los juicios de valor que cabe señalar y criticar en la concepción marxista sobre las clases", y por su parte dicen:

"Ensayaré eliminar todo juicio de valor subyacente, en cuanto sea consciente (George Gurvitch).
El marxismo sostiene que esta eliminación de los juicios de valor no es posible ni deseable. La sociología no es ciencia, es conciencia (ya conversamos sobre esto en una reunión anterior). El estudio de las ciencias humanas no puede ser "objetivo" en el sentido en que son objetivas las ciencias naturales. Se puede estudiar el movimiento de los astros, o de los electrones y protones, sin tomar partido, porque esas realidades no son producidas por el hombre y por lo tanto es absurdo decir que "está bien", que es "bueno" o "malo" que un planeta gire en ésta o en aquélla órbita. Pero las ciencias del hombre actúan sobre una realidad que es producto de la acción del hombre y ante la cual es imposible no hacer juicios de valor y no tomar posición. Por ejemplo: al estudiar la esclavitud, el "no tomar partido" es tomar partido a favor, porque la indiferencia equivale a sancionar lo que existe.

Lo que habitualmente se denomina "sociología", esa supuesta ciencia que intenta agrupar y clasificar las relaciones entre los hombres según modelos y categorías tomadas de las ciencias naturales, es despreciada por el marxismo. La pretensión de reducir la experiencia humana a "leyes" de tipo mecánico fatalista –como la ley de dilatación de los cuerpos, etc.- es rechazada también por el marxismo. La pretensión de tratar los hechos sociales, es decir, las relaciones entre los hombres, como "cosas", también es extraña al marxismo, que demuestra que el intento de tratar las relaciones interhumanas como "cosas" es un producto de la alienación.

Cuando el Diccionario de Filosofía staliniana de Rosental y Iudin dice que "Marx demostró que el curso de las ideas dependen del de las cosas" está demostrando en realidad que este diccionario no tiene nada que ver con el marxismo. En el lenguaje diario, e incluso en el lenguaje de la lucha política o de la interpretación de un fenómeno histórico particular, podemos decir que "las cosas vienen mal o bien", que "el curso de las cosas" obliga a esto o lo otro. Podemos decir, por ejemplo, que "por el curso de las cosas" el establecimiento de una universidad privada favorecerá a las clases privilegiadas. Esto es así porque en el lenguaje de todos los días, incluso en lenguaje político, nos movemos en el terreno de la alienación, en el terreno en que las relaciones entre los hombres aparecen como relaciones entre cosas, que no están sometidas al control del hombre sino que lo dominan. Pero cuando planteamos la cuestión en el terreno del marxismo, que es el terreno en que se rompe con la alienación, en que se ve más allá de las cosas para descubrir las relaciones humanas que hay detrás de ellas, en este terreno es infinitamente erróneo decir que "el curso de las ideas depende del curso de las cosas". El curso de las ideas depende del contexto social en que se desenvuelven, y este contexto social no consiste en "cosas" –como las estrellas, o la lluvia, o la cordillera de los Andes-, sino en relaciones entre hombres.

El pensamiento vulgar contrapone "la sociedad" y "el individuo", y supone que la sociedad es un agregado de individuos que, en sí mismos, son distintos de la sociedad. Marx, por el contrario, señala: "Es necesario evitar hacer de la sociedad una abstracción enfrentada al individuo. El individuo es el ser social. Sus manifestaciones de vida son una expresión y una confirmación de la vida social" (Manuscritos..., traducción de MP).

Esto es así porque para vivir hay que producir. Y no se puede producir sino en colaboración con otros hombres. Para reproducirse se necesitan dos personas de distinto sexo. Es decir, ya en las necesidades más íntimamente individuales está contenida la absoluta necesidad de la relación social con otras personas.

"El hombre, por el doble conato que lo caracteriza: de una parte el de conservar la propia vida, de otra, el de prolongarse en otros seres, pertenece desde luego a la naturaleza. Pero, por este mismo doble conato, viene a hallarse engranado también en la sociedad. Y es que para lograr sus propósitos ha de unirse a otros individuos que con él colaboren, sean cuales fueren las condiciones, el método y el objeto de la colaboración. De ahí el recíproco enlace entre la forma determinada que reviste la producción y el tipo de colaboración vigente y el grado de desarrollo de la sociedad (Marx, La ideología alemana, subrayado de MP).

"La organización social y el Estado brotan de la vida de determinados individuos. Pero de la vida de esos individuos considerados no según ellos se conciben en su propia mente o según los conciben los demás, sino como son en realidad, esto es, según obran, producen materialmente; según como despliegan –refrenados por determinadas barreras, bajo imposición de determinados presupuestos y bajo condiciones de que no son dueños- la actividad que les es propia. El nacimiento de las representaciones, las ideas, la conciencia, se halla inmediatamente enlazada desde sus comienzos con la actividad y las relaciones materiales de los hombres, con su vida real. Lo que los individuos se representan, lo que piensan, lo que ponen de manifiesto en el trato espiritual con sus semejantes es el resultado de su vida material. Y lo dicho de los productos espirituales de los individuos aplícase asimismo a los de un pueblo entero, en los diversos órdenes de la lengua, la política, la legislación, la moral, la religión, la metafísica, etc. Pero –insistimos- los individuos a que nos referimos son los individuos reales y activos, sujetos en su acción al grado de desarrollo de sus fuerzas productivas y a las relaciones (...) que los ligan los unos a los otros, desde los que rigen en los grupos pequeños hasta los que se extienden a las agrupaciones más amplias" (La ideología alemana).

Destaquemos la importancia particular de la afirmación "desde las que rigen en los pequeños grupos", en vista de las modernas investigaciones sobre dinámica de los grupos.

La conciencia brota en el terreno de esta estructura de relaciones interhumanas. En términos de Marx: "La conciencia es, desde un comienzo, un producto social, y lo seguirá siendo mientras haya hombres" (La ideología alemana).

Todo el comportamiento del hombre es decisivamente plasmado por lo que los antropólogos llaman "cultura". Por "cultura" la antropología quiere significar la manera total de vivir de un pueblo, el legado social que el individuo recibe de su grupo. O bien puede considerarse la cultura como "aquella parte del medio ambiente que ha sido creada por el hombre" (Kluckhohn, 1951).
Lo más íntimo de cada individuo, lo que se supone más individual y más privado, en realidad no es tan individual ni tan privado. La psicología de nuestros días comprueba científicamente que "las manifestaciones exteriores de nuestros afectos aparecen como deberes impuestos por el grupo, como también lo que son propios afectos. Para innumerables circunstancias de la vida diaria la colectividad nos fija a la vez los sentimientos que debemos tener y la manera en que tenemos que expresarlos (Blondel, 1952).

"Nuestro régimen de concepto, con sus compatibilidades y sus incompatibilidades, sus atracciones y sus repulsiones, su jerarquía, su orden y su escala de valores, nos viene del grupo del que formamos parte. Se graba en nosotros, sin que podamos eludirlo, mediante el lenguaje que aprendemos desde nuestra primera infancia, por la disciplina colectiva que soportamos sin tregua desde el nacimiento hasta la muerte. No captamos la realidad tal como es, sino tal cual se la concibe y quiere la colectividad a la que pertenecemos. La realidad vista con los ojos del grupo, si así puede decirse, es para nosotros indiscernible de la realidad misma. Y esto vale no sólo para la realidad exterior, sino también para la vida interior. Reflexionar es hablarse su propio pensamiento; tratar de tener conciencia clara de un estado de alma, por personal que en apariencia sea, es captarlo dentro del cuadro que la colectividad le ha fijado, afectado con el valor que ella le atribuye; es confundirlo con ese cuadro y ese valor mismos. El régimen de conceptos que debemos a nuestro grupo tiene, pues, como primer efecto, introducir la objetividad propia de las representaciones colectivas en todo el dominio de nuestra experiencia, tanto interna como externa" (Blondel, citado por Dumas, 1948).

Dice Margaret Mead: "La prueba que nos suministran las sociedades primitivas sugiere que las suposiciones que cualquier cultura hace acerca del grado de frustración o satisfacción contenido en las formas culturales, puede resultar más importante para la felicidad que la cuestión de cuáles estímulos biológicos se ocupa de desarrollar y cuáles de suprimir o dejar sin desarrollo. Podemos tomar como ejemplo la actitud de la mujer en la era victoriana, de la que no se esperaba que gozara en la experiencia sexual y que en realidad no gozaba".

En la reunión anterior, al terminar, yo le decía a uno de ustedes que a estas reuniones nuestras no las denominara "clases". Y le explicaba algo que considero vale la pena repetir para todo el grupo. Sobre el marxismo no pueden darse "clases". Pueden exponerse principios y problemas. Pero no puede darse clase en el sentido estricto de la palabra. Y esto no por un problema de técnica didáctica, sino por una razón esencial, que está en la naturaleza misma del marxismo. Y es la siguiente: el marxismo no es una "materia" ya terminada, que del período de lucha y la polémica –hacia fuera y hacia dentro- haya entrado en la etapa de una expansión orgánica. El marxismo no es una cosa terminada. El marxismo está haciéndose. Y precisamente el más grande peligro de los clásicos cursos y manualitos tipo los de Politzer y compañía reside en que tienden a dar la impresión de que el marxismo es algo que ya está listo para aprenderse en cierto número de lecciones, como se aprende geografía o aritmética.

Quinta parte

(Marxismo y economicismo)

Vemos entonces que a distintas organizaciones sociales corresponden distintas personalidades humanas, distintas "naturalezas" humanas. Pero ¿cuáles son los aspectos decisivos, los puntos neurálgicos en que origina la diferencia entre una sociedad y otra? El marxismo responde a esto con el concepto de "relaciones de producción".

"Hay –dice Marx- una verdad de evidencia tal que se impone darla por presupuesta y admitida. Y consiste ella en que el hombre, a fin de poder vivir, tiene que satisfacer ciertas necesidades ineludibles: ante todo la de alimentarse, cubrir su desnudez, cobijarse bajo techado, etc. Si no las satisface, no podrá vivir, ni menos aún hacer historia. En consecuencia, el primer hecho de la historia del hombre –hecho que debe cumplirse cada día y cada hora, hoy como hace siglos- estriba en producir los medios con que sostener su vida material. (...) Lo primero, pues, que debe proponerse todo historiador es examinar en todo su significado y hacer justicia a este hecho fundamental. (...)

"Es un hecho, pues, que determinados individuos que trabajan y producen de determinada manera contraen relaciones sociales y políticas. ¿Cuál es concretamente ese vínculo que media entre la organización social y la producción? A eso no cabe responder por vía especulativa. Ella debe estudiarse empíricamente en cada caso (...) En cualquier período histórico que consideremos hallaremos una suma de fuerzas productivas, de circunstancias, de un modo de relacionarse los individuos con la naturaleza y entre sí, que la generación de ese período ha recibido en herencia de la inmediata precedente. La nueva generación modifica sin duda el patrimonio legado por la generación anterior. Pero eso no quita que aquél influya poderosamente sobre ella, prescribiéndole el camino por donde ha de desenvolverse y confiriéndole carácter especial. Por tanto, las circunstancias hacen a los hombres no menos que los hombres a las circunstancias. Esta suma de fuerzas productivas y formas de relación social, que cada individuo y cada generación encuentra ante sí como algo independiente de su voluntad, es el fundamento real del hombre..." (La ideología alemana).

"Los mismos hombres que establecen las relaciones sociales conforme a su productividad material, producen también los principios, las ideas, las categorías, conforme a sus relaciones sociales" (Miseria de la filosofía).

Ahora bien: estas ideas, estas categorías o estas creencias populares tienen la misma energía que una fuerza material. En las relaciones sociales no hay fuerza material pura; la fuerza material se acompaña de una forma ideológica, y la forma ideológica tiene un contenido material. "Los hombres hacen su propia historia –explica Marx- pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo aquellas circunstancias con que se encuentran directamente, que existen y transmiten el pasado. La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos" (El 18 brumario de Luis Bonaparte, I).

Cuando Marx habla de "economía" no se refiere a la producción en general, sino a las relaciones de producción, es decir, a las relaciones de los hombres con la naturaleza y entre sí en torno a los medios de producción.

Casi desde el momento en que comenzó a difundirse el pensamiento marxista fue calumniado –por enemigos y por supuestos partidarios- con la afirmación de que el marxismo es una "interpretación económica de la historia". Ya veremos que esto es totalmente falso. Lo único cierto es que el marxismo puso énfasis en la necesidad de estudiar la organización económica de la sociedad.

Para captar sin deformaciones qué es lo que el pensamiento marxista afirma sobre la naturaleza de la organización social, es necesario abandonar expresiones como "estructura económica" o "base económica" de la sociedad. Marx y Engels –sobre todo Engels- utilizaron a veces estas expresiones para hacer su pensamiento más accesible, más didáctico. Pero hoy día, a fuerza de simplificar esas expresiones, a fuerza de repetirlas como recetas y desglosarlas del conjunto del pensamiento de Marx, esas palabritas "estructura" o "base" sirven para deformar el marxismo. Por eso nosotros preferimos no hablar de "estructura" y menos aún de "base" sino de formación económico-social, concepto que amplía Marx en El capital. En tres palabras cargadas de sentido, explica Lefebvre, este concepto designa los elementos de la sociedad y reconstruye su totalidad indicando que esa totalidad es un devenir, una historia. Debemos distinguir lo económico de lo social, que son dos niveles de la realidad. Tomados aisladamente son abstracciones unilaterales. Lo concreto no existe sino en su unidad, y solamente se lo capta concibiendo su unidad.

La relación entre lo económico y lo social –explica Lefebvre- no puede concebirse como una unidad confusa, ni como una jerarquía estática, ni como una simetría, ni como una reducción, ni como ningún otro tipo de relación lógica. Marx compara lo económico al esqueleto, y su estudio a la anatomía, mientras que la ciencia de lo social se aproximaría a la fisiología. En un sentido, por lo tanto, lo económico es más real que lo social: el organismo superior tiene necesidad de un esqueleto; sin embargo, lo fisiológico es superior a su "condición", porque sólo él vive. Lo social representa un desarrollo de la economía, representa el desarrollo de sus contradicciones. Los fenómenos sociales son más ricos, más complejos que su esencia "económica".

Ahora bien, en esencia, la formación económico-social consiste en esto: hombres que establecen determinadas relaciones con otros hombres. Como explicaba Labriola, "en las vulgarizaciones de la sociología marxista, las condiciones, las relaciones, las correlatividades de coexistencia económica se transforman (...) en alguna cosa existiendo imaginariamente por encima de nosotros, como si en el problema hubiera otros elementos que éstos: individuos e individuos, es decir, locatarios y propietarios, terratenientes y arrendatarios, capitalistas y asalariados, patrones y domésticos, explotados y explotadores, en una palabra, hombres y otros hombres que, en condiciones dadas de tiempo y lugar, se hallan en relaciones diferentes de dependencia recíproca..." (Filosofía y socialismo, subrayado de MP).

Dice Engels que "la concepción materialista de la historia parte de la tesis de que la producción y con ella el intercambio de lo producido es la base de todo orden social" (AntiDühring, subrayado de MP). Este párrafo es extremadamente peligroso para la comprensión del auténtico pensamiento marxista si quedan sin aclarar dos cosas fundamentales: 1) la "producción" a que se refiere Engels no debe entenderse como producción en general, como proceso técnico de producir, sino en el sentido de las relaciones de producción, es decir, las relaciones que los hombres contraen en el proceso de producción y reproducción de su vida; 2) "base" es aquí una mala palabra, porque sugiere algo estático y netamente separado y separable de lo que está sobre la base. Pero, en realidad, las relaciones que losa hombres contraen en el proceso de producción son dinámicas por definición; además, estas relaciones sólo pueden separarse de todas las restantes en el análisis, en la abstracción del pensamiento, pero en la realidad están inseparablemente unidas.

Esto que acabamos de decir, ¿significa que Engels "se equivocó" o que conscientemente deformó el pensamiento marxista que él mismo contribuyó a crear? No. Lo que ocurre es que, como explica Lefebvre, "después de haber contribuido a la formación del marxismo, Engels se ocupó de exponerlo didácticamente... Pese a su genio, igual al de Marx, Engels tendía a simplificar pedagógicamente los problemas, a suponerlos resueltos, y por eso a esquematizar y sistematizar" (Problemas actuales del marxismo, III).

Y ya al término de su vida el propio Engels advirtió los tremendos peligros que significaba para el marxismo esa simplificación pedagógica de su pensamiento; por eso afirmaba Labriola que leyendo sus cartas últimas "se ve claramente que Engels temía que el marxismo se hiciera muy rápido una doctrina barata" (Filosofía y socialismo). Por eso, para hacerle justicia a Engels y para comprender el auténtico pensamiento marxista, conviene leer esas últimas cartas de Engels, que son sus últimas obras teóricas:

"La concepción materialista de la historia también tiene hoy día un montón de amigos a quienes les sirve de excusa para no estudiar historia. (...) En general, la palabra materialista les sirve a muchos jóvenes escritores alemanes de simple frase mediante la cual se rotula, sin más estudio, toda clase de cosas; pegan esa etiqueta y creen que la cuestión está resuelta. Pero nuestra concepción de la historia es, por sobre todo, una guía para el estudio... Es necesario reestudiar toda la historia, deben examinarse en cada caso las condiciones de existencia de las diversas formaciones sociales antes de tratar de deducir de ellas los conceptos políticos, jurídicos, estéticos, filosóficos, religiosos, etc." (Carta a Conrad Schmidt, 5-8-190). Obsérvese cómo aquí Engels no habla de "base" sino de "formación social".

Y en otras cartas dice: "Según la concepción marxista de la historia, el elemento determinante de la historia es en última instancia la producción y reproducción de la vida real. Ni Marx ni yo hemos afirmado nunca más que esto; por consiguiente, si alguien lo tergiversa transformándolo en la afirmación de que el elemento económico es el único determinante, lo transforma en una frase sin sentido, abstracta y absurda" (Carta a J. Bloch, 21-8-1890). Recordemos lo que quiere decir concreto y abstracto; hablamos de eso en la reunión en que trabajamos sobre Hegel.
"Marx y yo tenemos en parte la culpa de que los jóvenes escritores le atribuyan a veces al aspecto económico mayor importancia que la debida. Tuvimos que subrayar este principio fundamental frente a nuestros adversarios, quienes lo negaban, y no siempre tuvimos tiempo, lugar ni oportunidad de hacer justicia a los demás elementos participantes en la interacción. Pero cuando se trata de presentar un trozo de historia, esto es, de una aplicación práctica, la cosa es diferente y no hay error posible" (Carta a J. Bloch del 21-9-1890).

"No tiene más que mirar El 18 brumario de Marx, que trata casi exclusivamente del papel particular desempeñado por las luchas y acontecimientos políticos, desde luego dentro de su dependencia general de las condiciones económicas. (...) Lo que les falta a esos señores es dialéctica. Nunca ven otra cosa que causa por aquí y efecto por allá. El que esto es una abstracción vacía, (...) y el que todo es relativo y nada absoluto, esto nunca terminan de verlo. Para ellos Hegel nunca existió" (Carta a Conrad Schmidt, 27-10-1890).

Queda claro entonces que el marxismo, como todas las esferas en que transcurre la actividad del hombre, es una esfera concéntrica, y que en el centro –centro que es a la vez punto de partida y el límite de todo el conjunto- se hallan las relaciones que los hombres contraen en el proceso de producción y reproducción de su vida. Esto no significa, de ningún modo, que todo lo que el hombre hace esté directamente vinculado a las relaciones existentes en torno a la producción. Como plantea Antonio Gramsci "La pretensión de presentar y explicar toda fluctuación de la política y de la ideología como una expresión inmediata de la estructura debe ser combatida teóricamente como un infantilismo primitivo, y prácticamente debe ser combatida con los testimonios auténticos de Marx, escritor de obras políticas e históricas concretas" (El materialismo histórico y la filosofía de Benedetto Croce, traducción de MP).

Esta interpretación concreta, fresca, esencialmente dialéctica del pensamiento marxista la encontramos en la primera obra de Lenin, que escribió cuando tenía 24 ó 25 años. En ella Lenin pone el énfasis en el concepto marxista de "formación económico-social", y cita este concepto de Marx. Y polemiza contra quienes tergiversan el marxismo, pretendiendo reducirlo a un determinismo económico y "atribuyéndole el propósito absurdo de no tomar en consideración todo el conjunto de la vida social". Y Lenin afirma que los marxistas "han sido los primeros socialistas que señalaron la necesidad de analizar no sólo el aspecto económico, sino todos los aspectos de la vida social", ¡y para demostrarlo cita los trabajos de la juventud de Marx, los trabajos de 1843! (Quiénes son los Amigos del Pueblo). Es decir: Lenin, aunque su formación filosófica es entonces todavía elemental, aunque no ha trabajado a Hegel, capta lo esencial del marxismo, que busca captar concretamente a la sociedad y no la "divide" torpemente en "lo económico", que sería "lo fundamental", y "lo ideológico", que sería "lo secundario".

Por el contrario, en Stalin vemos desde el comienzo y hasta su última obra un pensamiento torpemente mecanicista, que considera al marxismo como un sistema de verdades listo para que los escolares lo aprendan de memoria y que intenta torpemente "explicar" todo como un simple producto de la economía o la clase social. Veamos este párrafo de una de las primeras obras de Stalin que en calidad de pensamiento es tan antimarxista como la última que escribió antes de morir: "La vida contemporánea está montada según normas capitalistas; en ella existen dos grandes clases: la burguesía y el proletariado. En correspondencia con estas dos clases hay una doble conciencia de clase, burguesa y socialista. La segunda se ajusta a la situación del proletariado" (Anarquismo y socialismo, 1905).

(Concepción materialista de las ideologías)

El hacer y el pensar están inseparablemente unidos, son momentos inseparables de una misma actividad humana, pero no son idénticos. Lo que el hombre piensa sobre lo que hace no siempre coincide con lo que en realidad hace. Hay profundas influencias de orden social –en primer término la lucha de clases- y de origen afectivo –esencialmente el sexo- que inciden para que el hombre se engañe a sí mismo acerca de su actividad y de sus obras.

Tomemos el caso de nuestro grupo. Todos los que estamos aquí tenemos ciertas ideas acerca de la existencia y las funciones de este grupo y de sus relaciones con otros grupos. Ahora bien: estas ideas pueden no coincidir con lo que realmente es este grupo, con lo que realmente hace. Y para comprender realmente lo que este grupo es, no podríamos basarnos en lo que sus integrantes creen, sino en lo que el grupo hace.

Esto vale no sólo para nuestro grupo sino para toda la sociedad. El marxismo busca "la base real de la ideología" (La ideología alemana), es decir, cuáles son las condiciones en las que se origina lo que el hombre piensa que él es. "En la vida corriente –dice Marx- cualquier tendero sabe distinguir muy bien entre lo que alguien pretende ser y lo que de veras es. Lo que es nuestros historiadores, no han alcanzado ese trivial conocimiento. Ellos le creen bajo palabra a una época que es realmente lo que dice y lo que imagina ser. (...) Habrá que rastrear en las ilusiones, sueños y torcidas imaginaciones (...) que se explican muy sencillamente por su posición en la vida, sus ocupaciones y la división del trabajo" (La ideología alemana).

"La voluntad está movida por la pasión o por la reflexión. Pero los resortes que a su vez mueven directamente a éstas son muy diversos. (...) Hay que preguntarse qué fuerzas propulsoras actúan, a su vez, detrás de esos móviles. (...) Todo lo que mueve a los hombres tiene que pasar necesariamente por sus cabezas, pero la forma que adopte dentro de ellas depende en gran parte de las circunstancias" (Engels, Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana). Y esas circunstancias son, en esencia, el sistema de relaciones entre los hombres.

La psicología moderna comprende que los actos del enfermo mental no son meras "locuras" carentes de sentido, sino que tienen un profundo sentido cuya explicación ha de encontrarse en la vida del enfermo. El marxismo comprendió mucho antes que toda ideología –incluyendo el prejuicio y la creencia en los demonios- tiene un sentido que hay que buscar en la vida real de la sociedad. El pensamiento racionalista clásico se ocupaba de comparar las ideologías entre sí y con la realidad y, según lo que surgiera de esa comparación, distinguía entre ideologías ciertas y falsas, considerando a éstas un producto de la estupidez, del prejuicio o de la mala fe. El marxismo va mucho más allá. El marxismo comprende que "toda idea, aunque se falsa, tiene raíces en la realidad. (...) Aun las fantasmagorías que se finge en su cerebro se asientan necesariamente sobre su vida material, comprobable por vía empírica, ligada a ciertos presupuesto materiales: son sublimaciones de ella [de la vida material]" (La ideología alemana).
El marxismo estudia al hombre –es decir, a la sociedad- procurando captarlo concretamente, tal cual es en la vida real. "Nuestro punto de partida –dice Marx- no es arbitrario. No es ningún dogma. Se halla en la realidad. (...) Nuestro punto de partida son los individuos reales, su acción y sus condiciones de vida materiales, tanto las que se encuentran realizadas como las que se realizan merced a aquélla" (La ideología alemana).

(Teoría de las clases sociales)

Ahora bien: el marxismo afirma que hay un aspecto de la realidad que es el que más profundamente penetra al hombre y más completamente lo circunscribe, condicionando el curso general de su vida exterior e interior. Ese aspecto de la realidad es la clase social a la que pertenece el individuo.

"Nosotros –dice uno de los pocos filósofos marxistas que existen hoy en día- vemos en la existencia de las clases sociales y en la estructura de sus relaciones el fenómeno clave para la comprensión de la realidad social, y esto no por razones dogmáticas de fe o de ideas preconcebidas, sino simplemente porque nuestra propia investigación, así como todos los trabajos que hemos podido conocer, nos han demostrado siempre la importancia excepcional de este grupo social con relación a todos los otros" (L. Goldmann, Ciencias humanas y filosofía, traducción de MP).

Efectivamente, todo el trabajo de la sociología no marxista de nuestros días –trabajo que se realiza principalmente en EE.UU., ciudadela del imperialismo, al grito de ¡abajo Marx!- no hace más que poner en evidencia, empírica y hasta matemáticamente, la decisiva importancia de las clases sociales en la configuración del hombre contemporáneo. Vemos así que un sociólogo yanqui, reuniendo una gran masa de información, dice que "el sueño americano de la igualdad de oportunidades tiende a despreciar la importancia de las diferencias sociales. Nuestros clisés culturales afirman que ‘no hay clases en Estados Unidos’. Pero la circunstancia de que la gente sea propensa a confundir sus sueños con la realidad y no sea plenamente conciente de la influencia de factores de clase sobre su conducta y su experiencia no significa que las clases sociales no existan. Las diferencias de riqueza, de ingresos, de ocupación, de prestigio, de autoridad y de poder, que son todas manifestaciones de la estructura de clase, representan realidades básicas de nuestra existencia" (Mayer, 1955).

Y agrega: Todo, desde la probabilidad de permanecer vivo durante el primer año de vida hasta la probabilidad de conocer las mejores obras de arte, la probabilidad de crecer sano y fuerte, y si se enferma de curarse rápidamente, la probabilidad de evitar convertirse en delincuente juvenil, y la probabilidad de obtener una educación superior –todas estas probabilidades de vida- están crucialmente influenciadas por la posición que se ocupa en la estructura de clase".

¿En qué se revela la posición de clase? En una batería de características, en una constelación de situaciones entre las cuales tenemos: la ocupación, el ingreso, la riqueza, la duración de la vida, la salud física y mental, la educación, la protección que acuerda la justicia, la conducta sexual y familiar (Informe Kinsey), las características temperamentales, etc.

Las investigaciones demuestran que la clase social es una constelación, una configuración, una totalidad de condiciones y formas de vida, que siempre tienden a marchar juntas, y que se estructuran en torno a la relación que diversos grupos humanos establecen respecto de otros, en el proceso de trabajo mediante el cual se mantiene la sociedad entera.

Esas investigaciones demuestran que existe una elevada correlación matemática –estadísticamente comprobable- entre condiciones y formas de vida tales como: a) la propiedad (o falta de propiedad) de medios de producción, de transporte, de cambio, etc.; b) la ocupación; c) el nivel de ingresos y la riqueza; d) el poder (la capacidad de controlar a otros); e) el prestigio; f) la educación. Esas mismas investigaciones psico-sociales están revelando concretamente cómo la clase modela la personalidad. Empíricamente se está constatando cómo y a través de qué mecanismos los niños de las clases dirigentes van estructurando una personalidad audaz, agresiva, confiada, segura de sí misma, ambiciosa, mientras que todo lo contrario ocurre con los niños de las clases explotadas.

En fin, estos estudios insospechables de marxismo confirman lo que Marx afirmaba en 1846: En todas las épocas, el pensamiento de la clase que se halla en la cima del poder ejerce un predominio absoluto. La clase que impera en la sociedad materialmente, impera a la par espiritualmente. La clase que tiene a su alcance los medios para la producción material, dispone también de los medios para la producción espiritual [ante todo, el tiempo. MP], de modo que impone su pensamiento a los que, por carecer de los medios materiales, no pueden ser productivos espiritualmente" (La ideología alemana).

Sexta parte

(Teoría de las clases sociales / continuación)

No hay que confundir la posición de clase con la cantidad de dinero que se gana. Desde luego, la clase dominante en su conjunto gana mucho dinero, mientras que la clase oprimida, en su conjunto, gana apenas lo necesario para vivir. Pero en los sectores intermedios de la sociedad, y dentro de cada clase, las cosas no son tan netas y un burgués puede ganar cien veces más que otro, sin dejar de ser ambos burgueses.

Por eso dice Marx que la división en clases no está fundada ni en la magnitud de la fortuna ni en la de la renta: "El grosero buen sentido transforma la distinción de las clases en amplitud del portamonedas. (...) La medida del portamonedas es una diferencia puramente cuantitativa, por lo que se puede siempre lanzar uno contra otro a individuos de la misma clase" (La Sagrada Familia).

Por otra parte, tampoco debe confundirse la clase social con la profesión. Dentro de cada clase existen infinidad de profesiones. Como señala el sociólogo francés Edmond Goblot: "Son las clases las que influyen en la elección de las profesiones. Un burgués no se hace cerrajero o carpintero" (Goblot, citado por Gurvitch, El concepto de clases sociales); y agrega: "hombres de profesiones muy diferentes son idénticos en cuanto burgueses y se tratan como iguales". Entonces, pues, "la burguesía se reservaría las profesiones de iniciativa, mando, inteligencia, y dejaría a las clases populares los oficios de ejecución, de obediencia, de esfuerzo físico" (Idem).

En fin, hay que distinguir también entre "clase" y "casta". La clase es un grupo social "abierto", en el sentido de que legalmente nada le impide a las personas cambiar de clase. Si un obrero quiere ser burgués, no hay ninguna ley, escrita o no, que se lo prohiba. Sólo le hace falta dinero... o casarse con la hija de un burgués. La casta, en cambio, es un grupo social cerrado, en el cual se nace y se muere, sin modificación posible. El individuo no puede, por su propia determinación, entrar ni salir en una casta. Caso típico: los negros en Estados Unidos. Un negro, sea pobre o millonario, no puede entrar en restaurantes ni en otros lugares reservados para blancos, ni puede casarse con una mujer blanca. Un negro puede ser capitalista y pertenecer a la clase capitalista, pero nunca tendrá iguales derechos que los capitalistas blancos porque pertenece a una casta inferior, de acuerdo a la sociedad yanqui.

La clase existe antes de cada individuo e independientemente de su voluntad, y modela a los individuos conforma a las categorías que rigen la existencia de la clase. Marx lo explica así: "siendo iguales las condiciones de vida, el enemigo a vencer y los intereses, iguales hubieron de resultar por doquier las costumbres, al menos en sus rasgos generales. (...) Lo que une a los individuos de una clase es la guerra común que han de hacer a los de otra clase. Lo cual no quita que debido a la competencia se enfrenten como rivales hostiles los individuos de una misma clase. Por otra parte, la clase se independiza de los individuos. Éstos hallan al nacer prefijadas sus condiciones de vida. La clase a que pertenecen les señala su posición social, y con ello, la vía por la que han de desarrollar su personalidad Este sometimiento de los individuos a la clase en nada difiere de su sometimiento a la división del trabajo (...). (Ya hemos indicado muchas veces cómo este sometimiento de los individuos a la clase va derivando al mismo tiempo hacia un sometimiento a ideas, etc.)" (La ideología alemana).

Y en otro lugar dice Marx: "Sobre las diversas formas de propiedad, sobre las condiciones sociales de existencia, se levanta toda una superestructura de sentimientos, ilusiones, modos de pensar y concepciones de vida diversos y plasmados de un modo peculiar. La clase entera los crea y los plasma derivándolos de sus bases materiales y de las relaciones sociales correspondientes. El individuo suelto, a quien se le imbuye la tradición y la educación, podrá creer entonces que son los verdaderos móviles y el punto de partida de su conducta" (El 18 brumario..., traducción de MP).

Efectivamente, una investigación realizada en Estados Unidos por Richard Centers – La psicología de las clases sociales- ha demostrado, estudiando una muestra representativa de la población, que, como indicaba Marx, las circunstancias objetivas en que viven las personas generan en ellas una percepción más o menos clara o confusa pero perfectamente observable, de que tienen intereses comunes distintos a los intereses de otros grupos; de que son iguales a determinada clase de personas y distintos a las de otra clase (Centers, 1947).

Sin embargo, pese a esta unidad general que caracteriza a las actitudes de las personas integrantes de una clase, es indispensable tener en cuenta que dentro de las clases existen grupos que tienen distintos status, distintos prestigios, distintas afinidades. Por ejemplo, en la clase dominante existe una diferenciación muy importante que fue señalada por Marx: "La división del trabajo (...) tiene lugar también en la clase dominante. En ésta, el trabajo se divide en espiritual y material. Una parte de sus miembros hace las veces de pensadores (...). Claro que estando los miembros de la clase así divididos, nacen forzosamente entre ellos hostilidades y odios..." (La ideología alemana).

Como ustedes habrán observado, el marxismo caracteriza a las clases sociales por el conjunto de sus condiciones básicas de existencia, no por lo que los hombres creen o pueden creer que son, sino por lo que realmente son en el ejercicio de su vida. Ahora bien, ¿es concebible la existencia de una clase sin que los individuos que la componen se den cuenta que constituyen una clase? O, como dice el sociólogo francés Gurvitch, "Puede existir una clase sin toma de conciencia?". El marxismo responde a este interrogante distinguiendo, con términos hegelianos, clase en sí y clase para sí.

La diferencia entre clase "en sí" y clase "para sí", y la transformación de una en otra, Marx la describe en estos términos: "Las condiciones económicas habían transformado la masa del país en trabajadores. La dominación del capital ha creado en esta masa una situación común, unos intereses comunes. Así, esta masa constituye ya una clase enfrente del capital [en sí misma, es decir: una clase ‘en sí’ MP], pero no los es todavía para ella misma. En la lucha (...), esta masa se une, se constituye en clase para sí misma. Los intereses que defiende se convierten en intereses de clase" (Miseria de la filosofía).

Una clase es "en sí" por el solo hecho de existir. Una clase es "para sí" cuando toma conciencia de lo que la distingue de las otras clases; o sea, cuando adquiere "conciencia de clase". Pero es preciso advertir muy claramente que tener conciencia de clase es distinto a tener conciencia de los intereses históricos a largo plazo de una clase. Lukács señaló que, desde el punto de vista psicológico, la conciencia de clase es en realidad una inconsciencia, determinada por la posición social, histórica y económica del sujeto. Las recientes investigaciones empíricas en el terreno de la psicología demuestran que esto es así, efectivamente. Aun cuando las personas son psicológicamente inconscientes de que pertenecen a una clase, aun cuando no saben qué significa eso de clase social, o creen estar en una clase distinta a aquella a que pertenecen en realidad, aun así, estas personas se comportan –inconscientemente- de acuerdo a normas, a patrones, a modelos de conducta determinados por su posición de clase y "saben" inconscientemente que pueden hacer (o no pueden hacer) esto o aquello, que deben vestirse así y no de otro modo, etc.
Un obrero norteamericano habla contra el patrón, protesta contra el patrón, y sin embargo afirma –de buena fe- que pertenece a la clase media. Este obrero tiene una conciencia de clase, que psicológicamente se manifiesta como impulso inconsciente a diferenciarse del patrón y a protestar contra él. Pero no tiene conciencia de los intereses históricos de su clase. Ahora bien: la conciencia de los intereses históricos de la clase tiene que ser conciencia en todo sentido, incluso el psicológico, porque requiere una cantidad de experiencias y conocimientos políticos que deben ser más o menos racionalmente canalizados por la clase entera.

La conciencia de los intereses históricos de una clase, y la clase obrera en particular, requiere que esta clase se eduque. Pero ojo, que no se trata de la educación en el sentido escolar. Como dice Lenin, "la verdadera educación de las masas no puede ir nunca separada de la lucha política independiente y, sobre todo, de la lucha revolucionaria de las propias masas. Sólo la lucha educa a la clase explotada, sólo la lucha descubre la magnitud de la fuerza, amplía su horizonte, eleva su capacidad, aclara su inteligencia y forja su voluntad" (Informe sobre la revolución de 1905).
El sociólogo francés Gurvitch critica al marxismo afirmando que "la ausencia de una psicología colectiva de las clases representa, pues, una laguna muy seria en la teoría marxista y una de sus limitaciones más indiscutibles" (El concepto de clases sociales). En realidad, la limitación y la laguna no están en el marxismo, sino en la ciencia de la psicología, que recién en estos años está aportando las primeras conclusiones y generalidades más o menos concretas sobre los problemas de la psicología individual y colectiva.

El marxismo no ha podido profundizar en el problema de la psicología de las clases porque ése es un problema de investigación sobre el cual recién ahora la ciencia está arrojando resultados, pero en todo momento el pensamiento marxista ha prestado una atención fundamental al problema de la psicología de las clases. Y esto, cuando menos, por la razón fundamental de que la lucha práctica del marxismo se desenvuelve en el terreno de la psicología de las clases oprimidas y trata de modificarla, haciendo saltar las cadenas psicológicas mediante las cuales la clase dominante tiene dominada y maniatada la capacidad de reacción de los explotados.

Como explicaba Trotsky: "El proletariado produce armas, las transforma, levanta edificios en que se conservan, sirve en el ejército y crea todos sus equipos. No son candados ni murallas las que separan al proletariado de las armas, sino su hábito de sumisión, la hipnosis de la dominación de clase. Es suficiente destruir esas barreras psicológicas y ninguna muralla de piedra quedará en el camino".

En varios lugares Trotsky ha insistido en la decisiva importancia que tiene el desenvolvimiento de la psicología de las clases. En el primer tomo de la Historia de la Revolución Rusa, dice: "Las transformaciones que se producen entre el principio y el fin de una revolución en las bases económicas de la sociedad y en el sustrato social de las clases no bastan para explicar la marcha de la revolución. La dinámica de los acontecimientos revolucionarios está directamente determinada por rápidas, intensas y apasionadas conversiones psicológicas de las clases constituidas antes de la revolución" (Historia de la Revolución Rusa, tomo I, Prefacio, traducción de MP):

"Algunos historiadores soviéticos han intentado, por extraño que parezca, criticar nuestra concepción como idealista. El profesor Pokrovsky insiste, por ejemplo, en que nosotros habríamos subestimado los factores objetivos de la revolución: ‘entre febrero y octubre se produjo una formidable desorganización económica’; es precisamente en estos ‘desplazamientos objetivos y no en los procesos psíquicos variables –dice Pokrovsky- donde conviene ver la fuerza motriz de la revolución’. Gracias a su encomiable claridad en la forma de plantear las cosas –continúa Trotsky- Pokrovsky revela de la mejor manera posible la inconsistencia de una explicación vulgarmente económica de la historia, que demasiado frecuentemente se hace pasar por marxismo. Los cambios radicales que se producen en el curso de una revolución son provocados, en realidad, no por los descalabros económicos que se producen episódicamente, que tienen lugar en el curso de los acontecimientos mismos, sino por las modificaciones capitales que se han acumulado en las bases mismas de la sociedad durante toda la época precedente. Que en vísperas de la caída de la monarquía, así como entre febrero t octubre, el desastre económico se haya agravado constantemente, aguijoneando el descontento de las masas, es absolutamente innegable y jamás hemos dejado de tenerlo en cuenta. Pero sería un error demasiado grosero pensar que la segunda revolución tuvo lugar ocho meses después de la primera porque la ración de pan haya disminuido durante ese tiempo, pasando de libra y media a tres cuartos de libra.

"En los años que siguieron inmediatamente a la insurrección de octubre, la situación de las masas, desde el punto de vista del aprovisionamiento, continuó empeorando. Sin embargo, las esperanzas de los políticos contrarrevolucionarios, dirigidas a una nueva insurrección, sufrieron continuos fracasos. El hecho puede parecer enigmático solamente a quien se figura el levantamiento de las masas como un movimiento de ‘fuerzas elementales’. En realidad, las privaciones no son suficientes para explicar una insurrección, porque de lo contrario las masas estarían en perpetua insurrección; es necesario que la incapacidad definitivamente manifiesta del régimen social haya hecho intolerables esas privaciones, y que nuevas condiciones y nuevas ideas hayan abierto la perspectiva de una salida revolucionaria. Habiendo tomado conciencia de un gran destino, las masas muestran ser capaces de soportar privaciones dobles y triples.

"La alusión hecha por Pokrovsky a un levantamiento de la clase campesina como ‘factor objetivo’ demuestra un malentendido todavía más evidente; para el proletariado, la guerra campesina era, se entiende, una circunstancia objetiva, en la medida en que, en general los actos de una clase se convierten en impulsos exteriores para la formación de la conciencia de otra clase. Pero la causa inmediata de la insurrección campesina residió en las modificaciones del estado de espíritu de la campaña; uno de los capítulos de esta obra está consagrado a investigar la naturaleza de esas modificaciones. No olvidemos que las revoluciones son realizadas por hombres, aunque sean anónimos. El materialismo no ignora al hombre que siente, piensa y actúa: el materialismo lo explica" (Historia de la Revolución Rusa, tomo II, traducción de MP).

Marx ha dicho que la historia es la historia de la lucha de clases. Vale decir que el marxismo capta en toda su magnitud la incidencia que tiene la existencia de las clases –y las relaciones entre ellas- en el desenvolvimiento de la sociedad. Pero esto no quiere decir que las clases o la lucha de clases sean una varita mágica que permita explicarlo todo de un tirón, como la lucha entre Dios y el Demonio sirve a la teología para "explicar" todo, pasado, presente y futuro. Como explica Trotsky: "En la sociología marxista el punto inicial del análisis es la definición de clases del fenómeno dado. Sin embargo, en la mayoría de los casos, la mera definición de clase es inadecuada, porque una clase consta de diferentes estratos, pasa a través de diferentes estados de desarrollo, se encuentra en condiciones distintas, está sujeta a la influencia de otras clases, etc. Es necesario manejar estos nuevos factores para completar el análisis. (...) El sistema muscular y el esqueleto no agotan la anatomía de un animal, pero un tratado de anatomía que intentara ‘abstraerse’ de los huesos y los músculos flotaría en el aire" (En defensa del marxismo, traducción de MP).

Marx formuló su concepción sobre las clases hace 112 años. ¿Sigue siendo útil esta concepción para captar la realidad, explicarla y transformarla en sentido conforme a las necesidades propiamente humanas de la sociedad? El sociólogo Gurvitch afirma que "la sociología de hoy no puede contentarse con aceptar y aplicar la teoría de las clases de Marx" (El concepto de clases sociales). Bueno, desde luego la teoría marxista de las clases no es una fórmula acabada y lista para la eternidad, que no haya más que aceptar y aplicar, como se acepta y se aplica la fórmula de base por altura para obtener la superficie de un rectángulo. Cabe, desde luego, desarrollar, pulir, profundizar la concepción marxista sobre las clases. Por ejemplo, podemos aceptar que, como dice Gurvitch, "el problema de la conciencia de clase y de la ideología de clase reclama un análisis profundo, lo mismo que el problema de las relaciones existentes entre las clases sociales y los otros tipos de agrupamientos particulares". Pero lo cierto es que la concepción marxista es la única base sobre la cual trabajar fructíferamente para comprender el problema de las clases sociales.

Antes de terminar con el problema de las clases, digamos que en la sociedad capitalista existen tres clases sociales fundamentales: 1) los propietarios del capital (fábricas, bancos, comercios, etc.). Esta clase vive de la ganancia que le reditúa su capital. Es la clase capitalista o burguesía; 2) los propietarios de la tierra. Esta clase vive de la renta del suelo. Es la clase terrateniente. Como se advierte, estas clases son propietarias de los fundamentales medios de producción con que cuenta la sociedad actual. En el polo opuesto se halla la otra clase: 3) los que sólo son propietarios de su fuerza de trabajo. Esta clase vive del salario, es decir, de lo que obtiene por la venta de su fuerza de trabajo. Es el proletariado o clase obrera.

Entre estas clases fundamentales se encuentra un vasto sector intermedio llamado clase media, en el cual hay que distinguir con precisión dos sectores: a) los pequeños productores independientes y los profesionales independientes. Esta clase vive de la producción y venta de productos o servicios. Ejemplos clásicos son el sastre, el médico, el abogado, el campesino, el artesano. Es la vieja clase media; b) los técnicos, empleados, profesionales, artistas, etc., que viven de un sueldo que obtienen por la venta de sus habilidades o talentos. Es la nueva clase media.

La existencia de clases sociales implica que en la sociedad un grupo de personas tienen poder. Poder es la capacidad para controlar la conducta de otras personas. Y la existencia de Poder, cualquiera sea su forma, significa que existen relaciones de superior a inferior, de subordinación y dependencia.

Las clases sociales, o sea la división de la sociedad en grupos antagónicos ligados entre sí por relaciones de explotación, de subordinación y dependencia, no han existido siempre. La base necesaria para que aparezcan relaciones de clase es que la sociedad obtenga un producto excedente. Es decir, que su trabajo produzca algo más que lo estrictamente necesario para la subsistencia de cada trabajador. Cuando la sociedad produce sólo lo estrictamente necesario para cada trabajador, nadie puede vivir del trabajo de otro. Pero cuando la sociedad es capaz de producir excedente, surge la posibilidad de que un sector se apropie de ese excedente, producido por el trabajo de otros.

En la sociedad primitiva, que históricamente es el punto de partida de la sociedad humana, no existen clases sociales. Esta "sencilla organización" –explica Engels- "no es más que su agrupamiento espontáneo; es apta para allanar todos los conflictos que pueden nacer en el seno de una sociedad así organizada. La guerra es lo que resuelve los conflictos exteriores; puede aniquilar a la tribu, pero no avasallarla [no hay esclavitud porque no sirve. MP]. El lado grandioso del régimen de la gens, pero también su lado débil, es que no permite dominación ni servidumbre. En el interior no existe aún diferencia entre derechos y deberes; para el indio no existe el problema de saber si es un derecho o un deber tomar parte en los asuntos públicos, asociarse a una venganza de familia o aceptar una composición; planteárselo le parecería tan absurdo como preguntarse si comer, dormir o cazar es un deber o un derecho. Tampoco puede haber allí división de la tribu y de la gens en clases distintas. (...) En esta sociedad la división del trabajo es en absoluto espontánea, sólo existe de sexo a sexo. (...) El domicilio es común a varias y a menudo muchas familias. Lo que se hace y se utiliza en común es de propiedad común: la casa, los huertos, las barcazas. Sólo aquí es aplicable la expresión de la propiedad, fruto de trabajo personal..." (El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado).

En esta sociedad, fundada en la propiedad común de los medios de producción y de vida, existen desde luego conflictos individuales. Pero no existen conflictos ni luchas de clases, puesto que no existen clases. Por eso, esta sociedad comunitaria no necesita de un órgano de represión a fin de mantener el orden en beneficio de los poderosos. Vale decir que, en esta sociedad sin clases, el Estado no existe.

El Estado, explica Engels, es "un producto de la sociedad, cuando llega a un grado de desarrollo determinado; es la confesión de que esa sociedad se pone en una irremediable contradicción consigo misma, y está dividida por antagonismos irreconciliables, que es impotente para conjurar. Pero a fin de que las clases antagonistas, de opuestos intereses económicos, no se consuman a sí mismas y a la sociedad con luchas estériles, se hace necesario un poder que domine ostensiblemente a la sociedad y se encargue de dirigir el conflicto o mantenerlo dentro de los límites del ‘orden’. Y ese poder, nacido de la sociedad, pero que se opone por encima de ella, y se le hace cada vez más extraño, es el Estado. (...) Habiendo nacido el Estado de la necesidad de frenar los antagonismos de clase, pero naciendo también en el seno del conflicto de esas clases, como regla general es el Estado una fuerza de la clase más poderosa, de la que impera económicamente y que, por medio del Estado, se hace también clase preponderante desde el punto de vista político, y crea de ese modo nuevos medios de postergar y explotar a la clase oprimida" (Origen de la familia...).

Antes de terminar, por ahora, con el problema de las clases, señalemos esto: la escisión de la sociedad en clases fue un acontecimiento inevitable en el desarrollo de la humanidad: "hasta hoy –decía Engels hace 80 años- todas las diferencias históricas entre clases explotadoras y explotadas, dominantes y dominadas, han tenido su raíz en la misma productividad tan relativamente imperfecta del trabajo humano. Mientras la población realmente trabajadora, absorbida por su trabajo necesario, no tuvo ni un momento libre para dedicarlo a la gestión de los intereses comunes de la sociedad –dirección de los trabajos, negocios públicos, encauzamiento de litigios, arte, ciencia, etc.-, tenía que existir necesariamente una clase especial que, libre del trabajo efectivo, atendiese a estos asuntos; clase que acababa siempre, infaliblemente, echando nuevas y nuevas cargas de trabajo sobre los hombros de las masas productoras y explotándolas en provecho suyo. Hubo de venir la gran industria, con su gigantesca intensificación de las fuerzas productivas, para permitir que el trabajo se distribuyera sin excepción entre todos los miembros de la sociedad, reduciendo así la jornada de trabajo del individuo a límites que dejan a todos suficiente tiempo libre para intervenir, teórica y prácticamente, en los asuntos colectivos de la sociedad. Sólo hoy puede, pues, afirmarse que toda clase dominante y explotadora es inútil, más aún, perjudicial y entorpecedora para el progreso de la sociedad..." (AntiDühring).

(Sobre la fórmula estructura/superestructura)

En la reunión anterior hemos señalado que la esfera de las relaciones de producción –las relaciones que los hombres, grupos, clases, contraen en el proceso de producción- constituye a la vez el punto de partida y el límite de todos los sistemas o niveles de relaciones: familiares, políticos, ideológicos. En ese sentido utilizamos la imagen de esferas concéntricas, diciendo que la sociedad es un conjunto de esferas concéntricas cuya esfera más interior es el sistema de relaciones de producción. Desde luego, esta imagen hay que visualizarla no como un conjunto de esferas rígidas y estáticas sino como un conjunto de esferas infinitamente plásticas que están en perpetuo movimiento, interpenetrándose incesantemente.

Pero hemos insistido también en que entre la esfera de las relaciones de producción (esto es, la llamada estructura económica) y todas las restantes esferas de la sociedad (la llamada superestructura) no hay una relación mecánica de causa a efecto en un solo sentido, sino una relación dialéctica de unidad contradictoria, de interacción e interpenetración mutua.
Y en el seno de esta unidad contradictoria, la esfera de las relaciones de producción condiciona al conjunto en cuanto es a la vez, insistimos, el punto de partida y el límite de todas las restantes esferas. En cierto sentido, puede valer aquí una analogía, siempre que no se la tome demasiado al pie de la letra: las relaciones de producción son el límite de toda sociedad, y por eso la condicionan, así como el aparato respiratorio y el aparato digestivo de un ser humano son el punto de partida y el límite de su vida, y lo condicionan; lo cual no significa que el ser humano consiste solamente en un aparato respiratorio y un aparato digestivo, ni impide que otros niveles del organismo accionen sobre esos aparatos y modifiquen su funcionamiento.

Las relaciones de producción condicionan de modo general la evolución de la sociedad. Si se quiere, puede decirse – a mí no me gusta- que la estructura condiciona de modo general a la superestructura. Pero esto no significa que entre ambos niveles haya una correspondencia o un encaje perfecto y sin contradicciones. Al contrario: las relaciones entre la esfera llamada estructura y las restantes esferas de la sociedad son relaciones extremadamente contradictorias, discordantes y explosivas. Es fundamental insistir y subrayar que el pensamiento marxista, por ser concreto, el pensamiento más concreto plenamente, capta y pone en evidencia no sólo la existencias de una "estructura" que condiciona de modo general a la "superestructura"; el marxismo capta también, al mismo tiempo, la existencia de una superestructura relativamente autónoma, que evoluciona conforme a sus propias leyes y cuyas relaciones con la "estructura" constituyen un complejo entrecruzamiento de tendencias contradictorias que es preciso analizar en cada caso y que no pueden ser explicadas con ningún esquema simplista.

Comprender esto tiene una importancia infinita. Si no se comprende esto, el marxismo queda reducido a hojas secas. Veremos un ejemplo: en un famoso prólogo, Marx escribió: "Un estado social jamás muere antes de que en él se hayan desarrollado todas las fuerzas productivas que podía encerrar. Nuevas relaciones de producción, superiores a las antiguas, no ocupan su lugar antes de que sus razones de ser materiales se hayan desarrollado en el seno de la vieja sociedad" (Crítica de la economía política).

De este pensamiento de Marx, los escolásticos sacaron esta conclusión: un fenómeno político-social "de superestructura" como es la conquista del poder por el proletariado sólo puede ocurrir allí donde la "estructura" económica esté plenamente "madura". Por eso afirmaron durante años que era una locura suponer que la clase obrera pudiera tomar el poder. Y después de 1917 dijeron que Lenin había "revisado" a Marx. Ya volveremos sobre eso más adelante. Por ahora, lo que interesa señalar es esto: el párrafo de Marx pierde toda relación con el pensamiento de Marx si se olvida su carácter de enunciado general, que debe ser interpretado concretamente teniendo en cuenta que para Marx la superestructura político-social, si bien condicionada en términos generales por las relaciones de producción, es relativamente autónoma y tiene sus leyes propias, y puede entrar en contradicción con la estructura y discordar con ella, produciéndose así fenómenos –y qué fenómenos- de colosal trascendencia histórica, como el que el proletariado política y socialmente más maduro para conquistar el poder aparezca en países cuya estructura económica está muy lejos de hallarse madura para alumbrar relaciones de producción socialistas. Ya la inversa, ocurre que en los países donde la "estructura" económica está más madura para el socialismo, la "superestructura" –fundamentalmente, la maduración política del proletariado- está completamente retrasada en relación a la estructura.

Trotsky ha analizado muy profundamente este problema de la desarmonía y la contradicción entre "estructura" y "superestructura", indicando la tremenda importancia que tiene este problema para la política revolucionaria.

"La sociedad histórica viva –dice Trotsky- es profundamente desarmoniosa. La sociedad no está organizada tan racionalmente que las probabilidades de una dictadura del proletariado se produzcan justamente en el momento en que las condiciones económicas y culturales han madurado para el socialismo. Si la humanidad se desarrollara tan regularmente, no habría necesidad de dictaduras ni de revoluciones en general. La expresión de las desarmonías, del desarrollo combinado y contradictorio de la sociedad, se encuentra en un país atrasado como era Rusia. En 1917 la burguesía entró en descomposición antes de la completa victoria del régimen burgués, y para reemplazarla como dirigente de la Nación, no había otra clase que el proletariado" (Historia de la Revolución Rusa, capítulo "El rearme del partido", traducción de MP).

Y en otro tramo señala Trotsky: "Si bien la mecánica política de la revolución depende en último análisis de una base económica, no puede sin embargo ser deducida de esta base económica por medio de la lógica abstracta. En primer lugar, la base misma es muy contradictoria y no puede surgir de una determinación estadística pura; y además la lucha de clases y su expresión política, que se desarrollan sobre los fundamentos económicos, tienen también su propia imperiosa lógica de desarrollo, de la cual no se puede prescindir".

La incomprensión de la relación necesariamente contradictoria entre "estructura" y "superestructura" conduce a conclusiones realmente infantiles y de una falsedad ideológica pavorosa. Así, por ejemplo, el profesor Mondolfo afirma, respecto de la "inmadurez subjetiva", que "no puede ser sino señal de una inmadurez objetiva de las condiciones históricas". La revolución, observa más adelante, "o corresponde a la madurez de las condiciones históricas, (...) o bien no encuentra correspondencia en ellas. Si hay correspondencia, a la misma madurez histórica objetiva le corresponde naturalmente (...) una madurez histórica subjetiva de la clase trabajadora" (En torno a Gramsci y la filosofía de la praxis). Esto es sencillamente infantil.

Afirmar que la conciencia debe siempre y en todos los casos estar "naturalmente" en perfecta coincidencia con la existencia, y deducir de la falta de conciencia clara sobre una realidad, la "inmadurez" de la realidad, es tan patentemente absurdo como sería negar la existencia de la explotación capitalista en nombre de que no todo el mundo es consciente de esa explotación.
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* "Milcíades Peña (1933-1965) fue uno de los más agudos y rigurosos marxistas argentinos, que en su corta vida dejó un notable conjunto de estudios y debates, especialmente sobre historia política y económica argentina. Marxista militante (integró durante un período la corriente trotskista orientada por Nahuel Moreno, que fundara el MAS), fue implacable con la atmósfera de pedantería y aislamiento de los círculos académicos; por otro lado, jamás aceptó el juicio sumario hacia los intelectuales por parte de la mayoría de las organizaciones de izquierda de su tiempo. Esta ubicación lo transformó en una rara avis, un curioso ejemplar de marxista: despreciado por los intelectuales por su carácter autodidacto y su compromiso con la política revolucionaria, era considerado a su vez, por muchas corrientes políticas militantes, un mero intelectual" (Marcelo Yunes)

El marxismo de Trotsky






Duncan Hallas*



León Trotsky nació en 1879 y llegó a la adultez en un mundo que ya no existe: el mundo del marxismo socialdemócrata de la Segunda Internacional.

En toda generación existen varios mundos intelectuales posibles, arraigados en circunstancias, organizaciones e ideologías sociales claramente diferenciadas, que coexisten en la misma época. El mundo de la socialdemocracia era el que más se aproximaba entre todos, al de una visión científica y materialista de la realidad. Es destacable que Lev Davidovitch Bronstein (el nombre de Trotsky lo tomó de un carcelero), hijo de una familia campesina judía ucraniana, adoptara esa perspectiva. El viejo Bronstein era un próspero campesino, un kulak –en caso contrario, Trotsky hubiera recibido una educación formal deficiente. Era judío y vivía en un país donde el antisemitismo era respaldado oficialmente y las persecuciones no eran raras. No obstante, el joven Trotsky se transformó, luego de un período inicial de "revolucionarismo" romántico, en marxista. Poco tiempo después, bajo las condiciones de la autocracia zarista, se convirtió en revolucionario profesional y en preso político. Su primera detención ocurrió cuando tenía 19 años de edad. Fue condenado a cuatro años de deportación en Siberia, después de pasar 18 meses en prisión. Se escapó en 1902 y desde allí hasta su muerte, la revolución fue su profesión.

Este pequeño trabajo concierne más a ideas que a hechos. Es cualquier cosa, menos un intento de biografía. Los tres volúmenes de Isaac Deutscher, cualquiera que sea la visión que tengamos sobre las conclusiones políticas del autor, permanecerán como un estudio biográfico autorizado durante largo tiempo.

Ahora bien, cualquier tentativa de presentar un resumen de las ideas de Trotsky se enfrenta con una dificultad inmediata. Mucho más que la mayoría de los grandes pensadores marxistas (Lenin es una destacada excepción), Trotsky se preocupó a lo largo de su vida de los problemas inmediatos que se presentaban a los revolucionarios en el movimiento obrero. Casi todo lo que Trotsky decía o escribía se relacionaba con alguna cuestión del momento, con alguna lucha concreta. El contraste con lo que ha sido el llamado "marxismo occidental" no podía ser más marcado. Un comentarista, simpatizante de esta tendencia, escribió: "La primera y más importante de las características de este marxismo, ha sido el divorcio estructural con la práctica política".[1] Esto es lo último que podría llegar a decirse del marxismo de Trotsky.
De esto que sea necesario presentar aunque en forma resumida algunos elementos del entorno en el cual Trotsky formó sus ideas.

Rusia era atrasada, Europa era avanzada. Esta idea era básica para todos los marxistas rusos (y por supuesto, no solo para los marxistas). Europa era avanzada fruto de su desarrollada industrialización y de su socialdemocracia, la cual en la forma de grandes partidos obreros que profesaban adhesión al programa marxista, estaba creciendo rápidamente. Para los rusos (y, en cierta forma, en general) los partidos de los países de lengua alemana eran considerados los más importantes. Los partidos socialdemócratas de los imperios alemán y austríaco eran partidos obreros en expansión, que habían adoptado plenamente programas marxistas (el programa alemán de Erfurt de 1891, el programa austríaco de Heinfeld de 1888). Su influencia entre los marxistas rusos era muy grande. El hecho de que Polonia, cuya clase trabajadora ya se estaba moviendo, fuera dividida entre los imperios de los Zares y de los Kaisers fortaleció la conexión. Rosa Luxemburg, como recordarán, nació en la Polonia ocupada por los rusos, pero se volvió importante en el movimiento alemán. No había nada de extraño en esto. Los socialdemócratas consideraban las "fronteras nacionales" como algo secundario.

En cuanto a las ideas, este creciente movimiento (ilegal en Alemania entre 1878 y 1890, pero que consiguió un millón y medio de votos en la elección restringida del último de estos años) se sustentaba en la síntesis del primer marxismo y en los desarrollos realizados por Federico Engels a fines del siglo XIX. Su Anti-During (1878), un intento de concepción global del mundo, científicamente fundamentada, fue la base para las popularizaciones (o vulgarizaciones) de Karl Kautsky, el "Papa del marxismo", y las exposiciones más profundas del ruso G.V. Plejanov.

En este excitante mundo intelectual y práctico –para Engels y sus discípulos e imitadores se había establecido un vínculo entre la teoría y la práctica en el partido obrero– el joven Trotsky creció intelectualmente y luego se volvió más que un simple aprendiz de los veteranos. Su respeto por Engels era inmenso.

Pero Trotsky iría más lejos, algunos años después de su primera asimilación del marxismo, desafiando a la ortodoxia de entonces en la cuestión de los países atrasados. Primero conocería a los líderes emigrados del marxismo ruso y desempeñaría un papel destacado en el congreso de 1903 del Partido Obrero Social Demócrata Ruso (POSDR) –su verdadera conferencia fundacional.

Trotsky escapó de Verkholensk en Siberia, escondido debajo de una carga de heno, en el verano boreal de 1902. En Octubre había llegado al centro dirigente de la socialdemocracia rusa, situado en este tiempo cerca de la estación de Kings Cross en Londres. Lenin, Krupskaya, Martov y Vera Zasulich vivían en el área, y allí era producido, y luego despachado clandestinamente para Rusia, el periódico Iskra, órgano de los defensores de un partido centralizado y disciplinado. Trotsky estuvo envuelto en las disputas dentro de la redacción de Iskra –Lenin quiso sumarlo al equipo editorial del periódico, Plejanov se opuso absolutamente– y de esta forma conoció a los futuros dirigentes del menchevismo (Plejanov y Martov) y también a Lenin. La división del grupo Iskra ya se estaba gestando.

Las diferencias se hicieron evidentes en el congreso de 1903. Los iskristas estuvieron unidos en la resistencia a las demandas del Bund –organización judía socialista– de autonomía en lo referente al trabajo entre los judíos, y en la resistencia a la tendencia reformista de los economicistas. Pero, al mismo tiempo, el propio grupo Iskra se dividió entre una mayoría bolchevique y una minoría menchevique.

Al principio esta no era una división clara –los propios motivos no estaban nada claros. Plejanov apoyó inicialmente a Lenin, pero Trotsky apoyó al líder menchevique Martov.

Dos años más tarde, Trotsky regreso a Rusia. La revolución de 1905 estaba en camino. En el curso de la misma, Trotsky se elevaría a su máxima estatura. Con apenas 26 años, se volvió el líder revolucionario más destacado y una figura internacionalmente conocida. Emergió del entorno de pequeños grupos de emigrados políticos para transformarse en un magnífico orador y dirigente de masas. Como Presidente del Soviet de Petrogrado demostró un grado considerable de liderazgo táctico y demostró el accionar seguro y los nervios de acero que lo caracterizarían en los grandes levantamientos de 1917.

La revolución fue derrotada. El ejército zarista fue sacudido, pero no quebrado. Luego de esta experiencia –el "ensayo general" como Lenin lo llamó– las tendencias divergentes de la socialdemocracia rusa se separarían más todavía. Trotsky, aún formalmente un menchevique, desarrolló su propia síntesis, la teoría de la revolución permanente.

La siguiente década sería nuevamente vivida en los pequeños círculos de emigrados y en tentativas frustradas para unir las que ahora eran tendencias incompatibles. Vino la guerra, la actividad antiguerra y, en Febrero de 1917, el derrocamiento del Zar. Trotsky se unió al partido bolchevique en el mes de Julio, a esta altura un verdadero partido obrero de masas, y tal era la fuerza de su personalidad, capacidades y reputación que algunas semanas después se hallaba apenas debajo de Lenin, ante los ojos de los afiliados del partido. Le confiaron la organización de la insurrección de Octubre y, a los 38 años, se volvió una de las dos o tres figuras más importantes en el partido y en el Estado. Y un poco después, también en uno de los líderes más importantes del movimiento comunista mundial, en la Internacional Comunista. Fue el principal creador y dirigente del Ejército Rojo y tuvo influencia en todos los campos de la política.

Desde estos altos lugares, Trotsky caería bien abajo. Su caída no fue solamente una tragedia personal. Trotsky ascendió con la revolución, y cayó cuando la revolución comenzó a declinar. Su historia personal está fusionada con la historia de la Revolución rusa y el Socialismo internacional. A partir de 1923, Trotsky dirigió la oposición a la creciente reacción en Rusia –el estalinismo. Fue expulsado del partido en 1927 y de la URSS en 1929, sus últimos once años se fueron en su lucha heroica contra los tremendos obstáculos que existían para mantener viva la auténtica tradición comunista y encarnarla en una organización revolucionaria. Denigrado y aislado, fue finalmente asesinado por orden de Stalin en 1940. Dejó tras de sí una organización internacional frágil y un cuerpo de escritos que es una de las fuentes más ricas existentes del marxismo aplicado.

Este trabajo se concentra en cuatro temas. Ellos no agotan la contribución de Trotsky al pensamiento marxista, lo cual sería imposible, porque fue un escritor excepcionalmente prolífico con intereses extremadamente amplios. No obstante, la obra de su vida estuvo concentada en esos cuatro temas, y el grueso de sus inmensos escritos está relacionado de una forma o de otra con ellos. Estos temas son:

Primero, la teoría de la revolución permanente, y su relevancia para las revoluciones rusas del siglo veinte y para los desarrollos posteriores en los países coloniales y semicoloniales –los que hoy son llamados del "Tercer Mundo". Segundo, el resultado de la Revolución rusa y la cuestión del estalinismo. Trotsky realizó el primer intento continuo y sistemático de un análisis materialista e histórico del estalinismo. Y sus análisis, cualquiera sean las críticas que puedan hacerse a ellos, fueron el punto de partida para todos los análisis serios que fueron emprendidos posteriormente desde un punto de vista marxista. Tercero, la estrategia y la táctica de los partidos revolucionarios de masas en una amplia variedad de situaciones, un campo en el cual la contribución de Trotsky no fue inferior a la de Marx y Lenin. Cuarto, el problema de la relación entre partido y clase, y el desarrollo histórico que llevó al movimiento revolucionario a una situación marginal respecto de las organizaciones obreras de masas.

Isaac Deutscher describió a Trotsky, en sus últimos años, como el "heredero residual del marxismo clásico". Fue realmente esto, y mucho más. Es eso lo que brinda a su pensamiento una importancia enorme y actual.

I.- LA REVOLUCIÓN PERMANENTE

Durante el último tercio del siglo XVIII la revolución industrial –el cambio más profundo en la historia de la especie humana desde el desarrollo de la agricultura– ganó impulso en un pequeño rincón del mundo, Gran Bretaña. Pero los capitalistas británicos luego tuvieron imitadores en otros países en donde la burguesía había conquistado el poder o estaba por conquistarlo.

A comienzos del siglo XX el capitalismo industrial dominaba completamente el mundo. Los imperios coloniales de Gran Bretaña, Francia, Alemania, Rusia, Estados Unidos, Bélgica, Holanda, Italia y Japón cubrían sin duda, la mayor parte de la superficie del planeta. La sociedades esencialmente precapitalistas, que aun preservaban una independencia formal (China, Irán, Turquía, Etiopía, etc.), estaban, de hecho, dominadas por unas u otras de las grandes potencias imperialistas, e informalmente divididas entre ellas –el término "esferas de influencia" expresa exactamente eso. Esta "independencia" simbólica se mantenía únicamente debido a las rivalidades entre los imperialismos en competencia (Gran Bretaña contra Rusia en Irán, Gran Bretaña contra Francia en Tailandia, Gran Bretaña contra Alemania –y también contra Rusia– en Turquía, y Gran Bretaña, Estados Unidos, Alemania, Rusia, Francia, Japón y varios contendientes secundarios, estaban unos contra otros en China.

Pero los países conquistados o dominados por las potencias capitalistas industriales no eran, hablando en términos generales, transformados en réplicas de las varias "madres patrias". Por el contrario, permanecerían esencialmente como sociedades preindustriales. Su desarrollo socioeconómico era profundamente influenciado –y de hecho, profundamente distorsionado– fruto de su conquista y dominio, pero no eran, típicamente, transformadas en otro tipo de sociedad.

La famosa descripción de Marx sobre la ruina de la industria textil india (basada en productos de elevada calidad hechos por artesanos independientes) debido a los productos de algodón baratos, fabricados por máquinas en Lancashire, sigue siendo todavía un buen esbozo del impacto inicial del capitalismo occidental en lo que hoy es llamado el "Tercer Mundo": pobreza y retroceso social.

Este proceso de "desarrollo desigual y combinado", para usar la expresión de Trotsky, condujo a una situación (todavía presente en sus trazos esenciales) en la cual la mayor parte de la población del planeta no solo no había avanzado económica y socialmente, sino que había retrocedido. ¿Cuál era entonces (y, aún hoy, es) la salida para la población de estos países?

Trotsky, siendo un joven de 26 años, propuso una solución profundamente original al problema. Era una solución arraigada tanto en la realidad del desarrollo desigual del capitalismo a escala mundial, como en el análisis marxista del verdadero significado del desarrollo industrial –la creación, de una sola vez y al mismo tiempo, de la base material para una sociedad avanzada y sin clases, y de una clase explotada, la clase trabajadora, capaz de elevarse al nivel de clase dominante y, a través de su dominio, abolir las clases, la lucha de clases y todas las formas de alienación y opresión.

Naturalmente, Trotsky desarrolló sus ideas primero en relación con Rusia. Y aquí es necesario volver sobre el trasfondo ideológico de las disputas entre los revolucionarios rusos de fines del siglo XIX y comienzos del siglo XX, para comprender plenamente la importancia de su contribución. Pero no solamente de los revolucionarios rusos. Después de todo, había un auténtico movimiento internacional en aquella época.

Una vez que Europa y América del Norte sean reorganizadas, proporcionarán un poder colosal y un ejemplo que los países semicivilizados seguirán por iniciativa propia. Solamente las necesidades económicas serán responsables por esto. Pero sobre cuáles serán las fases sociales y políticas que estos países atravesarán antes de llegar a una organización socialista, pienso que solo podemos avanzar hipótesis. Solo una cosa es clara: el proletariado victorioso no puede forzar ningún cambio en ninguna nación extranjera, sin minar su propia victoria actuando de esta forma.[1]

Así Engels escribía a Kautsky en 1882. El no estaba pensando en Rusia. Los países mencionados en esta carta eran India, Argelia, Egipto y las "posesiones holandesas, portuguesas y españolas". Pero, su abordaje general representaba el pensamiento de la futura Segunda Internacional (de 1889 en adelante). El curso del desarrollo político seguiría el curso del desarrollo económico. El movimiento socialista revolucionario, que destruiría al capitalismo y llevaría finalmente, a la disolución de la clase trabajadora y de todas las clases (después de un período de dominio de la clase trabajadora), se desarrollaría dentro del capitalismo, no bien su inseparable acompañante, la clase trabajadora, se desarrollase.

Los marxistas rusos, cuyo grupo pionero "La Emancipación del Trabajo" fue fundado un año después de la carta de Engels, tuvieron que ubicar a Rusia en este esquema histórico. Plejanov, el teórico principal del grupo, no tenía duda alguna. En los años 80s y 90s del siglo XIX, argumentaba que el Imperio ruso era básicamente una sociedad precapitalista y, por tanto, estaba destinada a pasar por el proceso de desarrollo capitalista antes de que la cuestión del socialismo pudiese estar planteada. Rechazó firmemente la idea que Marx había sostenido vagamente, de que Rusia, dependiendo de cual fuera el desarrollo de Europa, podía evitar la fase de desarrollo capitalista y conseguir una transición al socialismo basada en el derrocamiento de la autocracia por un movimiento campesino, si se preservaban los elementos de la tradicional propiedad comunal de la tierra (Mir) que todavía existían en los años 1880.

Las ideas de Plejanov, desarrolladas en polémicas contra el "camino campesino al socialismo" (los Narodniks), se volvieron el punto de partida para todo el marxismo ruso posterior. El capitalismo se estaba desarrollando de hecho en Rusia, el Mir estaba condenado, y un especial "camino ruso al socialismo" era una ilusión reaccionaria –estas ideas fueron básicas para la próxima generación de marxistas rusos, para Lenin y, algunos años después, para Trotsky y todos sus colegas. Gran parte de los primeros tres volúmenes de las Obras Completas de Lenin, contienen críticas a los Narodniks y demostraciones de la inevitabilidad –y el carácter progresivo– del capitalismo en Rusia. El grupo Iskra, fundado en 1900 con el fin de crear una organización nacional unificada a partir de los grupos y círculos socialdemócratas desperdigados por todo el país, se apoyaba firmemente en la visión de que la clase obrera industrial era la base para esta organización.

Surgieron tres preguntas: ¿cuál era la relación entre los papeles políticos de la clase trabajadora (en aquel momento una pequeña minoría), de la burguesía y del campesinado (la mayoría de la población)? De esto, ¿cuál era el carácter de clase de la próxima revolución en Rusia? Y finalmente, ¿cuál era la relación entre esta revolución y los movimientos obreros de los países avanzados?

Las diferentes respuestas dadas a estas preguntas, junto a las diferentes maneras de concebir la naturaleza del partido revolucionario, acabaron por definir tendencias fundamentalmente divergentes al interior de la socialdemocracia rusa. Para entender la teoría de la revolución permanente de Trotsky es necesario que volvamos nuestra mirada brevemente sobre esas respuestas, las cuales aparecerán en forma más desarrollada luego de la revolución de 1905.

El menchevismo

La visión menchevique puede ser resumida de este modo: el estado de desarrollo de las fuerzas productivas (esto es, el atraso general de Rusia combinado con una industria moderna pequeña, pero significativa y creciente) define qué es posible –una revolución burguesa, como la de 1789-1794 en Francia. Por lo tanto, la burguesía debe llegar al poder, establecer una república democrático-burguesa que barra los restos de las relaciones sociales precapitalistas y abrir el camino para un crecimiento rápido de las fuerzas productivas (y también de la clase trabajadora) sobre una base capitalista. Luego de esto, la lucha por la revolución socialista entraría, eventualmente, en la agenda.

El papel político de la clase trabajadora era, entre tanto, empujar a la burguesía a lanzarse contra el zarismo. Ella tenía que reservar su independencia política –lo que, centralmente, significaba que los socialdemócratas no podrían participar de un gobierno revolucionario al lado de fuerzas no obreras.

En cuanto al campesinado, este no podía desempeñar un papel político independiente. Podía desempeñar un papel revolucionario secundario en defensa de una revolución burguesa esencialmente urbana y, después de la revolución, sufriría una diferenciación económica más o menos rápida en un estrato de estancieros capitalistas (que será conservador), un estrato de pequeños propietarios y un estrato de trabajadores agrícolas sin propiedad.

Para los mencheviques no había ninguna conexión orgánica entre la revolución burguesa rusa y los movimientos obreros europeos, aunque admitían que la revolución rusa (en caso de ocurrir antes de la revolución socialista en Occidente) impulsaría al movimiento socialdemócrata en Europa.

En realidad, el menchevismo era una tendencia bastante matizada. Diferentes mencheviques ponían énfasis en diferentes partes del anterior esquema (el cual, tal como fue presentado, representa esencialmente la posición de Plejanov), pero todos aceptaban sus líneas generales. La revolución de 1905 mostró los errores fundamentales del esquema. La burguesía no cumpliría la parte que los mencheviques le asignaban. Es claro que Plejanov, un estudioso profundo de la Revolución francesa, nunca esperó que la burguesía rusa realizase una lucha implacable contra el zarismo sin una enorme presión venida desde abajo. De la misma manera que la dictadura jacobina de 1793-1794 –la culminación decisiva de la Revolución francesa– había llegado al poder bajo la presión de las masas pobres de Paris (los sans-culottes), así también en Rusia la clase trabajadora podría ser la fuerza motriz que obligara a los representantes políticos de la burguesía (o alguna sección de estos) a tomar el poder. Pero la revolución de 1905 y su resultado, demostraron la inexistencia de cualquier tendencia "robesperiana" en la burguesía rusa. Durante el levantamiento revolucionario la burguesía estuvo junto al Zar.

Ya en 1898 el Manifiesto esbozado para el abortado Primer Congreso de los Socialdemócratas de Rusia, declaraba:

Cuanto más se va hacia Oriente en Europa, más la burguesía se torna débil en el aspecto político, más cobarde y más mezquina, y mayores son las tareas culturales y políticas que recaen sobre la clase trabajadora.[2]

No era una cuestión de geografía, sino de historia. El desarrollo del capitalismo industrial y del proletariado moderno había transformado a la burguesía, en todos los lugares, incluso en los países en donde la industrialización era embrionaria, en una clase conservadora. De hecho, el fracaso de la revolución en Alemania en 1848-1849 había demostrado esto mucho antes.

El bolchevismo

La visión de los bolcheviques partía de iguales premisas que la de los mencheviques. La revolución venidera sería, y solo podía ser, una revolución burguesa en términos de su naturaleza de clase. Pero los bolcheviques rechazaban completamente cualquier expectativa en la burguesía, y proponían una alternativa.

La transformación de la situación económica y política en Rusia, en sentido democrático-burgués es inevitable e ineluctable –escribía Lenin en su famoso folleto Dos Tácticas de la Socialdemocracia en la Revolución Democrática (Julio de 1905).

No hay fuerza en el mundo capaz de impedir esta transformación, Pero de la acción combinada de las fuerzas existentes, pueden surgir dos resultados o dos formas de esta transformación. Esto es: 1) las cosas terminan con la victoria decisiva de la revolución sobre el zarismo, o 2) no habrá fuerzas suficientes para una victoria decisiva y las cosas terminan en un acuerdo entre el zarismo y los elementos más "inconsecuentes" y "calculadores" de la burguesía [...] Debemos conocer de manera exacta cuales fuerzas sociales reales se oponen al zarismo [...] y si ellas son capaces de una "victoria decisiva" sobre el mismo. Esta fuerza no puede ser la gran burguesía [...] Vemos que ellos ni si siquiera desean una victoria decisiva. Sabemos que debido a su posición de clase, son incapaces de una lucha decisiva contra el zarismo: para dar una lucha decisiva, la propiedad privada, el capital y la tierra son un lastre demasiado pesado. Tienen demasiada necesidad del zarismo, de sus fuerzas burocráticas, policiales y militares, para usarlas en contra de los trabajadores y los campesinos, como para desear la destrucción del zarismo [...] No, hay una sola fuerza capaz de obtener la "victoria decisiva sobre el zarismo" y esta es la gente, los trabajadores y los campesinos. La "victoria decisiva sobre el zarismo" significa el establecimiento de una dictadura democrática revolucionaria de los trabajadores y los campesinos [...]

Solo puede ser una dictadura porque la realización de las transformaciones inmediatas y absolutamente necesarias para los trabajadores y los campesinos provocarán una resistencia desesperada tanto por parte de los terratenientes como de la gran burguesía y el zarismo [...] Pero no será, naturalmente, una dictadura socialista, sino una dictadura democrática [...] Podrá, en el mejor de los casos, efectuar una redistribución radical de la propiedad de la tierra en favor de los campesinos, implantar una democracia completa y consecuente, incluyendo la formación de una república, erradicará no solo en el campo sino también en las fábricas todos los restos de formas asiáticas, serviles, comenzando una mejora seria en la situación de los obreros, elevando su nivel de vida y, –finalmente, aunque no menos importante– llevará la conflagración revolucionaria a Europa. Semejante victoria no convertirá todavía, de forma alguna, a nuestra revolución burguesa en socialista [...].[3]

La línea menchevique no era simplemente un engaño. Según Lenin, era la expresión de la ausencia de voluntad de llevar a cabo la revolución. La determinación menchevique de acercarse a los burgueses liberales los conduciría a la parálisis. Por otro lado, el campesinado tenía un interés genuino en la destrucción del zarismo y de los restos del feudalismo en el campo. Por lo tanto, una "dictadura democrática" –un gobierno revolucionario provisional, con representantes del campesinado y la socialdemocracia– era un "régimen jacobino" apropiado para destruir a la reacción y establecer una "república democrática (con completa equivalencia y autodeterminación para todas las naciones), la confiscación de las propiedades feudales, y una jornada de trabajo de ocho horas diarias.[4]

La solución de Trotsky

Trotsky rechazaba la esperanza en una "burguesía revolucionaria" tan firmemente como Lenin. Ridiculizó el esquema menchevique como una categorización extrahistórica creada por analogía y deducción [...] como, en Francia, la Revolución fue llevada a cabo por revolucionarios democráticos –los jacobinos– la revolución rusa solo podía transferir el poder a las manos de una democracia burguesa revolucionaria. Habiendo erguido una inevitable fórmula algebraica de la revolución, los mencheviques intentaban insertar en ella valores aritméticos que de hecho no existían.[5]

En todos los demás aspectos de la teoría de la revolución permanente de Trotsky, la cual tiene gran influencia del marxista ruso alemán Parvus, difería de la posición bolchevique. En primer lugar, difería en un punto crucial, al negar la posibilidad de que el campesinado pudiese desempeñar un papel político independiente:

El campesinado no puede cumplir un papel revolucionario principal. La historia no puede confiar al muzhik la tarea de liberar una nación burguesa de sus cadenas. A causa de su dispersión, atraso político, y especialmente de sus profundas contradicciones internas, que no pueden ser solucionadas dentro del marco del sistema capitalista, el campesinado solo puede jugar el papel de realizar algunos poderosos golpes en la retaguardia, a través de levantamientos espontáneos en las zonas rurales, por un lado, y creando descontento dentro del ejército, por otro.[6]

Esta perspectiva era idéntica a la línea menchevique y seguía las consideraciones hechas por Marx en relación al campesinado francés en cuanto clase.

Porque "la ciudad dirige la sociedad moderna", solo una clase urbana puede cumplir un papel dirigente, y porque la burguesía no es revolucionaria (y la pequeña burguesía urbana es, en todo caso, incapaz de cumplir el papel de los sans-culottes), la conclusión es que solo los trabajadores en su lucha de clase, con las masas campesinas bajo su dirección revolucionaria, pueden "llevar la revolución hasta el final.[7]

Esto debía conducir a un gobierno obrero. La "dictadura democrática" de Lenin era una simple ilusión:

La dominación política de la clase trabajadora es incompatible con su esclavitud económica. No importa bajo qué bandera política la clase trabajadora llegue al poder, está obligada a tomar el camino de la política socialista. Es la mayor de las utopías pensar que la clase trabajadora, habiendo alcanzado la dominación política por el mecanismo interno de una revolución burguesa pueda, incluso si lo quisiera, limitar su misión a la creación de condiciones republicano-democráticas para el dominio social de la burguesía.[8]

Pero esto conduce a una contradicción inmediata. El punto de partida común de todos los marxistas rusos era justamente que en Rusia faltaban tanto la base material como humana para el socialismo –una industria altamente desarrollada y un proletariado moderno que constituyera gran parte de la población, y que hubiese adquirido organización y conciencia en tanto clase "para sí", como Marx había dicho. Lenin lo había denunciado fuertemente (en Dos Tácticas):

Es absurda y semianarquista la idea de efectivizar de inmediato el programa máximo y la conquista del poder por una revolución socialista. El gran desarrollo económico (una condición objetiva), y el desarrollo de la conciencia y la organización de clase de amplias masas del proletariado (una condición subjetiva inseparablemente ligada a la condición objetiva), vuelven la emancipación completa e inmediata de la clase trabajadora imposible. Solo las personas más ignorantes pueden cerrar sus ojos a la naturaleza burguesa de la revolución democrática que está en curso actualmente [1905].[9]

Desde un punto de vista marxista, el argumento de Lenin era incontestable, en cuanto se aplicase solamente a Rusia. Tal vez sea necesario, debido a desarrollos posteriores, remarcar este punto elemental. El socialismo, para Marx y para todos los que se consideraban sus seguidores en aquella época, significaba la autoemancipación de la clase obrera. Esto presuponía una amplia industria moderna y una clase trabajadora conciente, capaz de autoemanciparse.

Trotsky, por su parte, estaba convencido que solamente la clase trabajadora era capaz de desempeñar el papel dirigente en la revolución rusa y, si consiguiese cumplir ese papel, podría tomar el poder en sus propias manos. ¿Cómo cerraba esto?

Las autoridades revolucionarias estarían confrontadas con los problemas objetivos del socialismo, pero la solución de estos problemas sería, en un cierto estadio, impedida por el atraso económico del país. No hay salida de esta contradicción dentro del marco de una revolución nacional. El gobierno de los trabajadores, desde el comienzo, enfrentará la tarea de unir sus fuerzas con las del proletariado socialista de Europa occidental. Solo de este modo su hegemonía revolucionaria provisoria se volverá el prólogo de una dictadura socialista. De este modo, la revolución permanente se volverá para la clase trabajadora rusa, un asunto de autopreservación en cuanto clase.[10]

La hipótesis original de Engels está puesta cabeza abajo. El desarrollo desigual del capitalismo lleva a un desarrollo combinado en el cual la Rusia atrasada se vuelve, temporalmente, la vanguardia de la revolución socialista internacional.

La teoría de la revolución permanente siguió siendo un aspecto central del marxismo de Trotsky hasta el fin de su vida. Solo en un aspecto importante sus ideas posteriores a 1917 diferirán de las que acabamos de esbozar. La versión anterior a 1917 dependía fuertemente de la acción espontánea de la clase obrera. Como veremos, Trotsky, en ese período, se opuso de manera muy fuerte al "centralismo bolchevique" y rechazaba, en la práctica, la concepción del papel dirigente del partido. En 1917 cambió su posición en lo referente a este tema. Sus aplicaciones posteriores de la teoría de la revolución permanente fueron estructuradas en torno del papel del partido revolucionario.

El resultado

Toda teoría, al menos toda teoría que tenga alguna pretensión científica, tiene su última prueba en la práctica. Pero esta prueba práctica decisiva puede estar alejada un largo tiempo, incluso tan alejada que ocurra mucho tiempo después de la muerte del teórico, sus seguidores y sus oponentes. Al contrario de las ciencias físicas –en donde siempre es posible, en principio, realizar pruebas experimentales (aunque los medios técnicos para realizarlas puedan no estar disponibles inmediatamente)– el marxismo en cuanto ciencia del desarrollo de la sociedad (y, en realidad, sus competidores burgueses, como las pseudociencias económicas, sociológicas y demás) no puede ser evaluado de acuerdo a alguna escala arbitraria de tiempo, sino solo en el curso del desarrollo histórico e, incluso en este marco, solo provisoriamente.

La razón es bastante simple, aunque las consecuencias sean inmensamente complicadas. "Los hombres hacen su propia historia –dice Marx– pero no la hacen bajo condiciones escogidas por ellos". Los actos "voluntarios" de millones y decenas de millones de personas que están ellas mismas condicionadas históricamente, luchando contra las limitaciones impuestas por todo el curso anterior del desarrollo histórico (el cual ellas, normalmente, ignoran), produce efectos más complejos de lo que el teórico más previsor puede anticipar. El grado en que on s’engage, et puis... on voit (avanzamos y después... vemos), que era la descripción aforística de Napoleón de su ciencia militar, siempre debe ser considerado por los revolucionarios ocupados en el intento conciente de modificar el curso de los eventos.

Los revolucionarios rusos de inicios del siglo XX fueron más afortunados que la mayoría. Para ellos la prueba decisiva llegó bastante deprisa. El año 1917 mostró a los mencheviques, opuestos en principio a participar en un gobierno no obrero, entrando en un gobierno formado por enemigos del socialismo, que continuó la guerra imperialista y trató de contener la marea revolucionaria. Se verificó en la práctica la previsión de Lenin hecha en 1905, de que ellos eran la "gironda" de la revolución rusa.

Mostró a los bolcheviques –defensores de una dictadura democrática y un gobierno revolucionario provisional de coalición– después de un período inicial de "apoyo crítico" a lo que Lenin en su retorno a Rusia llamó un "gobierno de capitalistas", virar decisivamente hacia la toma del poder por parte de la clase trabajadora, bajo el impacto de las Tesis de Abril de Lenin, y la presión de los obreros revolucionarios que integraban sus filas.

Mostró a Trotsky brillantemente reivindicado cuando Lenin, en hechos, aunque no en palabras, adoptó la perspectiva de la revolución permanente y abandonó, sin ceremonia, la dictadura democrática.

Y también mostró a Trotsky, quien en la práctica se hallaba aislado e impotente para influir en el curso de los acontecimientos de la gran crisis revolucionaria de 1917, conduciendo en el mes de julio a su pequeño grupo de seguidores, hacia el partido de masas de los bolcheviques. Fue también el brillante reconocimiento de la larga y dura lucha de Lenin (que Trotsky había denunciado por más de una década como "sectario") en favor de un partido obrero, libre de la influencia ideológica de "marxistas" pequeño-burgueses (en tanto tal independencia fue alcanzada con medidas organizativas).[11]

Trotsky probó estar en lo correcto en la cuestión estratégica central de la Revolución rusa. Pero como Tony Cliff afirma, con razón, era un "general brillante sin ejército".[12] Trotsky nunca más olvidó este hecho. Más tarde llegó a afirmar que su ruptura con Lenin durante el período 1903-1904, sobre la cuestión de la necesidad de un partido obrero disciplinado, había sido "el mayor error de mi vida".

La Revolución de Octubre llevó a la clase trabajadora rusa al poder. Lo hizo en el contexto de la marea ascendente de revueltas revolucionarias contra los antiguos regímenes de Europa central y, en menor grado, occidental.

La perspectiva de Trotsky, y la de Lenin luego de Abril de 1917, dependía crucialmente del éxito de la revolución proletaria en por lo menos "uno o dos" países avanzados (como Lenin, siempre cauteloso, decía).

En los hechos, el poder de los partidos socialdemócratas establecidos (los cuales mostraron, en la práctica, haberse vuelto sumamente conservadores y nacionalistas a partir de Agosto de 1914) y las vacilaciones y evasivas de los líderes de los grupos "centristas" entre las masas, provenientes de "rupturas" de la socialdemocracia ocurridas entre 1916 y 1921, contribuyeron a abortar los movimientos revolucionarios en Alemania, Austria, Hungría, Italia y en otros países antes de que los trabajadores pudiesen conquistar el poder, o donde este fue conquistado temporalmente, antes de que pudiera ser consolidado. El análisis de Trotsky de las consecuencias de estos hechos será examinado más adelante. Pero, antes, es de utilidad considerar la segunda Revolución china de 1925-1927, y sus resultados en los términos de la teoría de Trotsky.

La Revolución china de 1925-1927

El Partido Comunista Chino (PCCh) fue fundado en Julio de 1921 en un cuadro marcado por crecientes sentimientos antiimperialistas y una elevada combatividad obrera en las ciudades costeras, en donde una recién creada pero numerosa clase trabajadora, estaba luchando para organizarse.

Minúsculo, e inicialmente compuesto totalmente por intelectuales, el Partido Comunista Chino fue capaz de volverse, en algunos años, la dirección efectiva del recien nacido movimiento obrero.
China era una semicolonia, dividida informalmente entre los imperialismos británico, francés, americano y japonés. Los imperialismos alemán y ruso habían sido eliminados por la guerra y por la revolución antes de 1919.

Cada poder imperialista mantenía su propia "esfera de influencia" y apoyaba a su "propio" noble local, señor de la guerra, o "gobierno nacional". De esta forma, el imperio británico, que era el poder imperialista dominante, proveyó armas, dinero y "asesores" a Wu P’ei-fu, el señor de la guerra que dominaba China central y controlaba los distritos a lo largo del Río Yangtse. Los japoneses prestaban los mismos servicios a Chang Tso-lin, en Manchuria. Parecidos a gangsters militares, todos ellos se vinculaban con unas u otras potencias imperialistas, y controlaban gran parte del país.

Una excepción, muy parcial, era la ciudad Cantón y su región aledaña. Allí Sun Yat-sen, el padre del nacionalismo chino, había establecido una cierta base con un programa de independencia nacional, modernización y reformas sociales, con un vago tono de "izquierda". El partido de Sun, el Kuomintang (KMT), bastante disforme e ineficaz antes de 1922, dependía de la tolerancia de los señores "progresistas" de la región.

Por esto, después de los movimientos preliminares posteriores a 1922, los líderes del Kuomintang hicieron un acuerdo con el gobierno de la URSS, el cual envió en 1924, asesores políticos y militares a Cantón y comenzó a proveerle armas. El Kuomintang se volvió un partido centralizado con un ejército relativamente eficiente. Además de esto, a partir del final de 1922 los miembros del Partido Comunista Chino fueron enviados a integrarse al Kuomintang en forma "individual". Tres de ellos llegaron incluso a participar como miembros del Comité Ejecutivo del Kuomintang. Esta política, que encontró alguna resistencia en el Partido Comunista Chino, fue impuesta por el Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista. El Partido Comunista Chino estaba efectivamente atado al Kuomintang.

A inicios del verano boreal de 1925 un movimiento de huelgas de masas –que en su origen eran parcialmente económicas, pero rápidamente adquirieron un carácter político después del intento de represión por las tropas extranjeras y la policía– explotó en Shangai y se expandió por las principales ciudades del centro y del sur de China, inclusive a Cantón y Hong Kong. Con muchos altos y bajos, hubieron enormes revueltas en las ciudades hasta inicios de 1927. En varios momentos existió una situación de doble poder, con comités de huelga dirigidos por el Partido Comunista Chino, constituyendo un "Gobierno Número Dos". En esos mismos años ocurrieron revueltas campesinas en varias provincias importantes. El régimen de los señores de la guerra fue sacudido hasta sus cimientos. El Kuomintang procuró cabalgar en la tempestad con ayuda del Partido Comunista Chino, para utilizar el movimiento con el fin de conquistar el poder nacional sin cambios sociales. A inicios de 1926 ¡el Kuomintang fue admitido en la Internacional Comunista en condición de partido simpatizante!

Trotsky, aunque era miembro del buró político del partido ruso, estaba en la práctica excluido de cualquier influencia política directa para 1925. Según Deutscher,[13] exigió la salida del Partido Comunista Chino del Kuomintang en Abril de 1926. Sus primeras críticas significativas fueron escritas en Septiembre:

La lucha revolucionaria en China entró en una nueva fase a partir de 1925, una fase que es caracterizada sobre todo por la intervención activa de amplios sectores de la clase trabajadora. Al mismo tiempo, la burguesía comercial y los elementos de la intelectualidad ligados a ella, están yendo hacia la derecha, asumiendo una actitud hostil en relación con las huelgas, los comunistas y la URSS. Queda bastante claro, a la luz de estos hechos fundamentales, que la cuestión de la revisión de las relaciones entre el Partido Comunista y el Kuomintang debe ser necesariamente considerado [...]

El movimiento hacia la izquierda de las masas obreras chinas es un hecho tan cierto como el movimiento hacia la derecha de la burguesía china. En la medida en que el Kuomintang está basado en la unidad política y organizativa entre los trabajadores y la burguesía, este será destrozado por las tendencias centrífugas de la lucha de clases.

La participación del Partido Comunista Chino en el Kuomintang era perfectamente correcta en el período en que el PCCh era una organización de propaganda que estaba apenas preparándose para una futura actividad política independiente, pero que al mismo tiempo procuraba tomar parte en la lucha por la liberación nacional en curso [...] Pero el despertar del poderoso proletariado chino, su espíritu combativo y de organización independiente de clase, es absolutamente innegable. Su tarea política inmediata [en referencia al PCCh] debe ser ahora luchar por la dirección directa e independiente de la clase trabajadora que se levanta –no para cambiar el curso de la clase obrera en la lucha nacional-revolucionaria, sino para asegurarle el papel no solo de combatiente más resuelto, sino también de dirigente político con hegemonía en la lucha de las masas chinas [...]

Pensar que la pequeña burguesía puede ser ganada a través de maniobras inteligentes o buenos consejos dentro del Kuomintang es simple utopía. El Partido Comunista será tanto más capaz de ejercer influencia directa e indirecta sobre la pequeña burguesía de la ciudad y del campo, cuanto más fuerte sea el partido, esto es, cuanto más haya ganado a la clase obrera china. Pero eso solo es posible sobre la base de un partido de clase y una política de clase independientes.[14]

Esto era totalmente inaceptable para Stalin y sus socios. Su política era aferrarse al Kuomintang y forzar al Partido Comunista Chino a subordinarse, no importa a qué. De este modo ellos esperaban mantener un aliado cercano de la URSS en el sur de China, el cual podría, posteriormente, hasta incluso tomar el poder a nivel nacional.

Esta política era justificada teóricamente con la resurrección de la tesis de la "dictadura democrática". La Revolución china sería una revolución burguesa, y por tanto, según el argumento, la meta a conquistar debería ser una dictadura democrática de los trabajadores y los campesinos. Para preservar el bloque proletario-campesino, el movimiento tendría que limitarse a "reivindicaciones democráticas". La revolución socialista no estaba en el orden del día. La dificultad que significaba el hecho de que el Kuomintang no era un partido campesino fue respondida con el argumento de que, en verdad, se trataba de un partido pluriclasista, un "bloque de cuatro clases" (burguesía, pequeña burguesía urbana, trabajadores y campesinos).

¿Qué significa esto del bloque de cuatro clases? ¿Alguna vez apareció esta expresión en la literatura marxista? Si la burguesía conduce a las masas oprimidas del pueblo bajo la bandera burguesa y se toma el poder bajo su dirección, entonces esto no es ningún bloque, sino la explotación política de las masas oprimidas por la burguesía.[15]

El punto central era que la burguesía capitularía frente al imperialismo. Por tanto, el Kuomintang inevitablemente representaría un papel contrarrevolucionario.

La burguesía china es suficientemente realista y está bastante familiarizada con la naturaleza del imperialismo mundial, para entender que una lucha realmente seria contra este último requiere una revuelta tal de las masas que al mismo tiempo se volvería una amenaza, principalmente, para la propia burguesía [...] Y si le enseñamos a los trabajadores de Rusia, desde el comienzo, a no creer en la buena voluntad del liberalismo ni en la capacidad de la democracia pequeño-burguesa para eliminar al zarismo y destruir el feudalismo, de manera no menos enérgica debemos imbuir en los trabajadores chinos, desde el inicio, el mismo espíritu de desconfianza. La nueva y absolutamente falsa teoría promulgada por Stalin y Bujarin acerca del espíritu revolucionario "inmanente" de la burguesía colonial es, en su sustancia, una traducción del menchevismo en el lenguaje de la política china.[16]

El resultado es bien conocido. Chiang Kai-Shek, jefe militar del Kuomintang, lanzó el primer golpe contra la izquierda en Cantón en Marzo de 1926. El Partido Comunista Chino, bajo presión rusa, se sometió. Cuando el ejército de Chiang lanzó la "Expedición al norte" una oleada de revueltas de trabajadores y campesinos destruyeron las fuerzas señoriales, pero el Partido Comunista Chino, fiel al "bloque", hizo todo lo posible para impedir los "excesos". Antes que Chiang entrase en Shangai en Marzo de 1927, las fuerzas de los señores de la guerra habían sido derrotadas por dos huelgas generales y una insurrección conducida por el Partido Comunista Chino. Chiang ordenó que los trabajadores fuesen desarmados. El Partido Comunista Chino no se resistió. En Abril, ellos fueron masacrados y el movimiento obrero fue decapitado. Luego siguió la división del Kuomintang. Los líderes civiles, temiendo (correctamente) que Chiang se volvería un dictador militar, establecieron su gobierno en Wuhan (Hankow).

Ahora la Internacional Comunista exigía del Partido Comunista Chino el apoyo al régimen de "izquierda" del Kuomintang, y que proveyera sus ministros de trabajo y de agricultura. Su líder, Wang Ching-Wei, los usó en cuanto le servían y entonces, luego de algunos meses, realizó su propio golpe. Posteriormente, llegó incluso a encabezar el gobierno fantoche de China bajo ocupación japonesa. El Partido Comunista Chino fue llevado a la clandestinidad, y rápidamente perdió su base de masas en las ciudades. Ante cada confrontación crucial el partido usaría su influencia, conquistada a duras penas, para persuadir a los trabajadores de que no resistieran al Kuomintang.

Entre tanto, debido a la fase crítica a que había llegado la lucha interna en el partido ruso, el grupo dominante de Stalin y Bujarin en el Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS) dio un giro de 180 grados. Luego de las consecutivas capitulaciones frente al Kuomintang, el Partido Comunista Chino fue forzado a realizar un golpe. Stalin y Bujarin precisaban de una victoria en China para acallar las críticas de la oposición (a la cual ya planeaban expulsar) en el XV Congreso del partido de Diciembre de 1927. El nuevo emisario de la Internacional Comunista, Heinz Neumann, fue enviado a Cantón donde intentó organizar el Golpe de Estado a inicios de diciembre. El Partido Comunista Chino todavía poseía alguna fuerza seria en la ciudad. Cinco mil comunistas, en su mayor parte trabajadores locales, tomaron parte en el levantamiento. Pero no había tenido ninguna preparación política, ninguna agitación previa, ningún involucramiento masivo de la clase trabajadora. Los comunistas estaban aislados. La "Comuna de Cantón" fue barrida en aproximadamente el mismo tiempo que fue necesario para barrer la insurrección de Blanqui en Paris en 1839 –dos días– y por las mismas razones. Fue un golpe llevado adelante sin tomar en cuenta el nivel de la lucha de clases y la conciencia de la clase obrera. El resultado fue una masacre mayor todavía que la de Shangai. El Partido Comunista Chino dejó de existir en Cantón.

La teoría de la revolución permanente había sido nuevamente confirmada –en sentido negativo. La dominación imperialista de China consiguió un tiempo de vida extra. Supongamos que el Partido Comunista Chino hubiese seguido el mismo curso que los bolcheviques habían seguido luego de Abril de 1917. ¿El poder de los trabajadores hubiera sido posible en un país tan atrasado como la China de los años 20s?

La cuestión del "camino no capitalista" del desarrollo de China fue planteado de manera condicional por Lenin, para quien, así como para nosotros, era y es el ABC que la Revolución china, dejada a sus propias fuerzas, esto es, sin el apoyo directo de la clase obrera victoriosa de la URSS y de la clase obrera de todos los países, solo podía terminar en mayores posibilidades para un desarrollo capitalista del país, en condiciones más favorables para el movimiento obrero [...] Pero, en primer lugar, la inevitabilidad del camino capitalista no estaba, de ningún modo, demostrado, y segundo, –el argumento es incomparablemente más oportuno para nosotros– las tareas burguesas pueden ser resueltas de varias maneras.[17]

Será necesario retomar este último punto. En la segunda mitad del siglo XX tuvieron lugar una serie de revoluciones, de Cuba a Angola, de Vietnam a Zanzibar, las cuales no fueron ciertamente revoluciones obreras, ni tampoco fueron revoluciones burguesas en el sentido clásico. Trotsky no previó tal desarrollo, ni ninguna otra persona de su tiempo. La teoría de la revolución permanente, confirmada decisivamente en la primer mitad del siglo XX, debe ser reconsiderada obviamente a la luz de los últimos desarrollos históricos. La cuestión será retomada más adelante, en el último capítulo.

II.- ANÁLISIS DEL ESTALINISMO

Los anhelos y esperanzas de una sociedad sin clases y verdaderamente libre son muy antiguos. En Europa ellos están bien documentados a partir del siglo XIV en los fragmentos sobrevivientes de las ideas de muchos rebeldes y herejes. "¿Adán cavaba y Eva medía, quién era entonces el caballero?" decía una rima popular durante la gran revuelta campesina inglesa de 1831. Y, claro está, también se pueden hallar sentimientos semejantes (aunque arraigados en la ideología de la clase dominante) en el cristianismo e islamismo primitivos, y en grados distintos, en sociedades más antiguas.

Marx introdujo una idea fundamentalmente nueva. Ella puede ser resumida de la siguiente forma: las aspiraciones de los pensadores y activistas más avanzados de las generaciones pasadas (preindustriales), por más admirables e inspiradoras que hubiesen sido para el futuro, eran utópicas en su tiempo, fruto del simple hecho de que eran irrealizables. La sociedad de clases, la explotación y la opresión, son inevitables en tanto el desarrollo de las fuerzas productivas y la productividad del trabajo (conceptos relacionados, aunque no idénticos) son relativamente bajos. Con el desarrollo del capitalismo industrial tal estado ya no es inevitable, siempre y cuando el capitalismo sea derribado. Una sociedad sin clases, basada en una relativa abundancia, se ha vuelto ya posible. Y el instrumento para alcanzar tal sociedad –la clase trabajadora industrial– fue creado por el propio desarrollo del capitalismo.

Estas ideas eran naturalmente moneda corriente en el marxismo anterior a 1914. Todos los revolucionarios de la tradición marxista las tenían como ciertas. Pero la sociedad que surgió de la Revolución rusa no fue una sociedad sin clases y con liberad. Incluso al inicio difería mucho de la visión que tenía Marx de un Estado obrero (explicitada en La Guerra Civil en Francia) y del desarrollo de las ideas de Marx por Lenin (expuestas en El Estado y la Revolución). Más tarde, acabó por transformarse, en un monstruoso despotismo.

Sería difícil exagerar la importancia de estos hechos. La existencia, primero de un Estado y después de toda una serie de Estados que afirmaban ser "socialistas", pero que en realidad eran únicamente caricaturas del socialismo, debe ser considerado como uno de los factores más importantes en la sobrevivencia del "capitalismo occidental".

Los políticos de derecha argumentan que el estalinismo fue el resultado inevitable de la expropiación de la clase capitalista. Por otro lado, los dirigentes socialdemócratas argumentan que el estalinismo fue la consecuencia inevitable del "centralismo bolchevique", y que Stalin fue el "heredero natural de Lenin".

Trotsky fue responsable por el primer intento constante de un análisis materialista e histórico del estalinismo –esto es, del resultado de la Revolución rusa. Sean cuales sean las críticas a realizar –y algunas serán realizadas aquí– dicha tentativa fue el punto de partida para todos los análisis serios hechos posteriormente desde una perspectiva marxista.

¿Cuál era la realidad social de Rusia en 1921, cuando Lenin era el presidente del Consejo de Comisarios del Pueblo y Trotsky el Comisario de Guerra? Hablando en defensa de la Nueva Política Económica (NEP) de la URSS a finales de 1921, Lenin argumentaba que:

Si el capitalismo obtiene ganancias con la NEP, la producción industrial crecerá y la clase trabajadora también. Los capitalistas ganarán con nuestra política y crearán una clase trabajadora industrial que en nuestro país, debido a la guerra, la pobreza y la ruina desesperantes, se volvió "desclasada", esto es, fue arrancada de su lugar de clase, y dejó de existir en cuanto proletariado. El proletariado es la clase que está implicada en la producción de valores materiales en la industria capitalista de gran escala. Visto que la industria capitalista de gran escala fue destruida, y que las fábricas están paradas, la clase trabajadora desapareció".[1]

¡El proletariado "dejó de existir en cuanto proletariado"! ¿Y que ocurrió entonces con la dictadura del proletariado, o la clase trabajadora como clase dominante?

La Primera Guerra Mundial y la guerra civil destrozaron la industria rusa –ya bien frágil para los estándares europeos occidentales. De la Revolución de Octubre hasta Marzo de 1918, en que fue firmado el tratado de Brest-Litovsk con Alemania, la Rusia revolucionaria permaneció en guerra contra este país y el Imperio Austro-Húngaro. En el mes siguiente, el primero de los ejércitos "aliados" de intervención –el japonés– atacó Vladivostok y comenzó su avance en dirección a Siberia. Este no se retiraría hasta Noviembre de 1922. En esos años, tropas de catorce ejércitos extranjeros (incluidos los de Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia) invadieron el territorio de la República revolucionaria. Los generales "blancos" fueron armados, abastecidos y apoyados. En el auge de la intervención, en el verano boreal de 1919, la República soviética estaba reducida a una parte de la Rusia europea central alrededor de Moscú, con algunos baluartes remotos sostenidos precariamente. Incluso en el verano siguiente, cuando los ejércitos "blancos" habían sido decisivamente derrotados, un cuarto de todo el stock disponible de granos de la República soviética tuvo que ser enviado al grupo de ejército que estaba en lucha contra los invasores polacos.

Esto ocurría al tiempo que las ciudades estaban despobladas y hambrientas. Más de la mitad de la población total de Pretrogrado (San Petersburgo) y casi la mitad de la de Moscú habían huido al campo. Las industrias que consiguieron mantenerse funcionando estaban dedicadas casi enteramente a la guerra –y esto solo fue posible a través de la "canibalización", el ininterrumpido sacrificio de la base productiva como un todo para mantener en funcionamiento una fracción de la misma. Estas eran las circunstancias en las cuales la clase trabajadora rusa se desintegró.

Los hechos son bien conocidos y están presentados con algún detalle, por ejemplo, en el segundo volumen de Historia de la Revolución Bolchevique de E.H. Carr.[2] En 1921 el total de la producción industrial no alcanzaba a la octava parte de la producción de 1913, la cual ya era miserablemente baja para el estándar alemán, británico o americano.

La revolución sobrevivió por medio de esfuerzos y sacrificios enormes, dirigida por una dictadura revolucionaria, la cual pasó de largo a la dictadura jacobina de 1793 en su capacidad de movilización. Pero sobrevivió al precio de una economía arruinada y aislada. Y para 1921 el movimiento revolucionario europeo estaba claramente en retroceso.

Lo que nos interesa aquí son las consecuencias sociales de estos hechos. El llamado "comunismo de guerra" de 1918-1921 había establecido, en realidad, una economía de estado de sitio sumamente brutal y brutalizante. En esencia ella consistió en la requisación forzada de granos de los campesinos, la canibalización de la industria, el servicio militar obligatorio y la coerción masiva para vencer en la guerra por sobrevivir.

Antes de la revolución una parte significativa de la producción de granos era enviada a las ciudades (para consumo o para exportar) en la forma de rentas, pagos de impuestos, etc, para las antiguas clases dominantes. La Rusia zarista había sido una gran exportadora de granos. Ahora, con la destrucción del antiguo régimen, ese vínculo había sido cortado. Los campesinos producían para el consumo o para el comercio. Pero la ruina de la industria significaba que no había nada, o casi nada, para comerciar. Fruto de esto se volvió necesaria la requisación forzada.

La revolución había sobrevivido en un país marcadamente campesino, a causa del apoyo –normalmente pasivo, pero a veces activo– de las masas campesinas que habían logrado beneficiarse de ella. Con el fin de la guerra civil ya no tenían nada más que ganar, y las revueltas de 1921, en Kronstadt y Tambov, mostraron que sectores del campesinado y secciones remanentes de la clase trabajadora se estaban volviendo en contra del régimen.

La Nueva Política Económica (NEP) establecida a partir de 1921, era por sobre todo, un reconocimiento de este hecho e introducía un impuesto fijo (recaudado en granos, una vez que el dinero había perdido todo su valor bajo el comunismo de guerra) en sustitución de la requisación arbitraria de la época anterior. En segundo lugar, permitió el renacimiento del comercio privado y de la producción privada en pequeña escala (manteniendo "instancias de dirección" estatales). En tercer lugar, abrió las puertas (aunque sin suceso) para el capital extranjero que deseara explotar "concesiones". Y en cuarto lugar, y esto tuvo una importancia vital, la NEP introdujo la aplicación rigurosa del principio de rentabilidad en la mayoría de las industrias nacionalizadas, combinando una severa ortodoxia financiera basada en el patrón oro, para crear una moneda corriente estable e imponer la disciplina de mercado tanto para las empresas públicas como privadas.

Estas medidas, introducidas entre 1921 y 1928, realmente produjeron un renacimiento económico. Inicialmente este ocurrió de forma más lenta, pero posteriormente tuvo un ritmo más rápido, hasta que en 1926-1927 el nivel de la producción industrial alcanzó nuevamente –y, en algunos sectores, sobrepasó– el nivel de 1913. En el caso de los productos alimenticios disponibles (en su mayor parte granos) el crecimiento fue mucho más lento. La producción creció, pero los campesinos, si bien no eran más explotados que en 1913, consumían mucho más de su producción en comparación con el período anterior a la revolución, y las ciudades debieron continuar recibiendo raciones pequeñas.

Esta recuperación económica conseguida con medidas capitalistas o parcialmente capitalistas tuvieron consecuencias sociales análogas.

Ahora las ciudades que dirigíamos asumían un aspecto extranjero. Nosotros nos sentíamos nadando en un lodazal –paralizados, corrompidos [...] El dinero lubricaba toda la maquinaria exactamente como en el capitalismo. Un millón y medio de desempleados recibían ayuda –insuficiente– en las grandes ciudades [...] Las clases renacían delante de nuestros propios ojos. En la base de la escala el desempleado recibía 24 rublos por mes, en la cúspide un ingeniero (esto es, un técnico especializado) recibía 800, y entre los dos estaba el funcionario del partido que recibía 222 rublos, pero obtenía muchas cosas en forma gratuita. Se creaba un abismo creciente entre la prosperidad de algunos y la miseria de muchos.[3]

Como resultado de la NEP la clase trabajadora realmente se recuperó numéricamente del punto crítico de 1921, pero no renació en lo político, o por lo menos no en escala suficiente para sacudirse el poder de los burócratas, de los nepmen y de los kulaks. Una de las razones principales era la sombra del desempleo masivo.

Un Estado obrero deformado

La disgregación de la clase trabajadora había alcanzado un estado avanzado cuando, hacia el final de 1920, se desencadenó en el Partido Comunista Ruso el llamado "debate sindical". Superficialmente, la cuestión en debate era si los trabajadores necesitaban o no de la organización sindical para protegerse de su "propio" Estado. A un nivel más profundo, el conflicto giraba en torno a cuestiones mucho más fundamentales.

¿Existía todavía un Estado obrero en 1918? La democracia soviética, en la práctica, había sido destruida en la guerra civil. El Partido Comunista se había "emancipado" de la necesidad del apoyo mayoritario de la clase trabajadora. Los soviets se habían vuelto simples sellos para las decisiones del partido. Y, por las mismas razones, el proceso de "militarización" y "verticalismo" dentro del Partido Comunista había crecido rápidamente.

Contra estos hechos, se levantó dentro del partido la "Oposición Trabajadora". Esta Oposición exigía "autonomía" para los sindicatos, denunciando el control del partido y apelando a la tradición de "control obrero de la producción" (una bandera del propio partido en el período anterior). Así adoptadas, estas medidas hubieran significado el fin del régimen –puesto que las demás masas de la clase trabajadora eran decididamente indiferentes, si no antibolcheviques. Por otro lado, la masa de campesinos constituía la mayor parte de la población. "Democracia" bajo estas condiciones, solo podía significar contrarrevolución –y una dictadura del ala derecha.

El partido había sido llevado al papel de sustituto de la clase trabajadora en disgregación, y al interior del partido los organismos dirigentes habían afirmado fuertemente su autoridad, sobre una militancia creciente pero de problemática composición (el Partido Comunista Ruso tenía, en números redondos, 115.000 miembros a inicios de 1918, 313.000 a inicios de 1919, 650.000 para el verano de 1921 –de los cuales una parte cada vez menor eran trabajadores).

El partido se había vuelto el tutor de una clase trabajadora que, temporalmente –así se esperaba– se había vuelto incapaz de administrar sus propios asuntos. Pero el propio partido no estaba inmune a las fuerzas sociales inmensamente poderosas generadas fruto del derrumbe industrial, la reducida y decreciente productividad del trabajo, el atraso cultural y la barbarie. En verdad para que el partido pudiese actuar como "tutor", era necesario privar a la masa de sus miembros de cualquier influencia en la dirección de su accionar –porque también ellos reflejaban el atraso de Rusia y el deterioro de la clase trabajadora. La solución de Trotsky para este dilema fue, en principio, persistir resueltamente en el camino sustitucionista.

Es necesario crear entre nosotros la conciencia del derecho que resulta del nacimiento histórico revolucionario del partido. El mismo está obligado a mantener su dictadura, indiferente a las oscilaciones temporales en el ánimo espontáneo de las masas, y de las vacilaciones temporales que ocurren en la clase trabajadora. Esta conciencia es para nosotros un elemento de unificación indispensable".[4]

Esta actitud lo llevó a argumentar que los sindicatos deberían ser absorbidos en el aparato estatal (como después aconteció bajo Stalin, en los hechos aunque no en la forma). No había ninguna necesidad que justificara ni siquiera una relativa autonomía sindical. Ella servía más como instrumento de descontento que como instrumento de influencia para el partido.

Los argumentos expresados por Lenin contra esta posición, entre Diciembre de 1920 y Enero de 1921, fueron importantes para el desarrollo futuro del análisis de Trotsky sobre la URSS. Ellos se volvieron, tardíamente, en la base de su análisis.

El camarada Trotsky habla de un "Estado obrero". Permítaseme decir que eso es una abstracción. Es natural que nosotros hubiéramos escrito en 1917 sobre un "Estado obrero". Pero ahora es un error patente afirmar que "¿Si este es un Estado obrero sin burguesía alguna, entonces de quién y con qué objetivo debe ser defendida la clase trabajadora?". La cuestión es que no se trata enteramente un Estado obrero. Es en este punto en que el camarada Trotsky comete uno de sus mayores errores...".[5]

Y un mes después Lenin escribía:

Lo que yo debería haber dicho era: "El Estado obrero es una abstracción. Lo que nosotros tenemos de hecho es un Estado obrero con la particularidad, primero, de que no es la clase trabajadora sino la población campesina la que predomina en el país, y segundo, que es un Estado obrero con deformaciones burocráticas".[6]

Un Estado obrero con deformaciones burocráticas en un país mayormente campesino. En la próxima etapa de la NEP, Trotsky sería quien adoptaría este punto de vista y ahondaría en su contenido. No es necesario aquí describir el destino de la Oposición de Izquierda (1923) y de la Oposición Unificada (1926-1927) en detalles,[7] en las cuales Trotsky desempeñó un papel central. Es suficiente para nuestros propósitos presentar algunas de sus opiniones principales.

La Oposición de Izquierda y la Oposición Unificada habían hecho presión para la democratización del partido, la limitación del poder de su aparato y por un programa de industrialización planificada cuyo financiamiento surgiera de exprimir a los kulaks y los nepmen, para combatir el desempleo y provocar el renacimiento económico y político de la clase trabajadora, con el fin de recrear la base de la democracia soviética.

La posición material de la clase trabajadora dentro del país debe ser fortalecida absolutamente y relativamente (crecimiento del número de trabajadores empleados, reducción en el número de desempleados, mejoras en el nivel de vida de la clase trabajadora) –declaraba la plataforma de la Oposición. El atraso crónico de la industria y también del transporte, la electrificación y la construcción, en relación a las demandas y necesidades de la población, de la económica pública y del sistema social como un todo, encorsetaba el funcionamiento de toda la economía del país.[8]

La contradicción interna de esta posición era que, por un lado, la democratización del partido permitiría al descontento de campesinos y trabajadores, encontrar una expresión organizada. Por otro lado, aumentar la presión estatal sobre los nuevos ricos (especialmente sobre los campesinos más adinerados) reproduciría algunas de las tensiones extremas del comunismo de guerra que habían llevado al partido, primero a suprimir toda oposición legal extra partidaria y después a eliminar la oposición partidaria interna, estableciendo la dictadura del aparato.

En la práctica, nada de esto fue puesto en práctica. No solamente la economía estaba encorsetada. También lo estaba la oposición. Su programa desafiaba los intereses materiales de todas las clases que obtenían beneficios de la NEP: burócratas, nepmen y kulaks. La oposición no podía vencer sin que renaciera la actividad de la clase trabajadora, la cual constituía su única base de apoyo posible. Pero al mismo tiempo, eso era muy difícil por las condiciones económicas y sociales de la NEP, en tanto la revolución permaneciese aislada.

Stalin, jefe y portavoz del sector conservador del partido, y los funcionarios estatales que en los hechos gobernaban el país, resistieron vigorosamente las demandas de industrialización planificada y democratización (como también lo hicieron sus aliados de la derecha del partido, notablemente Bujarin y sus partidarios). Este era el contenido del "socialismo en un solo país" defendido por el grupo dominante a partir de 1925. Era la defensa del status quo contra cualquier tipo de "motín", contra las expectativas revolucionarias y contra una política exterior activa. Lo que Stalin había resumido un año antes, en Abril de 1924, ahora era una visión común:
Para derrotar a la burguesía, los esfuerzos de un país son suficientes –la victoria de nuestra revolución es testimonio de esto. Para la victoria final del socialismo, para la organización de la producción socialista, los esfuerzos de un país, especialmente de un país campesino como el nuestro, son insuficientes –para esto precisamos del esfuerzo de los trabajadores de los países avanzados".[9]

Estaba parafraseando a Lenin, no haciendo más que exponer la realidad socioeconómica actual. Pero esta visión ortodoxa, una vez convertida en propiedad común de los marxistas rusos de todas las tendencias, tuvo la desventaja de enfatizar el carácter provisional del régimen y su dependencia, para un desarrollo socialista, de las revoluciones en los países avanzados. Pero esto era ahora profundamente inaceptable para los sectores dominantes y por ello el "socialismo en un solo país" fue su declaración de independencia en relación al movimiento obrero.

Después de la derrota final de la Oposición y su exilio de Rusia, Trotsky resumió la experiencia en un artículo escrito en Febrero de 1929:

Después de la conquista del poder, una burocracia independiente se diferenció del ambiente de la clase trabajadora y esta diferenciación [que] en principio era apenas funcional, se volvió después social. Naturalmente, los procesos dentro de la burocracia se desarrollaron en conexión con los profundos procesos que ocurrían en el país. Sobre la base de la Nueva Política Económica un amplio estrato de la pequeña burguesía reapareció o fue de nuevo creado en las ciudades. Las profesiones liberales revivieron. En la zona rural, el campesino adinerado, el kulak, levantó cabeza. Amplias secciones de la burocracia, justamente por haberse elevado sobre las masas, se aproximaron a estratos burgueses y establecieron lazos de familia. De manera creciente, cualquier iniciativa o crítica por parte de las masas eran vistas como interferencias [...] La mayoría de esta burocracia que se elevó sobre las masas era profundamente conservadora [...] Esa capa conservadora, que constituyó el apoyo más poderoso de Stalin en su lucha contra la Oposición, estaba más inclinada a seguir un rumbo de derecha, en dirección a los nuevos sectores propietarios, que el propio Stalin y el núcleo central de su fracción.[10]

La conclusión política que dejaba este análisis era el creciente peligro de un Termidor soviético. El día 9 de Termidor (27 de Julio de 1794) la dictadura jacobina fue derrotada por la Convención y sustituida por un régimen de derecha, el Directorio (desde 1795), el cual gobernó sobre la base de la reacción política y social que preparó el camino para la dictadura de Bonaparte (desde 1799). El Termidor significó el fin de la Revolución francesa. Ahora parecía estar dándose un Termidor ruso.

Elementos de un proceso termidoriano, aunque con certeza uno totalmente distinto, pueden ser encontrados en la tierra de los soviets. Ellos se han vuelto sumamente claros en los años recientes. Quienes están en el poder hoy desempeñaron un papel secundario en los eventos decisivos del primer período de la revolución, o se oponían directamente a la revolución y solo se sumaron a ella después de la victoria. Sirven ahora en su mayor parte como camuflaje para esas capas y grupos que, aunque hostiles al socialismo, son muy frágiles para llevar a cabo un viraje contrarrevolucionario y, por esto, buscan una transferencia termidoriana pacífica que conduzca de nuevo hacia la sociedad burguesa. Procuran "descender de la montaña frenando", como lo formuló uno de sus ideólogos.[11]

Esto, todavía, no había ocurrido, y tampoco era inevitable. El Estado obrero aún estaba allí, aunque corroído. El resultado de esto, según Trotsky será decidido por el curso de la propia lucha entre las fuerzas vivas de la sociedad. Habrán adelantos y retrocesos, cuya duración dependerá en gran parte de la situación en Europa y en el resto del mundo.[12]

En síntesis, habían tres fuerzas básicas actuando en la URSS: las fuerzas de derecha –los elementos neo capitalistas, nepmen, kulaks, etc., para los cuales una gran sección del aparato de poder servía "en su mayor parte como camuflaje"; la clase trabajadora, representada políticamente por la que ahora era una prohibida Oposición; y la "burocracia centrista", la fracción de Stalin en control del aparato, que en sí no era termidoriana, pero que se apoyaba en los termidorianos y zigzagueaba de izquierda a derecha en el intento de mantener el poder.

La burocracia había hecho una movimiento a la derecha entre 1923 y 1928, y después a la izquierda. Trotsky escribía en 1931 al respecto: si dejamos de lado las inevitables oscilaciones y recaídas, representa una tentativa de la burocracia para adaptarse al proletariado, pero sin abandonar los principios básicos de su política o, lo que es muy importante, de su omnipotencia. Los zigzagueos del estalinismo muestran que la burocracia no es una clase, ni un factor histórico independiente, sino un instrumento, un órgano ejecutivo de las clases. El zigzagueo a la izquierda es la prueba de que no importa cuan largo haya sido el rumbo anterior hacia la derecha, todavía se desarrolla con base en la dictadura del proletariado".[13]

Por lo tanto, la clase trabajadora, en algún sentido, todavía tenía el poder, o al menos tenía la posibilidad de recuperar el poder sin una revuelta general.

El reconocimiento del Estado soviético actual como un Estado obrero no solo significa que la burguesía solo puede conquistar el poder por medio de la insurrección armada, sino también que el proletariado de la URSS no perdió la posibilidad de subordinar a la burocracia, reavivar al partido nuevamente y regenerar el régimen de dictadura –sin una nueva revolución, con los métodos y por el camino de la reforma.[14]

En el momento en que esto fue escrito, de hecho ya no poseía el menor fundamento. El análisis de las fuerzas que actuaban en la URSS estaba anticuado. En los años 1920s hubiera sido un intento realista (aunque provisorio) de un análisis marxista del curso que había adoptado el desarrollo de la URSS. Las nuevas clases capitalistas y su influencia en el ala derecha y dominante del partido, eran suficientemente reales en 1924-1927. El papel vacilante de Stalin era, en aquella época, tal como fue descrito. Pero entre 1928 y 1929 hubo un cambio fundamental.

Para 1928 la NEP estaba entrando en su crisis final. Nepmen y kulaks tenían un interés vital en mantenerla, ampliando todavía más las concesiones para los pequeños capitalistas, en las ciudades y el campo. Los miembros principales de la burocracia, y su vasta clientela en los niveles más bajos de la jerarquía burocrática, no tenían ese mismo interés vital. Ellos solo tenían el interés vital de resistir la democratización del partido y del Estado. Se habían aliado con las fuerzas de la pequeña burguesía (y con la derecha del partido liderada por Bujarin) contra la Oposición, es decir, contra el peligro que significaba el renacimiento de la clase trabajadora.

Pero cuando la Oposición fue desarticulada, la burocracia debió enfrentar la ofensiva de los kulaks, la "huelga de granos" de 1927-1928, que les demostró que sus bases esenciales eran la propiedad y la maquinaria estatal, ninguna de las cuales tenían conexión orgánica alguna con la NEP. La burocracia defendió sus intereses vigorosamente en contra de sus aliados anteriores.

Los kulaks controlaban prácticamente todo el grano comerciable, el excedente sobre el consumo de los campesinos (una estimación generalmente aceptada era que una quinta parte de los campesinos producían cuatro quintas partes de los granos vendidos en el mercado). Su intento de forzar un aumento de precios, privando al mercado del stock de granos, forzó a la burocracia a recurrir a la requisación. Una vez iniciado este camino, que minaba las bases de la NEP, estuvieron obligados a adoptar el programa de industrialización que proponía la Oposición, haciéndolo de manera extravagantemente exagerada. Emprendieron la colectivización forzada de la agricultura, esto es: la "liquidación de los kulaks en cuanto clase". Fue lanzado el primer "plan quinquenal".

Trotsky interpretó esto como un movimiento (temporal) hacia la izquierda por parte de la burocracia estalinista, como un intento de "adaptarse al proletariado". El se encontraba profundamente equivocado. Estos fueron justamente los años en que la clase trabajadora en la URSS estuvo más atomizada y sometida a un despotismo totalitario. Los salarios reales cayeron en forma brusca. Aunque los salarios nominales subieron considerablemente, los precios subieron de manera mucho más rápida. En general, las estadísticas de importancia dejaron de publicarse después de 1929 (esto es en sí un hecho significativo), pero un cálculo publicado en la URSS mucho tiempo después (1966), mostraba el índice de salarios reales de 1932 en 88,6 (1928 = 100). "El índice efectivo de los salarios reales, seguramente, estaría [...] muy por debajo del 88,6", comenta Alex Nove, la fuente de esta información.[15]

El plan quinquenal dio comienzo a un período en donde la economía fue dirigida según un plan global, de crecimiento industrial acelerado, de colectivización forzada de la agricultura, de destrucción de los derechos políticos y sindicales (restantes) de la clase trabajadora, de rápido crecimiento de la desigualdad social, de extrema tensión social y trabajo forzado en masa. También presagió la dictadura personal de Stalin y su régimen de terror policial y, poco más tarde, el asesinato por fusilamiento o la muerte lenta en los campos de trabajos forzados, de la gran mayoría de los cuadros originales del partido bolchevique y, en verdad, de la mayoría de la propia fracción de Stalin de los años 1920s, junto a un número incierto mucho más grande de otros habitantes de la URSS y de numerosos comunistas extranjeros. En síntesis, inició la gran marea del estalinismo.

El hecho de que Trotsky haya visto todo esto como un viraje hacia la izquierda (aunque no tenía en frente los hechos hasta unos años más tarde), indica que había recaído en el sustitucionismo, por lo menos en lo que respecta a la URSS. Fue una equivocación que nunca podría corregir completamente. El argumento de que la burocracia no era un factor histórico independiente sino un instrumento, un órgano ejecutivo de otras clases, había sido decisivamente refutado en cuanto esa misma burocracia al mismo tiempo aplastó a los kulaks y atomizó a los trabajadores.

A inicios de los años 1920s todavía era posible discutir sobre estos hechos. Además, el recién nacido régimen totalitario bloqueó todas las noticias independientes y las sustituyó por su propia maquinaria monolítica de propaganda. Trotsky fue de los que menos se dejó engañar por esto. Fueron sus conceptos y estructura teórica lo que lo llevó a defender una perspectiva de "reforma" para la URSS de aquel momento. La famosa y profundamente engañosa analogía, de la URSS como un sindicato burocratizado, surgió en esos días.

Estado obrero, termidor y bonapartismo

En Octubre de 1933, Trotsky cambió de posición abruptamente, pasando a argumentar que el régimen no podía ser reformado. Tenía que ser derrocado. El camino de la "reforma" ya no era más posible. Solo la revolución podría destruir a la burocracia:

Después de las experiencias de los últimos años sería infantil suponer que la burocracia estalinista puede ser removida por medio de un congreso del partido o de los soviets. De hecho, el último congreso del Partido Bolchevique ocurrió a inicios de 1923, fue el XII Congreso del Partido. Todos los congresos posteriores fueron simples paradas burocráticas. Hoy en día, incluso tales congresos fueron dejados de realizar. No queda ningún medio "constitucional" para remover al grupo gobernante. La burocracia solo puede ser obligada a pasar el poder a manos de la vanguardia proletaria por la fuerza.[16]

El "sindicato burocratizado" tenía que ser destruido, no reformado. Es verdad que este artículo también contenía la siguiente afirmación: "Hoy la ruptura del equilibrio burocrático en la URSS jugaría, casi seguramente, en favor de las fuerzas contrarrevolucionarias", pero esa posición errada luego cedió lugar a una posición revolucionaria. Con su característica honestidad, Trotsky continuó criticando y revisando su propia perspectiva "reformista" anterior, escribiendo en 1935 que:

La cuestión del "Termidor" está íntimamente ligada a la historia de la Oposición de Izquierda en la URSS [...] De cualquier manera las posiciones respecto de este tema en 1926 eran aproximadamente las siguientes: el grupo "Centralismo Democrático" (V.M. Smirnov, Sapronov y otros que fueron perseguidos por Stalin hasta su muerte en el exilio) declaraban que "el Termidor es un hecho consumado". Los partidarios de la plataforma de la Oposición de Izquierda [...] negaban categóricamente esta afirmación [...] ¿Quién se demostró que estaba en lo correcto? V.M. Smirnov –uno de los mejores representantes de la vieja escuela bolchevique– sustentaba que el atraso en la industrialización, el aumento del poderío de kulaks y nepmen (la nueva burguesía), la ligazón entre la burocracia y estos últimos y, finalmente, la degradación del partido, había ido tan lejos que se había vuelto imposible un retorno al camino socialista sin una nueva revolución. La clase trabajadora ya había perdido el poder [...] Las conquistas fundamentales de la Revolución de Octubre habían sido liquidadas".[17]

La conclusión de Trotsky era que el Termidor de la Revolución rusa no está en el futuro, sino bastante atrás. Los termidorianos pueden celebrar, aproximadamente, el décimo aniversario de su victoria [según esto, habría ocurrido hacia 1925].[18]

¿Siendo así, el grupo "Centralismo Democrático" estaba en lo correcto en 1926? Sí y no, afirma Trotsky ahora. Estaban en lo correcto respecto del Termidor, y errados en lo relativo a su significado. "El régimen político actual en la URSS es un "régimen bonapartista soviético" (o antisoviético), de un tipo más próximo al Imperio que al Consultado". Pero, continúa, "en sus funciones sociales y tendencias económicas, la URSS sigue siendo un Estado obrero".

En términos de analogías formales, todo esto era bastante plausible. Como el propio Trotsky apuntó, ambos, termidorianos y Bonaparte, representaban una reacción en la base de la revolución burguesa, y no un retorno al antiguo régimen. Pero persiste la cuestión que Trotsky, no menos que Smirnov, había considerado previamente al Termidor soviético con una óptica fundamentalmente diferente. "La clase trabajadora ya había perdido el poder" era la esencia de la tesis de Smirnov, la cual Trotsky rechazaba con vehemencia en su momento. Para este, el partido, aún burocratizado, representaba todavía a la clase obrera. Esta, al contrario de la burguesía, solo puede mantener el poder a través de sus organizaciones.

Camaradas –había dicho en 1924– ninguno de nosotros desea estar o puede estar en lo correcto en contra del partido. En última instancia, el partido siempre está en lo correcto, porque es el único instrumento histórico que posee la clase trabajadora para la solución de sus tareas fundamentales [...] Solo se puede estar en lo correcto con el partido y por el partido, porque la historia no produjo ningún otro camino para la realización de lo correcto [...] Los ingleses tienen un dicho que expresa: "¡Mi país, en el acierto o en el error!". Con mucha mayor justificación podemos decir: ¡Mi partido, en el acierto o en el error! –siendo el error en ciertas cuestiones o en ciertos momentos específicos.[19]

Pero el partido ruso se había vuelto instrumento, primero del Termidor y a ahora del bonapartismo, siendo esta la posición de Trotsky a fines de 1933. Ya que el partido había dejado de ser un instrumento de la clase trabajadora (si el régimen debía ser derribado "usando la fuerza", y puesto que admitidamente los trabajadores rusos no tenían ningún otro instrumento: ¿Cómo podría seguirse hablando de un Estado obrero?

No podía. Esta era la única conclusión posible, si es que las definiciones seguían teniendo el significado que todos ellos aceptaban hasta entonces. Una nueva revolución, una "insurrección revolucionaria victoriosa", era necesaria para que la clase trabajadora recuperase el poder en la URSS. La clase trabajadora había perdido el poder y no había ningún camino pacífico, constitucional, para que pudiese recuperarlo nuevamente. Entonces el Estado obrero ya no existía. Una contrarrevolución había ocurrido.

Trotsky rechazó estas conclusiones firmemente. Estuvo forzado entonces a realizar un cambio fundamental en su definición del Estado obrero:

La dominación social de una clase (su dictadura) puede encontrar formas políticas extremadamente diversas. Esto tiene demostración en toda la historia de la burguesía desde la Edad Media hasta el día de hoy. La experiencia de la Unión Soviética es adecuada para extender esta legalidad sociológica –cambiando lo que se deba cambiar– a la dictadura del proletariado [...] De esto, que el dominio de Stalin en nada se parezca al dominio soviético durante los años iniciales de la revolución [...] Pero esta usurpación solo fue hecha posible porque el contenido social de la dictadura burocrática está determinado por las relaciones productivas creadas por la revolución proletaria. En este sentido nosotros podemos decir con toda justificación que la dictadura del proletariado encontró su expresión, distorsionada indudablemente, en la dictadura de la burocracia.[20]

Trotsky mantuvo esta posición, en esencia, durante los últimos cinco años de su vida. En su libro La revolución traicionada (1937) la elabora con riqueza de detalles e ilustraciones vívidas. La naturaleza fundamental de la ruptura con sus propios análisis anteriores no puede ser más exagerada. Una cosa era discutir (como Lenin lo había hecho) que el Estado obrero se hallaba burocráticamente deformado, distorsionado, degenerado o como se quiera. Pero ahora lo que se afirmaba era que la dictadura del proletariado no poseía ninguna conexión necesaria con el poder efectivo de los trabajadores. Ahora la dictadura del proletariado pasaba a significar, antes que nada, propiedad estatal y planificación económica (aunque casi no había existido planificación bajo la NEP). La dictadura del proletariado podría seguir existiendo al mismo tiempo con una clase obrera atomizada y sujetada al despotismo más totalitario.

En favor de Trotsky debe ser dicho que estaba lidiando con un fenómeno absolutamente nuevo. El, como todos los opositores de los años 1920s, había visto el peligro de un colapso del régimen debido a la presión de las crecientes fuerzas de la pequeña burguesía. Esto es lo que Termidor había significado para todos ellos. El resultado efectivo fue bastante inesperado. La propiedad estatal no solamente había sobrevivido sino que tuvo una expansión acelerada. En realidad, la burocracia desempeñó un papel independiente, hecho este que Trotsky nunca admitiría en forma completa. El régimen resultante era único en aquella época.

No había ocurrido ninguna restauración burguesa. Incluso más, en un período de profunda depresión económica en los países avanzados, un rápido crecimiento económico tuvo lugar en la URSS, un punto que Trotsky enfatizó repetidas veces en defensa de su argumento de que el régimen no era capitalista.

Pronósticos

En su Programa de Transición de 1938, Trotsky escribió:

La Unión Soviética surgió de la Revolución de Octubre como un Estado obrero. La propiedad estatal de los medios de producción, condición necesaria del desarrollo socialista, abrió posibilidades para un rápido crecimiento de las fuerzas productivas. Pero al mismo tiempo, el aparato estatal soviético sufrió una degeneración completa, transformándose de un instrumento de la clase trabajadora en un instrumento de violencia burocrática contra la clase trabajadora, y cada vez más, en un instrumento para el sabotaje de la economía nacional. La burocratización de un Estado obrero atrasado y aislado, y la transformación de la burocracia en casta todopoderosa y privilegiada, es la refutación más convincente –no solamente teórica, sino también práctica– de la teoría del socialismo en un solo país.

De esta forma, el régimen de la URSS encarna contradicciones terribles. Pero permanece todavía como un Estado obrero degenerado. Tal es el diagnóstico social. El pronóstico político tiene un carácter alternativo: o la burocracia se vuelve cada vez más el instrumento de la burguesía internacional en el Estado obrero, destruyendo las nuevas formas de propiedad e impulsa al país de vuelta al capitalismo; o la clase trabajadora destruye a la burocracia, abriendo una salida en dirección al socialismo.[21]

¿Por qué debería ser así? Trotsky estaba convencido de que la burocracia era altamente inestable y políticamente heterogénea. Todos los tipos de tendencias "del auténtico bolchevismo al fascismo completo" existían en su interior, según afirmó en 1938. Estas tendencias estaban relacionadas con fuerzas sociales, incluyendo tendencias capitalistas concientes [...] principalmente el próspero sector de las haciendas colectivas [el cual] encuentra una base amplia en las tendencias pequeño-burguesas de acumulación privada, que nacen de la miseria general y que concientemente la burocracia respalda.[22]

En el interior de la burocracia los elementos fascistas contrarrevolucionarios, cuyo número aumenta sin cesar, expresan cada vez con mayor fuerza los intereses el imperialismo mundial. Estos candidatos a "compradores" piensan, no sin razón, que la nueva capa dirigente solo puede asegurar sus posiciones privilegiadas renunciando a la nacionalización, la colectivización y el monopolio del comercio extranjero, en nombre de la asimilación de la "civilización occidental", esto es, del capitalismo [...] Sobre la base de este sistema de antagonismos crecientes, que destrozan cada vez más el equilibrio social, se mantiene por métodos de terror, una oligarquía termidoriana que ahora se reduce sobre todo a la camarilla bonapartista de Stalin [...] El exterminio de la generación de los viejos bolcheviques y de los representantes revolucionarios de la generación intermedia y de la joven generación destruyó aún más el equilibrio político en favor del ala derecha, burguesa, de la burocracia y de sus aliados en el país. Y de esto, que de la derecha, podamos esperar en el próximo período, tentativas más resueltas de revisar el régimen social de la URSS, aproximándolo a la "civilización occidental" en su forma fascista.[23]

Es interesante que Trotsky haya intentado llamar la atención sobre las semejanzas entre fascismo y estalinismo, cuando todavía los Frentes Populares estaban en su auge. "Estalinismo y fascismo, a pesar de una diferencia profunda de base social, son fenómenos simétricos. En muchas de sus características ellos muestran una semejanza mortal", escribió en La revolución traicionada.[24] Lo que tenían en común –la destrucción de toda organización independiente de los trabajadores y la atomización de la clase obrera– es muy llamativa.[25] Pero más importante es la cuestión de las "tendencias restauradoras" de la burocracia. No hay ningún argumento significativo en los escritos de Trotsky de este período, además del referido al derecho de herencia.

Los privilegios solo valen la mitad si no pueden ser transmitidos a los propios hijos. Pero el derecho de herencia es inseparable del derecho de propiedad. No alcanza con ser director de una empresa, es necesario ser también accionista.[26]

Esto demostraría según Trotsky la presión de la burocracia para abandonar el control de la URSS, en favor de volverse socia menor (compradora) de las potencias imperialistas. En la visión de Trotsky, la Unión Soviética, era ahora "una sociedad contradictoria, a medio camino entre el capitalismo y el socialismo [...] En última instancia, la cuestión [de avanzar hacia el socialismo o retroceder hacia el capitalismo] será decidida por la lucha de las fuerzas sociales en la arena nacional como en la arena mundial".

Esta lucha ya se había desarrollado lo suficiente para tensionar el análisis de Trotsky hasta sus límites, unos años antes de su muerte.

III.- ESTRATEGIA Y TÁCTICA

El ideal de un movimiento obrero internacional es tan o más antiguo que el Manifiesto Comunista y su consigna "¡Proletarios de todo el mundo, uníos!". En 1864 (Primera Internacional) y nuevamente en 1889 (Segunda Internacional) se realizaron intentos para brindar una expresión orgánica a este ideal. La Segunda Internacional colapsó en 1914 cuando sus grandes partidos rompieron con el internacionalismo y respaldaron a "sus" respectivos gobiernos burgueses, de los Kaisers en Alemania y en Austria, del Rey en Inglaterra y de la Tercera República en Francia, con motivo de la Primera Guerra Mundial.

No es que ellos hayan sido tomados por sorpresa. Antes de la guerra los Congresos ya habían puesto su atención repetidas veces en la amenaza que significaba el imperialismo y el militarismo, en la amenaza creciente de una guerra, y en la necesidad de que los partidos obreros se posicionaran firmemente contra sus propios gobiernos, con el fin de "utilizar la crisis generada debido al estallido de la guerra, para acelerar la caída del dominio de la clase capitalista", según como el Congreso de Stuttgart de la Internacional había dicho en 1907.

Las subsiguientes capitulaciones de 1914 fueron una derrota terrible para el movimiento socialista, y llevaron a Lenin a declarar: "La Segunda Internacional está muerta [...] Viva la Tercera Internacional". Cinco años después, en 1919, fue fundada la Tercera Internacional. Trotsky cumplió un papel central en la misma durante los primeros años.

Más tarde, con el ascenso del estalinismo en la URSS, la Internacional fue prostituida al servicio del Estado estalinista ruso. Trotsky luchó más que nadie en contra de esta degradación. Muchos de sus escritos más valiosos sobre estrategia y táctica de los partidos revolucionarios fueron escritos para la Tercera Internacional, el Comintern, en ambos períodos, el de ascenso y el de decadencia.

¿Dejando de lado el fracaso, las mentiras y la corrupción de los partidos socialistas oficiales sobrevivientes, nosotros los comunistas, unidos en la Tercera Internacional, consideramos ser los continuadores directos de los esfuerzos heroicos hasta el martirio de una larga línea de generaciones revolucionarias, desde Babeuf a Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo.

¿Si la Primera Internacional presagió el curso futuro del desarrollo e indicó los caminos; si la Segunda Internacional congregó y organizó a millones de trabajadores; la Tercera Internacional es la Internacional de la acción abierta de masas, la Internacional de la realización revolucionaria, la Internacional de los hechos.[1]

Trotsky tenía cuarenta años de edad y estaba en la plenitud de sus fuerzas cuando escribió el Manifiesto de la Internacional Comunista, del cual provienen las líneas recién citadas. Como Comisario del Pueblo para la Guerra de la República soviética, solo estaba luego de Lenin como portavoz reconocido del comunismo internacional.

Sus puntos de vista no eran, en aquel tiempo, particularmente individuales. Eran los puntos de vista de toda la dirección bolchevique; una perspectiva que no excluía agudas diferencias de opinión en unos u otros asuntos, pero que era esencialmente homogénea. Pero Trotsky se volvería al pasar el tiempo, uno de los defensores más notables de las ideas del período heroico de la Internacional Comunista. Eventos no previstos por ningún integrante del liderazgo revolucionario de 1919 –ni tampoco por sus oponentes– redujeron luego a un pequeño número los activistas que serían portadores de esta auténtica tradición comunista. Trotsky sobresalió entre ellos como un gigante entre bajitos.

En varias ocasiones Trotsky se refería en sus escritos de finales de los años 1920s y de los años 1930s, a las decisiones de los primeros cuatro congresos del Comintern, como un modelo de política revolucionaria. ¿Cuáles fueron estas decisiones y en qué contexto fueron adoptadas?

Era el 4 de Marzo de 1919. Treinta y cinco delegados reunidos en el Kremlin votaron, con una abstención, por la constitución de la Tercera Internacional. No era una reunión muy representativa. Solamente los cinco delegados del Partido Comunista Ruso (Bujarin, Chicherin, Lenin, Zinoviev y Trotsky) representaban un partido que era una organización de masas y genuinamente revolucionaria. Stange, del Partido Laborista Noruego (NAP), venía de otro partido de masas, pero como los hechos terminarían demostrando, el NAP estaba lejos de ser un partido revolucionario. Eberlein, del recién formado Partido Comunista Alemán (KPD), representaba una verdadera organización revolucionaria, pero solo contaba con unos pocos miles de miembros. Los demás delegados representaban muy poco.

La mayoría era de la opinión de que una "Internacional" que careciera de un efectivo apoyo de masas en varios países era algo sin sentido. Zinoviev, por los rusos, argumentó que ese apoyo de masas en realidad existía. La debilidad de muchas de las delegaciones era circunstancial. "Nosotros tenemos una revolución obrera victoriosa en un gran país... En Alemania ustedes tienen un partido que marcha hacia el poder y en algunos meses establecerá un gobierno proletario. Entonces ¿qué tenemos que esperar? Nadie entendería esto".[2]

Ninguno de los delegados dudaba que la revolución socialista era una perspectiva inmediata en Europa central, sobre todo en Alemania. En palabras de Eberlein: "A menos que todas las señales fueran engañosas, los obreros alemanes están enfrentando una lucha decisiva. Por más difícil que pueda ser, las perspectivas para el comunismo son favorables".[3]

Lenin, el más templado y calculador de los revolucionarios, había dicho en su discurso de apertura que: "no sólo en Rusia, sino en la mayoría de los países capitalistas avanzados de Europa, en Alemania por ejemplo, la guerra civil es un hecho [...] la revolución mundial está comenzando y está creciendo en intensidad en todos los sitios".[4]

Eso no era ninguna fantasía. Para Noviembre de 1918 el Imperio alemán, hasta ese tiempo el Estado más poderoso de Europa, estaba desmoronándose. Seis comisarios del pueblo, tres socialdemócratas y tres socialdemócratas independientes, sustituían el gobierno del Kaiser. Los consejos de trabajadores y soldados estaban surgiendo en todo el país y ejercían el poder en forma efectiva. También es verdad que los líderes socialdemócratas, que detentaban el gobierno hacían todos los esfuerzos por reconstruir el viejo poder estatal capitalista, esta vez bajo un disfraz "republicano". Esta era una razón más crear una internacional revolucionaria con un liderazgo fuerte y centralizado que guiara y apoyara la lucha por una Alemania soviética. Y la lucha por ella estaba aparentemente avanzando, a pesar de la sangrienta represión del levantamiento espartaquista de Enero de 1919. "De Enero a Mayo de 1919, una sangrienta guerra civil comenzó en Alemania".[5] Un mes después de la reunión de Moscú fue proclamada la República Soviética de Babaria.

La otra gran potencia de Europa central, el Imperio Austro-Húngaro, había dejado de existir. Los Estados sucesores vivían distintos grados de agitación revolucionaria. En la Austria de lengua alemana, la única fuerza armada efectiva era la Volkswehr (Ejército del Pueblo). La República Soviética de Hungría fue proclamada el 21 de Marzo de 1919. Todos los Estados, los nuevos y los reconstruidos –Checoslovaquia, Yugoslavia, e incluso Polonia– vivían una situación altamente inestable.

El papel de las direcciones socialistas era crucial. La mayoría apoyó las contrarrevoluciones, ahora en nombre de la "democracia". La mayoría de ellas se reivindicaba y en realidad habían sido antes, marxistas e internacionalistas. En 1914 capitularon en favor de "sus" respectivas clases dominantes. Se convirtieron, en aquellos momentos críticos, en el soporte principal del capitalismo, usando frases socialistas y el prestigio conquistado durante años de oposición a los antiguos regímenes en el período anterior a 1914, para impedir el establecimiento del poder de los trabajadores. Su intento de reconstruir la Segunda Internacional en una reunión realizada en Berna (Suiza) fue vista como una razón adicional y urgente para proclamar la Tercera Internacional. Ya en 1914 Lenin había escrito: "La Segunda Internacional está muerta, sometida al oportunismo [...] Viva la Tercera Internacional".[6] Dieciocho meses después de la Revolución de Octubre, ella se volvería realidad. ¿Cuáles eran sus bases políticas? Se apoyaba en dos plataformas fundamentales: el internacionalismo revolucionario y el sistema de soviets como medio usado por los trabajadores para gobernar la sociedad. La resolución principal del Congreso de 1919 declaraba:

¿La democracia asumió formas diferentes y fue aplicada en diferentes grados en las antiguas repúblicas griegas, las ciudades medievales y en los países capitalistas avanzados. Carecería de sentido pensar que la más profunda revolución de la historia –en la cual por primera vez en el mundo el poder es transferido de la minoría explotadora a la mayoría explotada– podría realizarse dentro de los moldes desgastados de la democracia burguesa parlamentaria, sin cambios drásticos, sin la creación de formas nuevas de democracia, de nuevas instituciones que encarnan las nuevas condiciones de aplicación de la democracia".[7]

¿Soviets o parlamento? Después de la Revolución de Octubre el Partido Comunista Ruso disolvió en favor de los soviets la Asamblea Constituyente recién elegida, en la cual el partido campesino (socialrevolucionario) había conquistado la mayoría. Después de la Revolución de Noviembre de 1918, el Partido Socialdemócrata Alemán había disuelto los consejos de trabajadores y de soldados, en los cuales tenía mayoría, en favor de una Asamblea Nacional en la cual tenía minoría.

En ambos casos la cuestión de las formas constitucionales era, en realidad, una cuestión de poder de unas u otras clases. El efecto de la acción del Partido Comunista Ruso fue la creación de un Estado obrero. El resultado de la acción del Partido Socialdemócrata Alemán fue la creación de un Estado burgués –la Republica de Weimar.

Marx, luego de la Comuna de París, escribió que en la transición del capitalismo al socialismo, la forma del Estado solo "puede ser la dictadura revolucionaria del proletariado".

Los socialdemócratas rechazaban, en la práctica, la esencia de la teoría marxista del Estado, según la cual todos los Estados son Estados de unas u otras clases, y ningún Estado es "neutro". Ellos rechazaban su propia posición anterior, sobre la inevitabilidad de la revolución, en favor de vías parlamentarias "pacíficas" hacia el socialismo. Entretanto, la República de Weimar fue, al igual que la República soviética rusa, un producto de la subversión violenta del Estado anterior. Soldados amotinados y trabajadores armados, y no electores, derribaron al Imperio alemán. Y lo mismo era verdad para los Estados que sucedieron al Imperio Austro-Húngaro. Pero según ellos, la transformación más importante, la destrucción del capitalismo, sería alcanzada utilizando los mecanismos ordinarios de la democracia burguesa. En realidad esto significaba el abandono del socialismo en cuanto objetivo.

La Tercera Internacional, en su "plataforma" de 1919, reafirmó su posición marxista: "La victoria de la clase obrera radica en la destrucción de la organización del poder enemigo y en la organización del poder de los trabajadores. Consiste en la destrucción del aparato estatal burgués y la construcción de un aparato estatal obrero".[8] Conquistar el socialismo a través del parlamento era una estrategia impensable. Lenin, en 1917, citaba en señal de aprobación, la afirmación de Engels de que el sufragio universal era "un indicador de la maduración de la clase trabajadora. No puede y nunca será más que eso en un Estado moderno".[9] "Ninguna república burguesa, por más democrática que sea –escribía Lenin luego de la Conferencia de Moscú– jamás fue o podría ser algo más que un aparato para la represión de los trabajadores por el capital, un instrumento de la dictadura de la burguesía, de la dominación política del capital".[10]


Una república de los trabajadores, basada en consejos obreros, sería verdaderamente democrática.

¿La esencia del poder soviético reside en el control permanente y exclusivo de todo el poder estatal, de todo el aparato estatal. Está en la organización de las masas de esas mismas clases que eran oprimidas por los capitalistas, esto es, los trabajadores y semitrabajadores (campesinos que no explotan trabajo).[11]

Esto era una idealización, incluso para Rusia de 1919, pero las "desviaciones" existentes eran explicadas fruto del atraso del país, la guerra civil y la intervención extranjera.

Trotsky, en la época, y hasta sus últimos días, apoyaba todas estas ideas sin ninguna reserva. Coincidía con Lenin en las cuestiones relacionadas a la democracia burguesa y al reformismo en 1919, y nunca cambió de opinión al respecto.

La reunión de los delegados en Moscú fundaría una nueva Internacional sobre la base de un internacionalismo incondicional, una ruptura clara y final con los traidores de 1914, la defensa del poder obrero, los consejos de trabajadores, la República soviética y la perspectiva de revolución para un futuro próximo en Europa central y occidental. El problema ahora era crear partidos de masas que pudiesen transformar todo esto en realidad.

Centrismo y ultraizquierdismo

¿Partidos y grupos que hasta hace poco estaban afiliados a la Segunda Internacional están, con cada vez más frecuencia, solicitando su participación en la Tercera Internacional, aunque en realidad todavía no se han vuelto comunistas [...] La Internacional Comunista está, de cierta forma, volviéndose de moda [...] En ciertas circunstancias, la Internacional Comunista incluso puede correr el riesgo de disolverse debido a la afluencia de grupos vacilantes e indecisos que todavía no rompen con la ideología de la Segunda Internacional.[12]

Esto lo escribía Lenin en Julio de 1920. La suposición del Congreso de 1919 del Comintern, de que un verdadero movimiento revolucionario de masas existía en Europa, probó estar en lo correcto al siguiente año.

En Septiembre de 1919 el Congreso de Bolognia del Partido Socialista Italiano votó, por abrumadora mayoría y bajo recomendación de su ejecutivo, por la afiliación a la Tercera Internacional. El Partido Laborista Noruego (NAP) confirmó su afiliación y los partidos búlgaro, yugoslavo (ex serbio) y rumano también se afiliaron. Los primeros tres eran organizaciones importantes. El NAP, que al igual que el Partido Laborista Británico, tenía su base en los sindicatos, dominaba completamente la izquierda noruega, y el Partido Comunista Búlgaro tenías desde el principio el apoyo de prácticamente toda la clase trabajadora de Bulgaria. El Partido Comunista Yugoslavo consiguió 54 diputados en la primera (y única) elección libre realizada en el nuevo Estado.

En Francia, el Partido Socialista (SFIO), que había doblado su número de miembros –de 90.000 a 200.000 entre 1918 y 1920– había realizado un viraje a la izquierda y estaba efectuando coqueteos con Moscú. Lo mismo ocurría con los dirigentes del Partido Socialdemócrata Independiente Alemán (USPD), una organización que estaba ganando terreno rápidamente a expensas del Partido Socialdemócrata Alemán (SPD). Los socialdemócratas de izquierda de Suecia, la izquierda checa y partidos menores en otros países (incluyendo al británico Partido Laborista Independiente) tenían esencialmente la misma línea. La presión venía de sus bases, forzándolos a aceptar de palabra la defensa de la Revolución de Octubre y negociar su admisión en la Tercera Internacional.

¿El deseo de ciertos grupos de "centro" de adherirse a la Tercera Internacional –escribía Lenin– brinda una confirmación indirecta de que esta conquista la simpatía de gran parte de los trabajadores concientes de todo el mundo, y se está volviendo cada día una fuerza más poderosa.[13]

Pero esos partidos no eran organizaciones comunistas revolucionarias. Sus tradiciones eran las socialdemócratas de antes de la guerra –revolucionarios de palabra y pasivos en la práctica. Eran conducidos por hombres que intentarían cualquier maniobra para mantener el control, e impedir la adopción de una estrategia y tácticas genuinamente revolucionarias.

Sin el grueso de la militancia de estos partidos, la nueva Internacional no podría lograr ejercer una influencia decisiva en Europa a corto plazo. Sin una ruptura con las direcciones centristas no podría lograr ejercer una influencia revolucionaria. La situación no era muy diferente con los partidos de masas que estaban dentro de la Internacional. El Partido Socialista Italiano, por ejemplo, tenía centristas y algunos reformistas declarados en su dirección.

La lucha contra el centrismo era complicada por otro factor. Existían fuertes tendencias ultraizquierdistas en muchas de las organizaciones comunistas. Y fuera de ellas existían además algunas organizaciones sindicales importantes que se habían aproximado a la Tercera Internacional, pero todavía rechazaban la necesidad de un partido comunista. Ganar e integrar estas grandes fuerzas era una operación dificultosa y compleja. Exigía una lucha en varios frentes diferentes.

Las decisiones del Segundo Congreso de la Tercera Internacional fueron de importancia fundamental. En cierto sentido, este fue el verdadero congreso fundacional. Ocurrió durante el auge de la guerra con Polonia, cuando el Ejército Rojo se acercaba a Varsovia. En Alemania un intento para instalar una dictadura militar, el Golpe de Kapp, había sido hacía poco derrotada por la acción de la clase trabajadora. En Italia las ocupaciones de fábricas estaban a punto de comenzar. El clima de optimismo revolucionario nunca había sido tan grande. Zinoviev, Presidente de la Internacional, declaraba: "Estoy profundamente convencido que el Segundo Congreso Mundial de la Internacional Comunista será el precursor de otro congreso mundial, el Congreso Mundial de la Repúblicas Soviéticas".[14] Todo lo que se necesitaba eran verdaderos partidos comunistas de masas para dirigir el movimiento hacia la victoria. Una de las principales intervenciones de Trotsky en el congreso, se centró en la naturaleza de tales partidos.

La raíz del problema para Trotsky era que los sindicalistas revolucionarios americanos, franceses y españoles, si bien rechazaban la idea del partido, estaban más cerca de construir un partido comunista que los centristas, quienes si bien aceptaban la idea del partido obrero, era con el fin de ponerlo al servicio de la burguesía.[15] No obstante, la posición de los sindicalistas revolucionarios era incompleta –era necesario agregarle algo: "una memoria [...] que concentre toda la experiencia acumulada por la clase trabajadora. Es así como nosotros concebimos a nuestro partido. Es así como concebimos a nuestra internacional".[16]

Pero no podía ser una organización meramente propagandística. Hablando en el Ejecutivo del Comintern contra el ultraizquierdista holandés Gorter, que había acusado al Comintern de "correr detrás de la masas", Trotsky declaraba:

¿¿Qué propone el camarada Gorter? ¿Qué quiere? ¡Propaganda! Esta es la esencia de todo su método. La revolución, según el camarada Gorter, no depende ni de las privaciones ni de las condiciones económicas, sino de la conciencia de las masas. Una conciencia de masas, que al mismo tiempo, es moldeada por la propaganda. La propaganda es tomada aquí de una manera puramente idealista, muy semejante al concepto de la escuela iluminista y racionalista del siglo XVIII [...] Lo que usted quiere hacer es, esencialmente, sustituir el desarrollo dinámico de la Internacional por métodos de reclutamiento individual de trabajadores a través de la propaganda. Usted quiere una especie de Internacional "pura" de los electos y selectos [...].[17]

El ultraizquierdismo pasivo, de tipo propagandístico, no era la única variedad presente en los primeros años del Comintern. En 1921 una tendencia golpista se desarrolló en la dirección del partido alemán. En Marzo de ese año, en ausencia de una situación revolucionaria de escala nacional (en algunos lugares de Alemania central había algo próximo a una situación revolucionaria), la dirección del partido intentó forzar el paso, buscando usar a los militantes del partido como sustitutos de un auténtico movimiento de masas. El resultado de lo que fue conocida como la "Acción de Marzo", fue una terrible derrota –el número de miembros del partido descendió de aproximadamente 350.000 a cerca de 150.000. Una "teoría de la ofensiva" surgió para justificar las tácticas del KPD.

¿¿Cuál es la esencia de esta teoría? Según ella hemos entrado en la época de la descomposición de la sociedad capitalista, o en otras palabras, la época en que la burguesía debe ser derribada. ¿Cómo? Por la ofensiva de la clase trabajadora. En esta forma puramente abstracta ella es incuestionablemente correcta. Pero ciertos individuos intentan transformar este capital teórico en moneda equivalente pero de menor denominación, declarando que esta ofensiva consiste en sucesivas ofensivas menores [...] –observaba Trotsky en un discurso realizado en el verano boreal de 1921. Y proseguía diciendo:

¿Camaradas, se ha abusado de las analogías entre la lucha de la clase trabajadora y las operaciones militares. Pero en un cierto punto podemos hablar aquí de semejanzas [...] En términos militares, nosotros también tuvimos nuestros días de Marzo [...] y nuestros días de Septiembre [en referencia al fracaso del Partido Socialista Italiano en explotar la crisis revolucionaria de Septiembre de 1920]. ¿Que ocurre después de una derrota parcial? Se produce cierto dislocamiento del aparato militar, surge la necesidad de un intervalo para volver a retomar fuerzas, la necesidad de una reorientación y de una estimación más precisa de las fuerzas en pugna [...] A veces esto es posible a través de una retirada estratégica [...]

¿Pero para entender esto correctamente, hay que discernir en un movimiento hacia atrás, en una retirada, el componente que integra el plan estratégico único –y para esto es necesaria cierta experiencia. Pero si alguien piensa de manera puramente abstracta e intenta avanzar siempre [...] en el supuesto de que todo puede ser sustituido por una ampliación adicional de la voluntad revolucionaria: ¿qué obtiene por resultado? Tomemos como ejemplo los acontecimientos de Septiembre en Italia o los de Marzo en Alemania. Se nos ha dicho que la situación en estos países solo puede ser remediada por una nueva ofensiva [...] De esta forma sufriríamos una derrota todavía mayor y mucho más peligrosa [...] No, camaradas, después de una derrota tal debemos retroceder.[18]

Los frentes de unidad

De hecho, para el verano boreal de 1921, la dirección del Comintern había decidido que era necesaria una retirada estratégica general. Trotsky escribió en el Pravda durante Junio:

¿En el año más crítico para la burguesía, el año de 1919, la clase trabajadora europea habría podido conquistar el poder estatal con sacrificios mínimos, si hubiera tenido una auténtica organización revolucionaria que estableciese objetivos claros y fuera capaz de concretarlos, esto es, un fuerte Partido Comunista. Pero no había ninguno [...] Durante los últimos tres años los trabajadores lucharon mucho y debieron soportar muchos sacrificios. Pero no conquistaron el poder. Como resultado, las masas trabajadoras se han vuelto más cautelosas de lo que eran en 1919-1920.[19]

El mismo pensamiento fue expresado en las Tesis sobre la situación mundial de autoría de Trotsky, adoptadas en el Tercer Congreso del Comintern en Julio de 1921:

¿Durante el año transcurrido entre el segundo y el tercer congreso de la Internacional Comunista, una serie de levantamientos y luchas de la clase trabajadora terminaron en derrotas parciales (el avance del Ejército Rojo sobre Varsovia en Agosto de 1920, la movilización de los trabajadores italianos de Septiembre de 1920, el levantamiento de los obreros alemanes en Marzo de 1921). El primer período del movimiento revolucionario de posguerra, que se distinguió por el carácter espontáneo de sus acciones, por la imprecisión de sus objetivos y de sus métodos, y por el pánico extremo que despertó entre las clases dominantes, parece, en lo esencial, haber terminado. La autoconfianza de la burguesía, en cuanto clase, y la estabilidad externa de sus órganos estatales, se fortalecieron innegablemente [...] Los líderes de la burguesía están incluso jactándose del poder de sus aparatos estatales y lanzarán una ofensiva contra los trabajadores en todos los países, tanto en el frente político como en el económico.[20]

Enseguida del congreso, el Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista comenzó a presionar sobre los partidos para cambiar el énfasis de sus tareas hacia los frentes de unidad. La esencia de la táctica fue formulada por Trotsky de forma muy clara en 1922:

¿La tarea del Partido Comunista es liderar la revolución de los trabajadores [...] para hacerlo el Partido Comunista debe apoyarse en la mayoría absoluta de la clase obrera [...] El partido solo puede alcanzar esto siendo una organización absolutamente independiente con un programa claro y una estricta disciplina interna. Es por esto que el partido tiene que romper ideológicamente con los reformistas y los centristas [...] Después de asegurar una completa independencia y homogeneidad ideológica en sus filas, el Partido Comunista debe luchar por ganar a la mayoría de la clase trabajadora. Pero es obvio que la vida de la clase obrera no queda suspendida durante el período preparatorio de la revolución. Choques con los industriales, con la burguesía, con el poder estatal, por iniciativa de un lado o de otro, siguen su curso habitual.

¿En estos choques –tanto en los casos en que implican los intereses vitales de toda la clase trabajadora, de su mayoría, o de tales o cuales secciones– las masas trabajadoras sienten la necesidad de la unidad de acción, de la unidad para resistir los ataques del capitalismo o de la unidad para tomar la ofensiva contra el capitalismo. Cualquier partido que se contraponga mecánicamente a esta necesidad de unidad de acción de la clase obrera, resultará condenado por los trabajadores.

¿Por consiguiente, la cuestión de los frentes de unidad no es de manera alguna, ni en su génesis ni en su contenido, una cuestión de relaciones recíprocas entre las fracciones parlamentarias de los comunistas y los socialistas, o entre los Comités Centrales de los dos partidos [...] El problema de los frentes de unidad –a pesar del hecho de que, en esta época, una división entre las varias organizaciones políticas que se basan en la clase trabajadora es inevitable– emerge de la necesidad urgente de asegurar a la clase trabajadora la posibilidad de un frente unido en su lucha contra el capitalismo.

¿Para los que no entienden esta tarea, el partido es solo una organización de propaganda y no una organización para la acción de masas [...] La unidad de frente presupone, consecuentemente, nuestra buena voluntad para, dentro de ciertos límites y en asuntos específicos, relacionar en la práctica nuestras acciones con las de las organizaciones reformistas, en la medida en que ellas aún hoy expresan la voluntad de importantes sectores de la clase obrera en lucha.

¿Pero, al final de todo ¿romperémos con los reformistas? Sí, porque nosotros discrepamos con ellos en cuestiones fundamentales del movimiento obrero. ¿Y aún así buscamos acuerdos con ellos? Sí, en todos los casos en que las masas que los siguen estén prontas a implicarse en luchas junto con las masas que nos siguen, y cuando los reformistas se ven obligados en mayor o menor grado a volverse un instrumento de esta lucha.

¿Una política dirigida a asegurar los frentes de unidad no implica, como es obvio, garantías automáticas de que realmente se consiga la unidad de acción en todos los niveles. Por el contrario, en muchos casos y tal vez hasta incluso en la mayoría, los acuerdos entre organizaciones solo serán cumplidos a medias o tal vez ni sean cumplidos. Pero es necesario que las masas en lucha siempre tengan la oportunidad de convencerse de que el fracaso de la unidad de acción no se debe a nuestras irreconciliables diferencias, sino a la falta de una verdadera voluntad de lucha por parte de los reformistas.[21]

El Cuarto Congreso del Comintern (1922), que se centró en gran medida en la cuestión de los frentes de unidad, fue el último en el cual tomó parte Lenin, y el último cuyas decisiones fueron consideradas esencialmente correctas por parte de Trotsky. Una década después, en una declaración de principios fundamentales, Trotsky resumió su actitud para con la experiencia del Comintern en su fase inicial.

¿La Oposición de Izquierda se basa en los primeros cuatro congresos del Comintern. Esto no significa que ella siga al pie de la letra sus decisiones, muchas de las cuales tuvieron un carácter puramente conjetural y fueron contradecidas por los eventos posteriores. Pero todos los principios esenciales (en relación al imperialismo, el Estado burgués, la democracia y el reformismo; los problemas de la insurrección; la dictadura del proletariado; sobre las relaciones con los campesinos y las naciones oprimidas; el trabajo en los sindicatos; el parlamentarismo; la política de los frentes de unidad) permanecen, aún hoy, como la expresión más elevada de la estrategia proletaria en la época de la crisis de general del capitalismo. La Oposición de Izquierda rechaza las decisiones revisionistas del quinto y sexto Congresos Mundiales [de 1924 y 1928].[22]

El año 1923 presenció el surgimiento del triunvirato formado por Stalin, Zinoviev y Kamenev por un lado, y de la Oposición de Izquierda por otro. En Europa se produjeron dos derrotas devastadoras para el Comintern. En Junio el Partido Comunista Búlgaro, un partido de masas que disfrutaba del apoyo de prácticamente toda la clase trabajadora, adoptó una posición de "neutralidad", o mejor de pasividad absoluta, frente al Golpe de Estado de la derecha contra el gobierno del Partido Campesino. Y después de que el régimen democrático burgués había sido destruido, una dictadura militar se había instalado y la masa de la población había sido intimidada, lanzó el 22 de Septiembre una insurrección sorpresiva, sin ninguna seria preparación política. El levantamiento insurreccional fue aplastado y como resultado se estableció en el país un feroz Terror Blanco. En Alemania estalló una crisis económica, social y política profunda, precipitada por la ocupación francesa del Ruhr y una inflación astronómica que, literalmente, quitó todo valor al dinero. "En el otoño de 1923 la situación alemana era más desesperada que en cualquier momento posterior a 1919, la miseria era mayor y el futuro más sombrío".[23] Fue planificado un levantamiento para Octubre. Después el Partido Comunista Alemán formó un gobierno de coalición con los socialdemócratas en Sajonia, y el levantamiento fue cancelado a último momento. (En Hamburgo el comunicado de cancelación no llegó a tiempo, produciéndose una insurrección aislada que fue aplastada después de solo dos días).

Trotsky pensaba que una oportunidad histórica se había perdido. A partir de esta época la política del Comintern quedó cada vez más determinada, primero, por las exigencias de la fracción de Stalin en lucha dentro del partido ruso, y luego por las exigencias de la política externa del gobierno de Stalin. Después de una breve oscilación a la "izquierda" en 1924, el Comintern fue empujado hacia la derecha hasta 1928, luego hacia el ultraizquierdismo entre 1928 y 1934, y finalmente, bien hacia la derecha durante el período del "Frente Popular" (1935-1939). Cada una de estas fases fue analizada y criticada por Trotsky. Considero adecuado presentar su crítica usando tres ejemplos.

El Comité Sindical Anglo Soviético

Por fuera de la Revolución china de 1925-1927, la cual ya vimos, la política del Partido Comunista de Gran Bretaña (PCGB) hasta y durante la huelga general de 1926, fue la acusación más importante que Trotsky hizo al Comintern en su primera fase derechista.

La huelga general de Mayo de 1926 fue un punto decisivo de la historia británica –y fue una derrota absoluta para la clase trabajadora. Significó el final de un largo –aunque irregular– período de combatividad de la clase obrera británica. Inició un período extenso donde dominaron los sindicatos abiertamente conciliadores y derechistas. Y condujo al masivo fortalecimiento del reformismo del Partido Laborista a expensas del Partido Comunista.

En 1924 y 1925 la marea dentro del movimiento sindical estaba avanzando hacia la izquierda. El "Movimiento Minoritario", inspirado por el Partido Comunista y surgido en 1924 en torno a dos consignas: "Parar la retirada" y "Volver a los sindicatos", estaba ganando una influencia considerable. Al mismo tiempo, el movimiento sindical oficial estaba empezando a recibir la influencia de un grupo de dirigentes de izquierda. Y, a partir de la primavera de 1925, la TUC (central sindical británica) comenzó a colaborar con la Federación Soviética de Sindicatos a través del "Comité Consultivo Sindical Conjunto Anglo Soviético", un hecho que dio a los Consejeros Generales británicos una cierta imagen "revolucionaria" y una cobertura contra las críticas de izquierda.

La esencia de la crítica de Trotsky era que el Partido Comunista de Gran Bretaña, por insistencia de Moscú, estaba creando ilusiones en los mencionados burócratas de izquierda (la consigna central del PCGB era "¡Todo el poder al Consejo General!"), quienes ciertamente llevarían al movimiento a una fase crítica –como de hecho hicieron. [...] Trotsky escribió luego:

¿Zinoviev dio a entender que contaba con que la revolución hiciese su entrada, no a través de la puerta pequeña del Partido Comunista británico, sino por los grandes portones de los sindicatos. La lucha del Partido Comunista para ganar a las grandes masas organizadas en los sindicatos, fue sustituida por la esperanza de utilizar de la forma más rápida posible los aparatos sindicales ya existentes para los propósitos de la revolución. De esta falsa oposición nació la reciente política del Comité Anglo Ruso que golpeó a la Unión Soviética, así como también a la clase trabajadora británica; un golpe solo sobrepasado por la derrota en China [...] Como resultado del mayor movimiento revolucionario ocurrido en Gran Bretaña desde los días del cartismo, el Partido Comunista británico no creció casi nada, en tanto que el Consejo General siguió tan firme como antes de la huelga general. Estos son los resultados de una "maniobra estratégica" sin igual".[24]

Trotsky no afirmaba que una política comunista independiente necesariamente hubiera llevado la huelga hacia la victoria.

¿Ningún revolucionario que mida sus palabras afirmaría que una victoria estaría asegurada a través de esta política. Pero una victoria solo era posible a través de este camino. Una derrota en este marco sería una derrota en un camino que podría conducir a la victoria más tarde.[25]

No obstante, este camino ¿parecía muy extenso e incierto para los burócratas de la Internacional Comunista. Ellos consideraban que por medio de la influencia personal sobre Purcell, Hicks, Cook y los demás [...] irían arrastrándolos en forma progresiva e imperceptible [...] hacia la Internacional Comunista. Para garantizar tal objetivo [...] los queridos amigos (Purcell, Hicks y Cook) no deberían ser rechazados o molestados [...] recurriéndose a una medida extrema [...] subordinar en realidad el Partido Comunista al Movimiento Minoritario [...] Las masas solo conocerían a Purcell, Hicks y Cook como los líderes del movimiento, los cuales tenían el respaldo de Moscú. Estos amigos de "izquierda", juzgándolos seriamente, traicionarían vergonzosamente al proletariado. Los trabajadores revolucionarios fueron sumidos en la confusión, hundidos en la apatía y naturalmente extendieron su decepción al propio Partido Comunista, el cual había sido apenas una parte pasiva de todo este mecanismo de traición y perfidia. El Movimiento Minoritario fue reducido a cero; el Partido Comunista volvió a ser una secta despreciable.[26]

La confianza en los "burócratas de izquierda" continúa siendo una de las características que distinguen a los reformistas de los revolucionarios. La crítica de Trotsky es altamente pertinente todavía hoy.

Alemania en el Tercer Período

El Sexto Congreso Mundial del Comintern (1928) inició un proceso de reacción violenta contra la línea de derecha del período 1924-1928. Una línea ultraizquierdista de carácter particularmente burocrático se impuso a los Partidos Comunistas de todo el mundo, sin tomar en consideración las circunstancias locales. Como reflejo del lanzamiento del primer Plan Quinquenal y de la colectivización forzada en la URSS, esta nueva línea proclamó un "Tercer Período", un período de "crecientes luchas revolucionarias". En la práctica esto significaba en un tiempo en que el fascismo ya era un peligro efectivo y creciente –especialmente en Alemania– que los socialdemócratas eran considerados el enemigo principal.

¿En esta situación de contradicciones imperialistas crecientes y luchas de clase agudas –en 1929 declaraba el Décimo Pleno del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista– el fascismo se vuelve cada vez más el método dominante de dominio burgués. En países donde hay partidos socialdemócratas fuertes, el fascismo asume la forma particular de fascismo social, el cual sirve de manera creciente a la burguesía como instrumento para paralizar la actividad de las masas en lucha contra el régimen de dictadura fascista.[27]

De esto que la política de frentes de unidad, tal como era entendida hasta entonces, tenía que ser abandonada. No había posibilidad alguna de forzar a los partidos socialdemócratas de masas y a los sindicatos controlados por ellos a participar de frentes de unidad contra los fascistas. Ellos eran social-fascistas. De hecho, el Décimo Primer Pleno del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista (1931) agregó, que la socialdemocracia "es el factor más activo y el que marca el paso en la evolución del Estado capitalista hacia el fascismo.[28]

Esta visión grotescamente falsa de la naturaleza del fascismo y de la socialdemocracia, condujo a la suposición de que "partidos socialdemócratas fuertes" y "regímenes fascistas dictatoriales" podrían coexistir, y de hecho habrían coexistido en Alemania bien antes de que Hitler llegara al poder. "En Alemania el gobierno de Von Papen-Schleicher, con ayuda del Reichswehr [ejército], la Stahlhelm [organización de derecha, nacionalista y militarista] y los nazis, establecieron una forma de dictadura fascista [...]",[29] proclamaba el Décimo Segundo Pleno del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista (1932).

Trotsky escribió con urgencia y desespero contra esta estupidez, desde 1929 hasta la catástrofe de 1933. El brillo y la fuerza lógica de sus trabajos sobre la crisis alemana, pocas veces fueron igualadas y nunca superadas por ningún otro marxista.

El tema central de todos estos escritos era la necesidad de "Un frente único de los trabajadores contra el fascismo", por citar el título de uno de sus escritos más famosos. Pero Trotsky hizo más. Se esforzó por seguir los tortuosos argumentos que los seguidores alemanes de Stalin usaban en defensa de lo indefendible. Sus escritos del período abordan y refutan una gama extraordinaria de argumentos pseudo-marxistas y, al mismo tiempo, exponen con claridad excepcional la "expresión más elevada de la estrategia proletaria". Solo podemos referirnos a una pequeña parte de los mismos.

¿La prensa oficial del Comintern ha descrito los resultados de las elecciones alemanas [de Septiembre de 1930] como una victoria prodigiosa del comunismo, que coloca en el orden del día la consigna de una Alemania soviética. Los optimistas burocráticos no quieren profundizar sobre el significado de la relación de fuerzas revelada por las estadísticas de la elección. Ellos examinan los votos de los comunistas independientemente de las tareas revolucionarias generadas por la situación y los obstáculos que esta levanta.

¿El Partido Comunista recibió cerca de 4.600.000 votos, contra 3.300.000 en 1928. Desde el punto de vista de la maquinaria parlamentaria tradicional, haber ganado 1.300.000 votos era importante, incluso si tomamos en cuenta el número total de electores. Pero el crecimiento del partido empalidece completamente al lado del salto dado por el fascismo de 800.000 a 6.400.000 votos. De significado no menos importante es el hecho de que la socialdemocracia, a pesar de retrocesos importantes, mantuvo su afiliación y todavía recibió un número de votos obreros considerablemente mayor que el Partido Comunista.

¿Entretanto, si nos preguntamos qué combinación de circunstancias internacionales y domésticas serían capaces de hacer que la clase obrera se pasase al comunismo con mayor velocidad, no podríamos encontrar un ejemplo de circunstancias más favorables que las que Alemania presenta en la actualidad: [...] crisis económica, desintegración de la clase dominante, crisis del parlamentarismo, tremenda autoexposición de la socialdemocracia en el poder. Desde el punto de vista de estas circunstancias históricas concretas, el peso específico del Partido Comunista Alemán en la vida social del país, a pesar de haber ganado 1.300.000 votos, sigue siendo proporcionalmente pequeño [...].

¿Al mismo tiempo, la primer característica de un verdadero partido revolucionario es ser capaz de mirar la realidad a la cara [...] Para que la crisis social traiga una revolución de los trabajadores es necesario, además de otras condiciones, que la pequeño-burguesía vire decisivamente en dirección al proletariado. Esto dará una oportunidad al proletariado para colocarse como líder al frente de la nación. La última elección reveló –y este es su significado sintomático más importante– un viraje en dirección opuesta. Bajo el impacto de la crisis, la pequeña burguesía se movió, no en la dirección de la revolución de los trabajadores, sino en la dirección de la reacción imperialista más extrema, arrastrando consigo a sectores considerables del proletariado.

¿El crecimiento gigantesco del nazismo es la expresión de dos factores: una crisis social profunda que hace perder el equilibrio a las masas pequeño-burguesas, y la falta de un partido revolucionario que sea visto por las masas populares como un liderazgo revolucionario reconocido. Si el Partido Comunista es el partido de la esperanza revolucionaria, entonces el fascismo, como movimiento de masas, es el partido de la desesperanza contra-revolucionaria. Cuando la esperanza revolucionaria tiene en su favor a las masas de la clase trabajadora, atrae inevitablemente a considerables y crecientes sectores de la pequeña burguesía. Justamente en esta esfera, la elección reveló un cuadro opuesto: la desesperanza contrarrevolucionaria puso en su favor a la masa pequeño-burguesa con tal fuerza que arrastró detrás de sí muchos sectores de la clase trabajadora.

¿En Alemania, el fascismo se volvió un peligro efectivo, siendo aguda expresión de la posición impotente del régimen burgués, del papel conservador de la socialdemocracia en el régimen, y de la falta de poder del Partido Comunista para abolirlo.[30]

Para corregir esta situación, Trotsky argumentaba que era necesario, en primer lugar, sacudir al Partido Comunista y librarlo de su ultraradicalismo estéril. La política de "maximalismo burocrático" ("una tentativa de forzar a la clase obrera, habiendo fracasado en convencerla") debía ser sustituida por una maniobra activa basada en la política de frente único.

¿Es una tarea difícil despertar de una vez a la mayoría de la clase trabajadora alemana para una ofensiva. Como consecuencia de las derrotas de 1919, 1921 y 1923 y de las aventuras del "Tercer Período", los trabajadores alemanes, que están atados a poderosas organizaciones conservadoras, desarrollaron fuertes centros de inhibición. Pero, por otro lado, la solidaridad organizativa de los trabajadores alemanes, que hasta hoy han conseguido impedir casi cualquier penetración del fascismo en sus filas, abre mayores posibilidades para luchas defensivas. Se debe tener en mente que la política de frente de unidad es, en general, mucho más efectiva para la defensa que para la ofensiva. Los estratos más cautelosos y atrasados son los más fácilmente arrastrables para luchar por lo que tienen que para lograr nuevas conquistas.[31]

Toda clase de sofismas fueron empleados por los estalinistas para oscurecer la cuestión y calificar como "trotskismo contrarevolucionario" a la política que otrora había sido la política del Comintern. Los frentes de unidad, argumentaban, solo podrían surgir "desde abajo". Con esto quedaba excluido cualquier acuerdo con los socialdemócratas, aunque socialdemócratas individuales podrían formar parte en un "frente de unidad" –¡siempre y cuando aceptasen la dirección del Partido Comunista! De modo creciente se alimentaba la ilusión trágica resumida en la consigna "Después de Hitler en nuestro turno". Una perspectiva de pasividad e impotencia maquillada con retórica radical, como Trotsky marcó en innumerables ocasiones. Repetidas veces él retornó al tema central de los frentes de unidad, exponiendo los sofismas, ignorando calumnias y llevando la discusión de vuelta al punto esencial [...].[32]

El Partido Comunista permaneció firme en su curso fatal. Hitler tomó el poder y el movimiento obrero fue destruido.

El Frente Popular y la Revolución española

La victoria de Hitler llevó a quienes tenían el poder en la URSS a buscar "seguridad", a través de alianzas militares con las potencias occidentales dominantes, francesa y británica. Como un instrumento de la diplomacia de Stalin –en esto se había vuelto ahora– el Comintern fue fuertemente empujado hacia la derecha. El Séptimo (y último) Congreso fue convocado en 1935 como una demostración pública de que la revolución definitivamente no estaba ya en el orden del día. El congreso resolvió promover "Frentes de Unidad del pueblo en lucha por la paz y contra los instigadores de la guerra. Todos los interesados en la preservación de la paz deberían ser atraídos a estos frentes".[33]

Entre los interesados en la preservación de la paz se incluían a los vencedores de 1918 –las clases dominantes francesa y británica– quienes eran los verdaderos objetivos de la nueva línea.

"Hoy la situación no es la misma de 1914", declaraba el Comité Ejecutivo de la Tercera Internacional en Mayo de 1936:

¿Ahora no es solo la clase obrera, el campesinado y todos los trabajadores quienes están decididos a mantener la paz, sino también los países oprimidos y las naciones jóvenes cuya independencia es amenazada por la guerra [...] En la fase presente existen varios Estados capitalistas que también están interesados en mantener la paz. Y de esto que exista la posibilidad de crear un amplio frente de la clase obrera, de todos los trabajadores y de naciones enteras contra el peligro de una guerra imperialista.[34]

Tal "frente" era, necesariamente, una defensa del status quo imperialista. Una nueva retórica reformista tuvo que ser empleada para esconder este hecho, y tuvo gran éxito –durante algún tiempo. En su primera etapa, el entusiasmo popular por la unidad generó beneficios enormes para los Partidos Comunistas –el Partido francés creció de 30.000 miembros en 1934 a 150.000 al final de 1936, más 100.000 en la Juventud Comunista; el Partido español creció de menos de mil miembros al final del "Tercer Período" (1934) a 35.000 en Febrero de 1936 y 117.000 en Julio de 1937. Los reclutas eran "vacunados" contra las críticas de izquierda acusando a los trotskistas como agentes del fascismo.

En Mayo de 1935 fue firmado el pacto franco-soviético. En Julio el Partido Comunista y el Partido Socialista franceses hicieron un acuerdo con el Partido Radical, la columna vertebral de la democracia burguesa francesa, y en Abril de 1936 el Frente Popular que reunía a estos tres partidos ganó las elecciones generales, con una plataforma de seguridad colectiva y reforma. El Partido Comunista Francés conquistó 72 bancas haciendo campaña "Por una Francia fuerte, libre y feliz" y se volvió parte esencial de la mayoría parlamentaria de León Blum, el líder del Partido Socialista y primer ministro del gobierno del Frente Popular. Maurice Thorez, secretario general del Partido Comunista Francés, pudo decir: "Nosotros privamos valientemente a nuestros enemigos de aquello que nos fue robado y pisoteado. Nosotros retomamos la Marsellesa y la Tricolor".[35]

Cuando la victoria electoral de la izquierda fue seguida por una ofensiva de huelgas y marchas –en las cuales seis millones de trabajadores estuvieron involucrados en Junio de 1936– los antiguamente campeones de las "luchas revolucionarias en ascenso" se esforzaron por mantener al movimiento dentro de límites estrechos. El movimiento terminó con las concesiones del "Acuerdo de Matignon" (jornada de 40 horas semanales y vacaciones pagas). Al final del año el Partido Comunista, ahora a la derecha de sus aliados socialdemócratas, propuso una extensión del Frente Popular, transformándolo en un "Frente Francés", con la incorporación de algunos conservadores de derecha que eran, por motivaciones nacionalistas, antialemanes.

El Partido francés fue pionero en esta política, porque la alianza con Francia era central en la política exterior de Stalin. Pero esa política fue rápidamente adoptada por todo el Comintern. Cuando la Revolución española estalló en Julio de 1936, en respuesta a la tentativa de Franco de tomar el poder, el Partido Comunista, el cual era parte del Frente Popular español que había ganado las elecciones de Febrero, hizo lo máximo que podía para mantener al movimiento dentro de los límites de la "democracia". Con la ayuda de la diplomacia soviética, y claro está, de los socialdemócratas, tuvo éxito.

¿Es absolutamente falso –declaró Jesús Hernández, editor del diario del partido– que la presente movilización de los trabajadores tenga por objetivo el establecimiento de la dictadura del proletariado después de terminada la guerra [...] Nosotros los comunistas somos los primeros en repudiar esta suposición. Estamos motivados exclusivamente por el deseo de defender la república democrática.[36]

En el marco de esta línea el Partido Comunista Español y sus aliados empujaron cada vez más la política del gobierno republicano hacia la derecha. En el curso de la prolongada guerra civil, primero eliminó del gobierno al POUM [Partido Obrero de Unificación Marxista], un partido a la izquierda de los comunistas, criticado duramente por Trotsky por haber entrado en el Frente Popular y haberse desarmado políticamente, proveyendo una "cobertura de izquierda" para el Partido Comunista. Y después del POUM hizo lo mismo con los líderes de la izquierda del Partido Socialista.

"La defensa del orden republicano y la simultánea defensa de la propiedad"[37] condujo a un reinado de terror en la España republicana contra los sectores de izquierda. Y esto, como señaló Trotsky, pavimentó el camino para la victoria de Franco.

¿La clase trabajadora española manifestó excelentes cualidades militares –escribía Trotsky en Diciembre de 1937. En su peso específico en la vida económica del país, no en su nivel político y cultural, el proletariado español se situaba, desde el primer día de la revolución, no abajo, sino encima del proletariado ruso a inicios de 1917. En su camino para vencer, sus principales obstáculos fueron sus propias organizaciones. La camarilla estalinista dirigente, conforme a su función contrarrevolucionaria, consistía de mercenarios, carreristas, elementos desclasados y, en general, todos tipo de basura social. Los representantes de las otras organizaciones de trabajadores –reformistas incurables, anarquistas charlatanes, centristas impotentes del POUM– murmuraron, gimieron, vacilaron, maniobraron, pero al final se adaptaron a los estalinistas. Como resultado de su actividad conjunta, el campo de la revolución social –los trabajadores y los campesinos– probó estar subordinado a la burguesía, o más correctamente, a su sombra. Fue desangrado hasta su última gota y su carácter fue destruido.

¿No hubo falta de heroísmo por parte de las masas o de valentía por parte de los revolucionarios individuales. Pero las masas fueron abandonadas a sus propia suerte, en tanto los revolucionarios permanecieron divididos, sin un programa, sin un plan de acción. Los mandos militares "republicanos" se preocuparo más por aplastar la revolución social que por alcanzar victorias militares. Los soldados perdieron la confianza en sus comandantes, y las masas en el gobierno. Los campesinos abandonaron la batalla, los trabajadores quedaron exhaustos. Derrota tras derrota, la desmoralización creció rápidamente. Todo esto no era difícil de prever desde el principio de la guerra civil. Poniéndose la tarea de salvar el régimen capitalista, el Frente Popular se condenó a la derrota militar. Poniendo al bolchevismo cabeza abajo, Stalin cumplió con total éxito el papel de sepulturero de la revolución.[38]

Casi nadie hoy en día (con excepción de un puñado de sectas maoístas) defiende la línea estalinista del "Tercer Período". En relación al Frente Popular, el asunto es completamente diferente. Dejando de lado todas las distancias espaciales y temporales, ¿que era si no el "eurocomunismo" y el llamado "compromiso histórico"? Más allá de esto, algunos de aquellos que están bien a la izquierda –en términos políticos formales– de la tendencia eurocomunista, reproducen en su substancia los mismos errores que Trotsky combatió bajo el título de "Comité Sindical Anglo Soviético".

Estas cuestiones, por lo tanto, no son de interés meramente histórico, sino también de interés práctico. Los escritos de Trotsky sobre estrategia y táctica, en relación con estas grandes cuestiones, constituyen un verdadero tesoro. Puede decirse, sin ninguna exageración, que nadie desde 1923 produjo un trabajo que se le aproxime en su profundidad y brillo. Ellos son, literalmente, indispensables para los revolucionarios de estos días.

IV.- PARTIDO Y CLASE

Marx consideraba que la emancipación de la clase trabajadora sería fruto de la acción de la propia clase trabajadora. Pero también consideraba que la clase dominante controla los "medios de producción intelectual" y que las "ideas dominantes en cualquier época, son las ideas de la clase dominante".

De esta contradicción surge la necesidad de un partido socialista revolucionario. La naturaleza del partido y, sobre todo, la naturaleza de su relación con la clase trabajadora fue central, desde el principio, en los movimientos socialistas. Nunca fue solamente una cuestión "técnica" de organización. En cada fase, las disputas sobre la relación entre el partido y la clase –y por tanto sobre la naturaleza del partido– también fueron disputas sobre los objetivos del movimiento. Los debates sobre los medios siempre fueron, en parte, debates sobre los fines, y no podía ser de otra forma. Así, los propios conflictos de Marx con Proudhon, Schapper, Blanqui, Bakunin y muchos otros sobre e